Retazos I. Mi Perro.

Tengo ideas a cada rato. No paro de crear y crear imágenes en mi mente de las cosas que me gustaría que pasaran y cómo me agradaría que ocurrieran.
¡Sí! ¡Voy a ser cineasta! Haré películas, con música y todo. Me sentaré humildemente en un restaurante cualquiera y, de pronto, seré abordado por algún sorprendido que querrá corroborar si de veras soy yo, el GRAN CINEASTA, de carne y hueso.
No tengo intenciones de ser pedante. Le invitaré a comer si es posible. Hablaré gustosamente y le mostraré que soy tan natural como lo es él.
Pero, mira si soy loco, me he pasado dos cuadras más allá de la casa de María… ¡ Seré cineasta!

Aquel día juré ser cineasta. En mi mente se forjaban las películas, sin tramas. Sólo habían imágenes, trailers que mostraban cosas impactantes. Sentía los diálogos, las aventuras del protagonista, la música imponente, los colores. Todo era grandioso y yo, bueno, yo me realizaba con todo aquello. Tenía una especie de “certeza”: era capaz de todo, la vida era ilimitada. Todo era posible, absolutamente todo, menos obtener el amor de María. ¡Qué niña tan complicada!
Era amigo de su hermana y su hermanito, de su madre y su tío. Había logrado penetrar los muros levantados por la pandilla de la cuadra y me habían aceptado como a uno de ellos. Para lograr todo eso hube de sufrir una transformación profunda: competía en juegos callejeros. Corría, moneaba, saltaba, peleaba, reía. Hube, eso sí, de sobrellevar la pesada carga de los gruesos anteojos para mi miopía. En esos lejanos tiempos no existían los lentes de contacto y por tal atraso yo parecía un auténtico “colotordoc” (doctorloco), niño con cara de geniecillo, estudioso de las estrellas y la física nuclear, que en sus ratos libres imaginaba ser cineasta de altos vuelos.
María era mi talón de Aquiles. Ante ella me sentía inútil y torpe, incapaz de ejecutar la más leve e ínfima de las tareas. Ella no me daba su visto bueno, así que algo no estaba bien en mí.
Todavía hoy recuerdo perfectamente el olor de los almendrones y el color del cielo en los atardeceres de la cuadra. Entonces Caracas era una aldea metropolitana y mi origen de clase media me permitía disfrutar de una gran casa, con un bello cuarto desde el cual veía una que otra vez, la puesta del sol.
Mi perro se llamaba Campeón y regularmente lo sacaba a pasear. Nos deteníamos en la esquina de la calle 5. Entonces lo tomaba del collar y él se ponía alerta y emocionado. Íbamos a correr juntos, a ver quién ganaba. El nunca arrancaba hasta que yo lo hiciera. Entonces pujábamos, calle arriba, para llegar a la otra esquina. Campeón siempre llegaba primero y me esperaba, alegre, para continuar el paseo, ahora más calmados, él oliendo árboles y grama, levantando de vez en cuando su pata trasera al pié de algún tronco y yo husmeando las ventanas de la casa de María, buscando tal vez una mirada tras una cortina e imaginando cosas.

Me acerco lentamente, sin apuros y tranquilo. Campeón absorbe todos mis actos y pensamientos. De hecho, estoy agachado sobándole la cabeza. La estampa no puede ser más elocuente: tengo un extraordinario perro que a una palabra mía actúa en consecuencia. De pronto se abre la puerta, es la de la casa de esa niña, esa que llaman María. – ¡Hola!
María sonríe ampliamente cuando me ve. Se acerca con cierta pena y noto que está deseosa de hablarme y jugar conmigo y mi perro.

María odiaba los perros. Se la pasaba llena de gatos. Blancos, acaramelados, grises, etc. La puerta no se abría casi nunca cuando paseaba mi perro. Pasaron muchas, muchas cosas en el futuro. Ya las contaré. Hoy solo quiero recordar a mi bello Campeón. Y aquí mismo, sentado frente a la computadora, terminando esta frase, se me escapa una lágrima en su memoria.

Emilio Ortiz Guinand – 1996

4 comentarios

  1. Sigo “llena” de gatos…. Mis preferidos, una “acaramelada” y uno “etc”… Sigo siendo Maria…

    • Hola María. Hoy, cuando escribo, es un día especial, ¿verdad? ¡Feliz cumpleaños! Yo nunca lo olvido y cada año vienen a mi memoria tantas cosas vividas. Por si acaso te lo preguntas, nunca has estado ni estarás fuera de mi vida, mis recuerdos y mi amor. Eres lo mejor de mi niñez y mi adolescencia y parte de mi ser te debe lo que es. Es curioso. Apenas un día atrás soñé contigo. Apenas hace un par de semanas que imaginé lo que iba a escribir en una nota que te dedicaría. Los hilos invisibles de nuestro nuevo mundo nos acercan en medio del abismo de nuestros pasados, errores y tragedias.
      “Sigo siendo María…” eso es lo más lindo que he escuchado en algún tiempo. Sé que no podrán faltar los gatos, nunca… Si puedo, seguiré escribiendo y quedará testimonio indeleble, en este mundo tan frágil y violento, de que fue un privilegio haberme topado contigo, que te amé y te querré hasta el fin de mis días.

      Yo también sigo siendo Emilio
      Toda la vida,

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