Retazos 2. El microscopio del Día de Reyes.

Mis padres ya sabían, que yo sabía. Cómo se enteraron que, para mí, ya los reyes no eran tales y que los regalos bajo la cama no tenían rastros de incienso y mirra, no tengo la menor idea. Ellos no me preguntaron, yo por supuesto, no pregunté nunca.

Fui de esos chicos que crecen absolutamente ingenuos, la inocencia que otorga una infancia dentro de casa, sin juegos callejeros, sin pandillas ni aventuras, sin peleas o ventanas quebradas. Así que hasta bien entrados los nueve y diez años yo esperaba, ansioso, los regalos del niño Jesús y luego, uno más modesto, de los Reyes Magos.

El Día de Reyes del año 1966 observé la sombra de mi madre deslizarse sigilosamente en mi habitación y colocar el presente de “los magos” bajo mi cama. Lo asumí con tranquilidad, como un acontecimiento inevitable, como si siempre lo hubiese sabido.

A finales de ese mismo año, no sé ni de qué manera, hice saber que deseaba un microscopio. Tenía la fantástica idea de implementar un laboratorio en mi habitación. Había hurgado entre mis libros acerca de los implementos necesarios y uno de ellos, básico y fundamental, era el microscopio. Ya me imaginaba analizando muestras de sangre, cabellos, las infaltables hormigas, la escurridiza gota de agua.

No recuerdo bien qué me trajo la navidad de 66. Pero si quedó grabada en mi mente la imagen de mi padre, al que siempre me pareció ver enorme y fuerte, tirado en una cama, con los cables de suero inyectados a sus brazos y las mangueritas de oxígeno en su nariz. Nadie me informó qué había pasado. Sólo supe que estaba “enfermo” en el mismo instante de llegar a la clínica.

¿Qué tiene papá? – pregunté no sé a quién – ¿por qué lo metieron aquí?. Alguien respondió, escuetamente, “el cigarrillo, le hace daño el cigarrillo”. Es curioso como, por más esfuerzos que hago, no logro recordar quién me dijo eso. Las caras se me desdibujan y los recuerdos parecen hologramas difusos, pintados en una densa niebla que emborrona a los personajes, haciéndolos parecer fantásticos, imposibles, evanescentes.

Papá salió bien de allí. Siguió resolviendo sus crucigramas de las 11 de la noche, en la cama y muy pendiente de la construcción del mini-bar que había ordenado levantar en lo que alguna vez fue el cuarto de lavandería de nuestra casa. Era una parte del proyecto, más ambicioso, de hacer un enorme jardín en la parte de atrás, con caminerías, faroles y árboles de mango, que quería plantar y ver crecer.

En vísperas del Día de Reyes, salimos en el Volskwagen a comprar los faroles y buscar el microscopio. Llegamos a un lugar en Chacao que me pareció fantástico. Los faroles, de todos los tamaños, con vidrios esmerilados, colores, tapas, inundaban el sitio, desde la propia pared frontal. Al ingresar se introducía uno a otro mundo, donde los humanos apenas nos podíamos distinguir en medio de una profusa selva de hierros y vidrios.

No sé cuántas horas estuvimos. Recuerdo a mis padres felices. Estaban emocionados con sus planes, con los faroles, con su jardín de caminos para cualquier parte.

Salimos a buscar las dos plantas de mango, que algún día darían poderosa sombra y jugosos frutos. Los empleados del vivero colocaron las dos plantas en la parte trasera del pequeño auto, justo a mi lado, junto con sacos de tierra abonada.

Por fin, nos dirigimos a mi ansiado microscopio. Llegamos a una tienda que quedaba en Bello Monte, llamada American Toy Store. Allí se podían conseguir juguetes que nadie más tenía. También, elementos de corte científico, que sin llegar a ser profesionales, eran bastante aceptables: telescopios, microscopios, mapas estelares, instrumentos para coleccionistas de insectos.

Todavía recuerdo cuando le vi, en un estante junto a otros de diversos tamaños y características. Era un juego de química completo, con microscopio, tubos de ensayo, mechero y un sin fin de substancias químicas, junto al infaltable manual en inglés. ¡Era ese! ¡No podía ser otro! Mi madre lo llevó al dependiente y pidió que lo envolvieran para regalo y mi padre me miró, con una sonrisa en la cara. “Ahí tienes gran carajo,” “Estás contento ¿verdad?”, sólo atiné a devolver la sonrisa. En realidad no paraba de sonreir, cosa que siempre me ocurría y ocurre cuando estoy emocionado.

Mamá me alertó que debía abrirlo al día siguiente, con lo que mi emoción fue en aumento. El resto del día lo pasé pensando en mis planes con el futuro laboratorio y ya tenía en mente la “necesidad” de adquirir una bata blanca para “no estropear”la ropa.

Papá también estaba emocionado. Llegó a casa, cargó las plantas, fue al terreno trasero y con una pala abrió los agujeros. Sembró los futuros árboles de mango y luego, con una mandarria, destrozó una jardinera que estaba proyectada a desaparecer para construir una más bella.

Poco antes de irme a dormir fui al cuarto de mamá. Mi padre, acostado, descifraba el crucigrama habitual y mi madre se bañaba. Me dormí soñando con el laboratorio…

En la madrugada desperté, ansioso tal vez por la espera del día. Las luces del pasillo estaban encendidas y parecía como si aún fuese muy temprano. Llamé a mi madre. Nadie respondió. Imaginé que podían estar en el primer piso y me dormí. Pocas horas después (creo yo, tal vez fueron minutos) llegó el primo de mi madre a buscarme. Me dijo que se habían llevado a mi padre a la clínica. Me llevó a su casa, frente a la nuestra, hasta que, alumbrando los primeros rayos del Dia de Reyes, mi tía Josefina se acercó a la cama y me pidió que bajara a la sala. Al ver su cara, le ahorré todo discurso, rodeo o dificultad: “mi papá se murió ¿verdad?”

El funeral se hizo en casa. Cuando llegué, mi madre, a la que nunca más volví a ver feliz en los cinco años que le sobrevivió, lloraba quedamente y susurraba: “Emilio, Emilio”. El microscopio quedó en su caja, envuelto, durante mucho tiempo.

Unos cuatro años antes de venirme a Estados Unidos, pasé frente a la casa de mi padre, el castillo de mi infancia. Por encima del enorme muro trasero podían verse las copas de dos inmensos y frondosos árboles de mango.

7 comentarios

  1. Carlos Alberto

    Creo que alguna vez me contaste esta historia, no con tantos detalles claro, pero si conocía gran parte de ella. Sin embargo, no pude evitar que este corto pero sentido relato me sacara algunas lágrimas (en realidad lloré a moco tendido). Luego en la sala se lo leí a Vanessa, Andrea, Alejandra y Albita, quien estaba de visita, todas por supuesto terminaron llorando y riendo al mismo tiempo. En la noche, Nancy y Patricia, quienes llegaron de Caracas, también lo leyeron y quedaron fascinadas. Sobretodo Nancy, quien entonces recordó casi con exactitud, los acontecimientos de ese día de Reyes del año 1966. Bueno, lograste que nos tocara a todos.

  2. Acabo de leer tus Retazos, Emilio. Como anuncias, son efectivamente escritos íntimos, cargados de sentimientos presentes y pasados. Yo diría que son más “presentes” incluso de lo que uno pudiera suponer: presentes por lo que de ellos hay en ti hoy en día. Pienso, además, que con frecuencia el pasado es más real en el presente. Me gustaron los tres, pero este último me llegó con más fuerza. No se trata solo del desenlace de lo que cuentas, que obviamente emociona por lo triste, sino de cómo narras tus sentimientos y vivencias. Además de identificarse uno con ellas, sientes que en lo simple de la vida está la sustancia. Lograste con este escrito decir mucho más de lo que imagino pretendías contar.

  3. Hey. morí con el relato… la idea era llorar? que bien se siente esta lectura… realmente sos bueno…!! felicitaciones…..sin palabras… me sabe a buena literatura latinoamericana!!

  4. Romana:

    Me siento abrumado y honrado por tu comentario. Simplemente, gracias.

    Espero te des una vuelta regularmente.

    Saludos

  5. María G. Castillo Mark

    Pasaba por aquí después de mucho tiempo y no podía dejar de leer esta historia que me llena de sentimientos. Gracias por compartirla.
    Saludos.

  6. Patrizia Marzoli

    Dios no recordaba lo hermoso y triste del relato. Golpe duro para ese inocente niño pero que sin duda constituyó pieza importsnte en la madurez del hombre. La narrativa de Emilio, por otra parte,no tiene nada que envidiarle a la de cualquier gran literato latinoamericano llgenerosa en adjetivos. Me hiciste llorar nuevamente Emilio. Un abrazo

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