Volver a Crosby.

Suelo revisitarme a menudo. La nostalgia vive en mi piel como una capa que subyace, colindando con las venas, con la sangre, con las entrañas. Mis reencuentros son generalmente dramáticos y generalmente únicos en su esencia: son míos y para mí, no hay espacio para el presente y menos aún para el futuro. Son viajes en el tiempo y mis agujeros de gusano, esos que me permiten saltar el espacio-tiempo y tocar mi adolescencia o mi niñez pueden ser un olor, una sonrisa, una fotografía, una melodía y alguien que haya dejado su huella imborrable en los surcos de mis dolores, ilusiones, amores y sueños.
Facebook y la socialización digital son la antítesis de eso. En no pocas ocasiones derrumba muros de amor, corta a hachazos la hiedra del tejido de historias y vivencias, para servir en un plato vulgar, chismoso y banal lo que tuvo gracia, pasión, dolor y amor.
En no pocas ocasiones, lo confieso, la tragedia de la especie humana me persigue en forma de depresión, y debo remontar la cuesta cada día, queriendo creer en Asimov, en Sagan, en Star Trek y Spock, en El Mago de Oz y Robinson Crusoe, en Michael Ende y Momo y la Historia sin fin, en las pinturas de Van Gogh, en la justicia simple de las aventuras de caballería y en un Edmundo Dantés disfrazado de Conde, para vengar con su poder la impunidad de los malos y redimir el dolor.
Pero cada día la oscuridad se recrea, la nada sigue avanzando invadiéndolo todo y hasta algunos de nuestros viejos hermanos son arrollados por ella, para disipar todo vestigio de la humanidad que reconocimos alguna vez y desbarrancan al borde del abismo y de la barbarie.
En uno de esos días sin contornos, con patéticas figuras de espanto, vino a tocar David Crosby al Lincoln Center, en un concierto gratuito, para cerrar la temporada de espectáculos del verano nuevayorquino.
Había sido una semana dura, de mudanza, entre los estrechos espacios de vivienda en la ciudad, intentando ganar un pedazo más de cocina, tal vez un ambiente para una sala y hacer acojedora nuestra nueva cueva.

Como siempre, mi esposa y mi hijo mayor hurgaban en la abrumadora estampida de eventos de Nueva York, a dónde convenía ir, a pesar del agotamiento.
A las palabras de “David Crosby se presenta en Lincoln Center Out of Door” que Morella lanzó a la habitación llena de cajas y el entusiasmo inmediato de ambos por asistir, se sumó mi decisión de volver… volver a los 17, después de vivir un siglo…

 

***

Me descorazonó ver la inmensa fila que preludiaba una imposible entrada a las instalaciones en Damrosh Park. Sentí rabia, pero azuzado por Morella nos integramos a ella y pronto uno de los organizadores pasó diciéndonos: “OK, You are good, I mean, YOU ARE GOOD” en señal de que hasta donde estábamos podríamos ingresar.

Y así fue…

Me emocionó contemplar a familias enteras vibrando para ver a la leyenda. Observamos a una pareja bajando de un taxi con andaderas para soportar sus pasos. Abuelos con nietos, jóvenes de 20 y treinta y obviamente una multitud de entre los 60 y 70, como nosotros, alegres y expectantes.
Al ingresar y tras unos minutos de desesperada búsqueda de asientos, que logramos conseguir, pudimos escuchar las últimas piezas de la cantante invitada, Anaïs Mitchell, que simplemente fueron hermosas y emotivas.
Luego llegó el legendario californiano y la banda que le acompañaría Sky Trails, surgida luego de la experiencia acompañando a Crosby en un disco con título homónimo, lanzado en 2017.
De tal forma que en el escenario se apostaba un equipo multi-generacional cuyos nombres y cualidades fueron presentados por Crosby: James Raymond (hijo del músico) en el teclado, Jeff Pevar en la guitarra, Mai Leisz en el bajo, Steve DiStanislao en la percusión, y Michelle Willis en otro teclado y vocales.
La noche fue perfecta. El calor que nos había azotado días antes se esfumó para el concierto, una brisa suave le dio la bienvenida a todos, excepto Crosby que desde el escenario nos dijo que el clima estaba caliente. De pronto el sonido nos envolvió y Long Time Gone nos estremeció. Las voces, al viejo estilo de Crosby, Stills, Nash & Young, flotaban nostálgicamente pero con energía inusitada, mientras los músicos hacían revivir, renacer la pieza, para este nuevo-viejo Estados Unidos. Se pasearon por diversas canciones del viejo repertorio de The Byrds y Crosby, Stills, Nash & Young, y una hermosa composición de la tecladista Michelle Willis, que creo recordar se titula “Janet”. Así pues, allí desfilaron Déja Vu, Eight Miles High, In My Dreams, The Lee Shore, Wooden Ships, entre otras, con descargas magistrales en la guitarra y el particular sonido de los órganos, que en un momento dado comenzaron a dialogar entre sí, con un sello característico de los años 60-70 que tanto me gusta. Fue un concierto feliz, de renacimiento y una nostalgía que se trastocó en esperanza. Por unas horas la nada retrocedió a sus viejos predios de vacío y el mundo que nos rodeaba se puso rojo, azul, verde, amarillo y las edades se desvanecieron, y las pesadillas despertaron avergonzadas de sí mismas, el arte abrazó al amor, y me enorgullecí junto a Morella de ser nosotros, los aquellos, los irreverentes soñadores y sembradores de humanidad, aunque no sea más que para honrar el polvo de estrellas del que provenimos.
Cuando todo parecía haber terminado y nos levantamos frenéticos aplaudiendo sin cesar, Crosby nos pidió que cantaramos juntos, a voz batiente “para que se escuche en Washington D.C”. Las notas eran reconocibles, duras, una denuncia, un recuerdo de amor, un canto de justicia, un volver para reconocernos aquí y ahora:

Tin soldiers and Nixon coming
We’re finally on our own
This summer I hear the drumming
Four dead in Ohio
Four dead in Ohio

Four dead in Ohio

Four dead in Ohio …

Enlaces de interés:

David Crosby en NPR Tiny Desk

En YouTube se pueden ver vídeos del evento.

6 comentarios

  1. Joaquín Osorio Núñez

    Como siempre Emilio, magnífico tu relato, provocas que uno se quede como lelo,sumándose a recuerdos, claro no tan cultos ni sensibles como los tuyos.
    La vida a veces hace justicias y va poniendo a cada quien en su sitio y creo que, aún con los sin sabores por los que han pasado tu y Morela, la vida los puso en el sitio donde deben estar. Un abrazo y mi admiración siempre.

    • Se ganan unas y se pierden otras…. Cuánto extraño nuestras conversaciones y momentos juntos. Ese agujero no se llena nunca. Gracias amigo de siempre.

  2. jesus Gerardo Gonzalez

    Querido Emilio, como siempre me conmueve leerte, esa nostalgia que llevas adherida a tu ser como una tinta indeleble, y la forma en que cobran vida en tus escritos, me recuerdan el ser humano tan especial que eres. Creo que lo que más reivindico de mi paso por el viejo partido, fue haber conocido a personas tan enriquecedoras como tu, un abrazo amigo.

    • Mi querido amigo, hemos sido amigos por largos años y ni la distancia, ni el tiempo ha borrado en lo más mínimo el vínculo profundo de compartimos. Es cierto, qué fortuna haber, en este mundo, en este tiempo, en esa ciudad,, habernos topado y que la vida nos haya dado la oportunidad de conocernos y descubrir que nuestra relación era y es pecial. Yo puedo repetir tus palabras para conmigo contigo, porque es tal cual. Gracias por tus apalabras y un abrazo grande hermano.

  3. Armando Guerra Marcano

    Estimado Emilio, que viaje tan agradable produce el leerte. Logras trasmitir el momento y el espacio que narras, con la sencillez, la nostalgia y las texturas de las emociones que experimentas. Es un placentero privilegio la ventana de aventuras que ofreces por este Blog. Permite mirar y constatar otra cara, que nos recrea. Mejor aun fue sumarle un vídeo del viejo. Muy refrescante. Siempre desarrollaste una gran capacidad de educar-disfrutando, que esta ahí, enriquecida, en lo que se ve que haces. Hermano, recibe un gran abrazo, y por favor sigue mostrando lo que puedas de ese angulo del mundo, de esa otra cara de la moneda, compleja y distancia, contradictoria y radicalmente gringa. Un abrazo hermano.

    • Gracias amigo querido, me siento honrado con tu comentario y me regocija que tú hayas visto y sentido lo que transmití. Un abrazo inmenso, con todo mi aprecio y cariño siempre.

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