Umberto Eco, Internet, y la memoria histórica

Umberto EcoDebo confesar que escribo estas líneas con aprehensión. Por una parte, Umberto Eco goza de mi mayor consideración y respeto. Generalmente me agradan sus escritos periodísticos y me gustan sus libros. Por otra parte, no he podido dar con la entrevista completa que otorgó a la revista alemana Cicero en la que descarga contra la Internet. Con estas dos puntualizaciones, siento que no puedo dejar pasar las opiniones de Umberto Eco sobre Internet, vertidas hace unos días a la revista citada. No se trata de una novedad, es cierto. Ya anteriormente el escritor italiano ha emprendido ataques a la Red, como cuando en 2004 (en octubre también) señaló entre muchas otras cosas que “Hoy existe el peligro de que 6.000 millones de personas tengan 6.000 millones de enciclopedias distintas y ya no puedan entenderse entre ellos para nada”. Pero ahora , su argumento se concentra en responsabilizar a Internet – y a Estados Unidos, su progenitor – de ser la causante de que los europeos tengan cada vez menos memoria histórica.

La pérdida en los conocimientos históricos, una enfermedad típica en Estados Unidos, se está extendiendo por desgracia cada vez más también entre los jóvenes europeos” […] “Un joven francés o italiano al que se le pregunta hoy en día quién fue jefe de Estado de su país en los años 50 probablemente no tenga ni idea. En mi época lo habría sabido contestar cualquier colegial”.
El problema para Umberto Eco, parece ser el “exceso” de información irrelevante o insustancial. El “reino de Internet” ayuda a acelerar la pérdida de la perspectiva histórica pues – según su parecer – difunde “una masa de informaciones de menor importancia”. “El exceso de información es tan peligroso como su carencia”.
En la entrevista, de acuerdo a lo dicho por la prensa en español, alertó sobre la eventualidad de que Estados Unidos pierda, por las mismas causas, su memoria colectiva. Él, por su parte, ha decidido protegerse del fenómeno refugiándose en la universidad, “por ser un lugar privilegiado en el que los jóvenes cultivan su memoria y su sentido de la cronología de la historia”.

Internet: ¿avance o retroceso?

Las opiniones de Umberto Eco, tanto las pasadas como las recientes, sobre Internet, tienen un factor común: atribuyen a la Red una cualidad regresiva, obstaculizadora del conocimiento. Mírese por donde se le mire, el centro de su argumento llega siempre al mismo punto. De ahí que sea justo preguntarse y preguntarle si Internet representa un avance o un retroceso para la humanidad.
El problema con los argumentos de Eco, en mi humilde opinión, es que son abstractos, ajenos al mundo real, fuera de los predios ilustrados de la universidad. Su ecuación, mayor información = menos conocimiento es, cuando menos, tramposa y manipulada, como él lo hace, cuando rememora a Borges. Podría decirse algo similar de la proliferación de libros y revistas.

Todos sabemos que, desde la invención de la imprenta y la osadía de la sociedad de publicar libros, revistas, folletos y panfletos, el texto escrito ha recorrido un largo camino, en el cual encontramos no sólo a los grandes autores, los medianos y los malos; también abundan revistas pornográficas, novelillas de bolsillo con cursis culebrones, historietas de superhéroes o magazines repletos de crónicas criminales, llenos de fotografías escabrosas. Hay de todo. La literatura bajó de su endiosado templo, al abrigo de los monjes en sus abadías, en un mundo en el que sólo los hombres leían y de ellos sólo una capa selecta y privilegiada podía acceder a los libros. Era fácil mantener el conocimiento distribuido entre los poderosos. Los de abajo simplemente adoptaban la información recibida por “los que sabían”, sus amos, sus reyes, sus nobles, sus patrones.
La imprenta (la tecnología que permitía la copia de libros y de reproducción de un mismo texto en grandes cantidades) rompió esa relación del hombre con el conocimiento y si bien no todos sabían leer, la proliferación del material escrito estimuló la lectura, su aprendizaje, como parte del mecanismo para obtener el saber encerrado en el texto.
Desde la invención de la imprenta hasta nuestros días, diversos desarrollos tecnológicos han contribuido a expandir el conocimiento y la información. La televisión, la radio y el cine han causado un fuerte impacto en la sociedad, pero, tanto por su formato y características, los datos transmitidos son cualitativamente inferiores a los que se pueden expresar desde el texto, o al menos así lo veo yo. Los volúmenes escritos, los artículos de opinión en un diario, la reglamentación de una ley, la constitución de un país, reposan como textos. Desde este punto de partida, que creo es el marco inicial para abordar el problema, ¿qué representa la Internet? Es, como se ha dicho en reiteradas ocasiones, el salto más colosal y profundo en la difusión de la información y el conocimiento desde la invención de la imprenta. Al igual que esta última, Internet permite la reproducción, masiva, de la palabra escrita y ha ido incorporando, poco a poco, los otros medios (audiovisuales) existentes. Pero lo que le da un carácter distintivo a Internet es que ha posibilitado a grandes, inmensos contingentes de la sociedad, participar directamente en la producción de conocimientos y generación de información. Al igual que con el texto escrito, aunque en una escala jamás vista e imaginada por la humanidad, la información vertida en el nuevo medio abarca todos los rangos: excelente, buena, mala y muy mala. Los temas se han ampliado en la medida que ahora la individualidad, el ámbito personal, adquiere un peso singular en la producción. No se obedece a los intereses editoriales, o del clero, o del mercado, o del poder de turno, salvo indirectamente, por la influencia y el peso que éstos tienen en un momento dado en la sociedad global y en las regionales. El resultado es, aparentemente caótico, pero estoy seguro que en 50 ó 100 años, un análisis del contenido del conjunto de la Red, ofrecerá un estupendo reflejo del mundo que tocó vivir a los autores. De todo ello, quedará plasmado con la tinta indeleble de una conciencia global adquirida, que la guerra de Irak fue sustentada en una mentira, o que los militares genocidas en Argentina robaron niños a sus víctimas o que Arthur Clarke, el escritor, vivió en Shri Lanka, o que la masacre de Tianamen fue un hecho categórico y que los rinocerontes negros fueron extinguidos por la destrucción humana. Centenares de miles, cuando no millones, de escritos, íntimos o periodísticos, imágenes, panfletos, comunicados, dirán su verdad sobre los acontecimientos que les tocó vivir. La información insustancial o irrelevante del nacimiento de un hijo, mi periplo como inmigrante, la orgía en la que un internauta participó, la persecución y detención por lo que escribió en la Red… Sí, el mundo cibernético habrá contado las pequeñas historias de sus pobladores, en un aluvión de palabras sin mayor consecuencia, mientras registra en su torrente, los sueños, fracasos y hechos del mundo que les arropó. Yo lo veo así. Y porque lo veo de esa manera mi primera conclusión es esta: Internet es un avance para la humanidad. De las palabras de Umberto Eco se deduce lo opuesto, aunque no lo haya dicho aún, categóricamente.

¿Exceso o especialización?

Me llama la atención su afirmación de que la memoria histórica se está perdiendo gracias a Internet. Me sorprende porque suponía que Eco era capaz de advertir que el deterioro en el conocimiento de la historia o, para ser más claros, de toda la cultura general, en los jóvenes de casi cualquier parte del mundo no comenzó en la era de Internet y sus causas están más relacionadas con la crisis mundial de la educación, en el marco de la crisis de la sociedad global, la economía de mercado y los valores que se transmiten, estimulan y divulgan. No es algo que se pueda despachar con una acusación periodística contra Internet.
En el año 1975 estuve en Amsterdam. Era un joven, pero afortunadamente bien plantado culturalmente. Me hospedé en un hotel llamado “Hotel Cook para jóvenes”, donde se compartía la habitación, consistente en camas literas, con otros jóvenes desconocidos. Me correspondió cohabitar con un japonés, un brasileño y un francés. El único que sabía que Venezuela era un país y su ubicación en el norte de Suramérica era el brasileño. Los otros dos no tenían la menor idea.
En 1980 fui a Madrid. Tenía un congreso y los organizadores me hospedaron en casa de unos buenos y simpáticos clase media españoles. Vivían en un apartamento bien acomodado y tenían dos críos muy tremendos. Imaginaban que yo provenía de un país donde se usaba sombrero muy grande y se gritaba como los charros. No imaginaban que una ciudad como Caracas pudiera ser cosmopolita y la pintura en su mente más se parecía a la visión de los filmes norteamericanos sobre las áridas tierras donde cabalgaba el Zorro que a una urbe moderna y dinámica. Me sorprendió, durante mi estadía, el escaso y unilateral conocimiento que sobre América Latina mostraban la mayor parte de los europeos en el congreso. En términos generales, un clase media de Caracas en ese entonces tenía más información de Estados Unidos y Europa que el demostrado por sus pares del norte o del viejo continente. Mi “teoría” es la siguiente, si se me permite la pretensión: para un habitante del “Tercer Mundo” es imprescindible o al menos muy necesario, ubicarse geográficamente. Debe conocer a los “poderosos” del Primer Mundo. Eso le ayudará a sobrevivir y orientarse mejor, cuando no, simplemente a responder a la penetración cultural propiciada por sus economías. Si un venezolano logra ascender a la universidad, de seguro le será muy conveniente conocer dónde está, qué se habla y otros detalles de Nueva York, Madrid, Paris, Berlín, Lisboa, Miami, Tokio, etc. Probablemente su equivalente en Nueva York o Francia pueda vivir y graduarse ignorando la existencia de Venezuela, a menos que algún hecho de sobrada relevancia lo imponga como necesario.
En Estados Unidos a los niños en la escuela elemental no se les enseñan los países y ciudades del mundo, pero en 5to grado a mi hijo menor le entrenaron en la clasificación de las estrellas y el diagrama Hertzsprung-Russell. Estoy absolutamente seguro que lo que dice Umberto Eco acerca de los jóvenes europeos que desconocen el nombre de los jefes de estado debe ser cierto, pero … ¿es Internet la culpable? ¿Cómo lo prueba? ¿Dónde está la investigación acuciosa que alimenta tal afirmación? ¿Cómo saber que no es un fenómeno que se inició muchos años atrás, como producto de una sociedad competitiva y tributaria de la especialización, donde el conocimiento general y una sólida cultura no son necesarios para “triunfar”? No creo que el “exceso” de información de Internet ahogue y diluya el conocimiento de lo “importante”. Lo que un joven europeo, por poner un ejemplo, busque y obtenga en Internet y el criterio para su selección y valoración, no es afectado fundamentalmente por las posibilidades de la nueva tecnología sino por un conjunto de factores, entre ellos, los valores imperantes en la sociedad, la familia, la escuela y su influencia sobre él. Lo que si es seguro es que poco hace Umberto Eco para que esos millones de Internautas le presten oídos. En lugar de tender un puente intelectual, Umberto Eco prefiere “salvarse” refugiándose en su reducto del saber.

Memoria histórica, Estados Unidos y eurocentrismo.

La visión que Umberto Eco refleja, en particular en esta oportunidad, es eurocéntrica, es decir, tomando como eje a Europa, lo cual me parece desatinado especialmente cuando intenta extraer de ahí una conclusión global, sobre una herramienta global. Pero también es eurocéntrica cuando, siguiendo con una práctica muy común a algunos sectores de Europa, acusa a los Estados Unidos de carecer de memoria histórica y ser padre de la criatura. No niego que en Estados Unidos campea la ignorancia en amplias capas de la población. También está lejos de tener el bagaje cultural que han demostrado tradicionalmente las sociedades europeas, pero cuando habla de la “pérdida de los conocimientos históricos” como una enfermedad típica de los Estados Unidos que ahora se “expande” a los europeos, además de reafirmar una visión eurocéntrica, muy triste en un intelectual de su talla, manipula la información, usando medias verdades que no aclaran nada y que lo rebajan como pensador. Cualquiera que haya vivido en Norteamérica puede atestiguar lo aferrados que están a su historia y tradiciones. Estados Unidos es una país joven, pragmático, emprendedor y ambicioso. Creció sin tener que disputarse el mercado con numerosos países fronterizos o teniendo que acabar con la nobleza y una monarquía de siglos. Las guerras mundiales no se libraron en sus tierras. La historia, como herramienta y recurso de sobrevivencia (no sólo como herencia cultural) ha sido vital a los europeos, invadidos por los moros, conocedores de Napoleón, víctimas de Hitler y que guerrearon en los mares por el dominio de las colonias de “ultramar”. A Estados Unidos se le puede acusar, tal vez, por ser excesivamente pragmático y estudiar y cultivar históricamente sólo aquello que le es estrictamente útil para su “ser” estadounidense y el dominio mundial, pero ¿promueve Internet esa misma filosofía por ser hija de Estados Unidos? Me temo que Umberto Eco debería hacerse otras preguntas como ¿por qué nació Internet en Estados Unidos? ¿Por qué es ese país el protagonista de la producción de la mayor cantidad de basura y de las mayores maravillas? ¿Por qué, en el reino de la “pérdida de los conocimientos históricos”, se crea un instrumento para facilitar el acceso a las bibliotecas, centros de formación científica, histórica y artística?
Umberto Eco necesita acusar a Estados Unidos de los males que aquejan a los jóvenes europeos e ignora al resto del mundo. Imaginemos por un momento que los países africanos logran aumentar de forma significativa el acceso a la Red y decenas de miles de personas en ese continente comenzaran a navegar rutinariamente por el ciberespacio. ¿Qué conclusión deberíamos sacar? ¿que Internet les terminará de vaciar el cerebro, o que será una herramienta a favor de su desarrollo, democracia y crecimiento cultural? Internet puede ser un recurso mucho más poderoso que los libros. ¿Por qué? Porque, por ahora, a diferencia de un libro, en la red puedo decir lo que pienso del mundo, de mi vida, de mi entorno. Ejercitar la libertad de pensamiento, pudiendo incluso, con ayudas tecnológicas, burlar la censura; es ganancia.


Información, información y más información.

Pasé dos años buscando información en Internet para reconstruir la historia de mi padre entre los años 1920 y 1938. Descubrí que mi abuelo paterno había sido de profesión “tabaquero” y era analfabeta. Encontré la existencia de una tía de la que nunca antes supe y me fascinó explorar la vida del Nueva York de la primera mitad del siglo XX. Revisé los registros del censo y conocí los barrios judíos, italianos y puertorriqueños. Parte de esa información fue fundamental para lograr mi ciudadanía, Internet fue una herramienta vital de investigación y reconstrucción de la memoria perdida en Manhattan. Durante años he recibido e-mails con toda suerte de estupideces que van desde asegurar que el planeta Marte se podrá ver del tamaño de la Luna, pasando por la carta de despedida de García Márquez por un cáncer que se lo lleva, hasta el aviso de que reenviando tal e-mail miles de veces seré ganador de bendiciones o lo contrario si tengo la osadía de ignorarlo. He visitado blogs que cuentan las vivencias personales de una joven huyendo de su casa a otro país, otro que muestra bellos dibujos de un autor miembro del Opus Dei, los pensamientos de autores de renombre (lástima que no se encuentre Eco entre ellos) y bitácoras de chinos recordando Tianamen o mujeres de la India, luchando por sus derechos. ¡Es fascinante! Mi bitácora es un punto más en la inundación de átomos, miles de millones de ellos, un espacio inconmensurable de palabras, aparentemente caótico, irreverente, prosaico o culto, porno o espiritual. Así como un conjunto de factores me llevaron a saber seleccionar la información, se encuentre bajo la forma que sea, el deber de la sociedad y de intelectuales como Umberto Eco, no es vociferar contra Internet y alegar que hay demasiada información, sino educar a las masas para que más y más sean capaces de usar las herramientas, cualesquiera que sean, para ejercitar la cultura, la democracia y la producción de conocimientos. El peligro no está en la Internet que conocemos hoy sino en la que algunos pretenden: una red controlada, gobernada, que ponga “orden” en lo que se dice y no se dice. En caso de llegar a ese punto, estaremos, me temo, cercanos a la barbarie o cuando menos a una nueva era de oscurantismo global. Esperemos que Umberto Eco nos ayude a evitarlo.

Notas sobre la entrevista:

El Mundo.es

20 Minutos.es

El Semanal Digital

El Clarín, Argentina

3 comentarios

  1. Muy acertada reflexion, mi enhorabuena. Soy española y vivo en Irlanda, uno de los paises con una de las mayores renta per capita de Europa. Comparto casa con dos irlandesas cuya incultura no las impide ejercer como profesoras. Sin embargo, una de ellas, de 23 años, cuando descubrio que dos amigos mios, una brasileña y un portugues, se comunicaban en la misma lengua, me pregunto asombrada por que Pedro conocia el idioma de Maria y viceversa. Obviamente la asombrada fui yo al tener que explicarle que es debido a que en Brazil y en Portugal hablan la misma lengua. Lo mismo me ocurrio con la mayor de ellas, esta de 30 años que desconocia por completo que era el Ramadan y cuando se lo explique no llego a creerme del todo, lo vi en su mirada de incredulidad. La incultura de los jovenes irlandeses es brutal. Puede incluso que hayan ido a la Universidad y tengan conexion broadband en su habitacion pero no saben absolutamente nada del mundo. Eco sin duda, estaba equivocado.

  2. Muy interesante el artículo, enhorabuena.

  3. Emmaskarada:

    Sí, me temo que es así, al menos en todo el mundo «desarrollado». En Estados Unidos no es mejor. Recuerdo que, antes de que Internet pudiera hacer los estragos de los que le acusa injustamente Umberto Eco, Carl Sagan, el astrónomo, señalaba en la introducción a su libro «El mundo y sus demonios», que cuando él estudió astronomía era indispensable conocer a Beethoven, Darwin, literatura y artes. Él refería eso en contraste al nuevo mundo de la competencia y la especialización, donde la cultura general es, por norma, un desperdicio.

    Saludos

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