Nostalgias amigueras

Aquí estoy de nuevo. Sigo en la mortificante búsqueda de trabajo y una cantidad de diligencias alrededor de los papeles de mi familia. Imposible concentrarme.
Confieso que la presentación de currículos y demás yerbas me molesta sobremanera, en especial cuando la sociedad ha llegado a sobrevaluar los papeles, certificados y números, al punto de presentar formularios electrónicos, para ser llenados por el solicitante, que dejan poco o ningún margen al contacto humano y la apreciación subjetiva. De tal manera que, en casos como el mío, hay un buen número de elementos en contra para encontrar un lugar digno, adecuado y satisfactorio para laborar. Tal vez  pido demasiado. Pareciera que nunca me canso de luchar y que me gusta además condimentar la vida con obstáculos interesantes y curiosos. Nadie habría dado un centavo, hace seis años, por mi proyecto de obtener la ciudadanía, partiendo de los datos que un padre bohemio no había dejado en nuestras manos.

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Una explicación

Este año la bitácora ha estado más bien escasa de notas. Mi registro personal ha sido irregular y contrasta con el ritmo que sostuve la pasada temporada. Me siento en el deber de dar una explicación, que quizás me sirva a mí mismo ya que soy el principal insatisfecho. No me voy a ir por las ramas; con más o menos oportunidades para escribir, el asunto central es que estoy en crisis – una muy duradera – y que me provoca alzas y bajas recurrentes. Tengo 52 años recién cumplidos, hace cinco que junto a mi familia decidimos comenzar desde “cero” una nueva vida en Estados Unidos. Tengo experiencia sólida con las computadoras y me especialicé en Linux, pero no tengo ningún grado universitario. Mi pasado, del cual soy único responsable, me permitió ser periodista, dirigente, obrero metalúrgico, organizador, profesor, dogmático, sectario, bohemio, y llegué hasta ser orador y administrador – para bien o para mal – (generalmente para mal) de “gentes”. Cuando toda mi vida adulta, la vivida, se fue por el caño, me aferré a la informática y a mi viejo amor por las ciencias. Me niego sistemáticamente a dirigir a mortal alguno y a “aconsejar” a nadie. Naturalmente, aprendí mucho, y orienté mejor que nunca mis viejas convicciones en contra de las “autoridades” únicas, los sabios, los comandantes superdotados y la demagogia. Pero quedó en mí un agujero negro. Desde entonces me es difícil torear mi vida sin altibajos de ánimo. Ahora estoy sin trabajo ( aunque estoy estudiando para obtener certificaciones de aquello que sé) y aunque mis amigos me digan una y otra vez que no, pues me dan rabia estos cincuenta y dos años, llenos de interrogantes. No hay amigos (aún) en esta nueva tierra y por lo que más siento auténtica, verdadera nostalgia, es por ellos, los que no están.
No he escrito porque he estado paralizado, así de sencillo. Confieso, humildemente, que sufro de esta inconstancia emocional y con ello dejo aclarado mi proceder. La bitácora es muy querida para mí, pero a la vez es una extensión mía, y eventualmente, padece de mis propios bajones. Así pues, queridos lectores, están avisados. Seguir leyendo mis notas, o incluso mantenerme enlazado, es un honor para mí, que tal vez no merezca, pero agradezco.

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La masacre de Virginia Tech: una reflexión

Ayer, cuando escribía la nota sobre los sucesos en la Universidad Politécnica de Virginia, la cifra de muertos remontaba a 22. Pocas horas más tarde los canales de noticias anunciaron la macabra cifra de 32 víctimas fatales, incluyendo al asesino, quien aparentemente se suicidó. La matanza fue protagonizada por una mente obviamente desequilibrada. En los próximos días saldrán los detalles, intentando penetrar los pensamientos del criminal. Ciertos medios televisivos, como Fox, han hecho énfasis en el descubrimiento de que el homicida era de nacionalidad sur coreana y han comenzado a hurgar su estatus migratorio. Pero esta terrible matanza no es un problema aislado, referente a un loco, de la nacionalidad que fuere, que irrumpe en la paz de la enseñanza. En Columbine los asesinos estadounidenses no fueron chicos estables y centrados; es imposible encontrar sensatez en el hombre que en Pennsylvania, en la comunidad Amish, segó la vida a varias niñas. Tras cada uno de estos siniestros episodios hay un factor común: la locura pudo expresarse por medio de las armas que estaban al alcance de la mano.
En BBC Mundo, un artículo acerca de la identidad del asesino contiene el siguiente párrafo:

En una mochila que llevaba Cho Seung-Hui, la policía encontró el recibo de compra de una de las armas, adquirida en un supermercado. Una de las pistolas era de calibre 9 milímetros y la otra de calibre 22. (El destacado es mío).

Virginia se cuenta entre los estados de la Unión con mayor displicencia y laxitud en la venta de armas.

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Notas sobre Nueva York

Escena de New YorkEstoy escuchando a Dianne Reeves. El clima ha cambiado. La mañana está fresca. He abierto las ventanas del apartamento para que entre la brisa y barra el aire viciado de las pesadillas que se amontonan, como el polvo, en los rincones oscuros, en los ambientes aislados, en los lugares con ventanas cerradas.
Por algún motivo que sueña dentro de mí, pero que no puedo recordar, las calles, las gentes y los ruidos de Nueva York vienen a mi encuentro. En alguna calle, en un departamento, montado en un taxi o cenando, tal vez con su madre o sus hijos, pasa por delante el espectro de un hermano, al que una vez conocí, en un lejano 1966. Emilio conoció a Emilio. Las historias de mi padre dejaron legados, duros y emotivos. El tiempo se detuvo en 1938 y las dos criaturas no comprenderían la ausencia, la huida, la aventura. Nueva York está en mi corazón, de alguna manera, por alguna vía. Todavía me veo, corriendo, lleno de lágrimas, mientras aquél hermano repentino entró en mi vida. El pequeño bus lo trasladaba hasta el avión, al que se subía por escalerillas. Era de Pan Am y le vi, por última vez llorando – él también – tras los cristales del ventanal de la parte trasera. Me escribió, sí, me escribió y me invitó a su ciudad, a su New York City, a su Bronx. Nunca fui. Papá murió. Yo quedé con un sabor de ansiedad neoyorquina en el alma. Jamás volví a saber de él. Podría tener 72 años hoy … tal vez.
Hoy amanecí con recuerdos de Nueva York y encontré estas estupendas fotos; viajé con ellas. Allí está Emilio, mi otro hermano, en ese mundo que sentí a través de él…

Enlaces:

Las calles de Nueva York. Exhibición en National Galley of Art (muestra online)

Changing New York 1935 – 1938, The New York Public Library

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Retazos 3: La gran aventura

Publico una nueva nota en mis “Retazos”. Está dedicada especialmente a mi hijo Carlos Alberto, quien cumple años hoy.
La he escrito conmovido porque, a pesar de haber ganado la ciudadanía estadounidense, me he enterado ayer que no puedo brindarle una mejor vida legal de inmediato, en tanto es mayor de edad. Él paga el precio de haber perdido el tiempo con abogados tramposos al inicio, o haber confiado en sinvergüenzas que nos estafaron y la lentitud del proceso. Llegó aquí por culpa mía, siendo menor de edad; yo tenía la confianza de que le obtendría su documentación, a partir de la mía, más temprano que tarde. No fue así. Brillante estudiante, deseoso de hacer cosas maravillosas, le fue ganando la desesperanza y la inseguridad. Mi mejor regalo no fue posible. Pero no desmayaré porque si algún sentido tiene mi vida, a estas alturas, es seguir siendo papá. Te adoro hijo mío. ¡Feliz cumpleaños!

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