Con Rafael, en “La cuerda floja”

Tightrope_Mike_Connors_1960Transcurría el año 1961, tal vez 1962, así que me encontraba transitando un poquitín más de la mitad de una década de vida, por tanto mi hermano Rafael – de 11 ó 12 – tenía que soportar el “pegoste” de un hermanito que le seguía y copiaba. Todo aquel que haya tenido un hermano en condiciones similares comprenderá perfectamente a lo que me refiero. Si Rafael dibujaba, yo iba corriendo a buscar mis colores y papel para sentarme junto a él y hacer lo propio. Si Rafael le lanzaba piedras a los autos que pasaban frente a nuestra casa, yo me surtía de algunas piedrecillas ridículas para imitarle. Si Rafael recibía a un amiguito, ahí estaría yo para recibirle como si fuera mío e intentaría seguirles en sus andanzas como si fuera un contemporáneo, un par. Ni qué decir tiene lo que esto ocasionaba en mi pobre hermano que – lo reconozco – presionado por las circunstancias decidía darme unos cuantos puñetazos en el antebrazo derecho o izquierdo, indistintamente.

Una de las cosas que compartíamos realmente era la televisión. Ambos disfrutábamos viendo Rin Tin Tin, el extraordinario can de la caballería americana que daba al traste con los planes de los malhechores y forajidos en el oeste; o “Camioneros”, donde el gigante de Mike Malone y su compañero iban impartiendo justicia, mientras transportaban cargas en su gandola a lo largo y ancho de Estados Unidos. También veíamos “Patrulla de Caminos” con el capitán Mathews y su eterno llamado “¡Veinte cincuenta a jefatura!”.

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¡Feliz cumpleaños María!

Como ves – si realmente lees esta nota – nunca he pasado por alto la fecha de tu cumpleaños. Sabes que es más que eso. Podemos enterrar a los difuntos, borrar palabras escritas, destruir una pintura que hemos creado, pero los tesoros que forman parte de lo que somos o tal vez, que hacen parte de lo que nos identifica como la persona que hemos llegado a ser, son imborrables. No me arrepiento del amor. Que tengas un maravilloso cumpleaños, junto a tu familia. Nunca te olvido M.E. Toda la vida.

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Cincos, un poema.

He querido compartir este poema. Lógicamente mi blog es su lugar natural. Me empeñé en publicarlo bajo la forma de un vídeo, con fondo musical o sólo texto y leerlo después, para los que deseen revisarlo con calma. Me encantaría conocer sus comentarios.

 

Poema en texto haciendo clic en “Leer más”.

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Un sueño

ME_0001a_dreamAnoche tuve un sueño. ¿Uno? No, tal vez diez, cien, mil, quién sabe. Nunca lo sabré, porque no obran en la conciencia, sino en lugares remotos, escondidos, que surgen de pronto de los abismos, cuando las murallas que protegen nuestra vida cotidiana se desvanecen en algunas noches – no todas, claro – y entramos en un mundo mágico de tormentos, anhelos, o placeres. A veces creo que sólo me pasa a mi y tal vez a los locos. Cuando ocurre, cuando esas noches especiales me abrazan, suelo despertar hipnotizado, en ocasiones maltrecho y dolorido. Pareciera que hay más tristeza que felicidad en esos lugares recónditos, pues, la mar de las veces, las lágrimas brotan fácil, el recuerdo está fresco y la certeza de que el tiempo pasó y no nos dio tregua, nos asegura que la tragedia de la vida o la alegría de ella, está llena de parches, buenos y malos, tristes y felices.

Pues si. Soñé, casi toqué. Observé de muy cerca. Conversé. Fui revaluado, querido y tocado. Aparecieron sombras desconocidas y lugares imprevistos. Un garaje, una escuela, una habitación que había que cerrar y una persona, con rostro claro, diáfano y bello. Sus labios, los de siempre. Sus ojos tristes. Su voz inconfundible.

Cuando hemos amado, a un padre, una madre, una mujer, a un ser especial, si lo perdemos, el paso del tiempo pareciera agigantarle frente a nosotros. Tal vez es la manera en que nuestra traviesa mente se cerciora que no olvidemos.

¿Será que le ocurre a todos o sólo a mi? Anoche tuve un sueño, tal vez diez, cien o mil. Casi te toqué. Allí estuviste ME.

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El oficio de ser padre

En algún momento de finales de los 90, en nuestro antiguo hogar en Valencia, VenezuelaLa verdad sea dicha, nunca hemos celebrado el día del padre. La indiferencia de Morella y mía al respecto, se difundió a nuestros hijos que se enteraban de esa fecha especial por los eventos en el colegio o la inundación de propaganda para vender productos para “el Rey papá”.
Independientemente de sus orígenes, y como casi toda cosa que toque nuestros sentimientos, el mercado se encargó y se encarga de prostituirlo para llevarnos de la mano a las tiendas a comprar regalos para nuestro progenitor masculino. Pero no es menos cierto, que a pesar de ello, puede ser una ocasión para refrescarnos el sentimiento, la nostalgia, el amor por quien en muchos casos dejó algún tipo de semilla sembrada, con la mejor intención del mundo.
Somos mamíferos. Deberíamos cuidar de nuestras crías, con nuestra propia vida si es necesario. Quitarnos el pan de la boca para otorgarlo a nuestros hijos. Pero la especie humana ha dado sobradas muestras de su condición de mamífero “sui generis”. Ha mostrado ser capaz de abandonar a su suerte a sus crías, de envilecer sus vidas con prejuicios y dogmas, de arruinar sus anhelos y posibilidades con afiladas tijeras para cortar alas.
Así que, el Día del Padre, no es más que una generalización, para honrar a quien con su semilla nos ayudó a venir al mundo. Mas, padre, el que está allí para mostrarnos sus aciertos y equivocaciones, con amor indecible, es el depositario, sin duda, de este día de recuerdo y gratitud.
Mis hijos me han hecho saber, casi cada día de la vida, que soy papá. He sido feliz al tenerlos y cumplir el oficio de ser padre. Cuando eran niños fui niño para jugar, no como una obligación, sino como la materialización de la comunicación, la creación de un estrecho y firme cordón de amor y comprensión. Tuve la suerte de entregarme y no permitir que hubiese actividad o trabajo que me apartase de asumir la dicha de educar y ser educado con y por mis hijos. Tuve que aprender mucho. Me di golpes y tuve traspiés. Dudé a menudo de lo que hacía y cómo lo hacía, pero el amor era y es la base. Descubrí a esas personitas con sus puntos fuertes y débiles, con su “yo” cada vez más “yo”. Aprendí a pedir perdón y regañar con autoridad. Conocí la paciencia y el difícil arte de ser metódico y persistente. Respeté escogencias diferentes a las mías y abrí mi mente, mi pensamiento, al mundo nuevo que me ofrecían.
Tengo dos hijos, son dos tesoros, dos maravillas de la vida y del amor. Tienen de nosotros (su madre y yo) marcas de amor, de ideas de justicia, de humanidad, pero van más allá con sus propias visiones, sus anhelos y experiencias. No hay trauma en ellos porque sus padres sean ateos, o porque hayamos vivido 23 años sin casarnos (sólo lo hicimos cuando nos veníamos a Estados Unidos). Saben que su padre ama sin límites a su madre, y que amó a otra mujer a la que le debe mucho. Entienden que su padre casi no tuvo padre y madre, y que a los 16 años ya estaba solo, viendo cómo aprendía a vivir y a ser.
Tengo dos hijos decididos a volar. Que practican el pensamiento crítico, y no aceptan el autoritarismo.

Me habría encantado ser padre de una niña. Planificamos demasiado el futuro y creímos que tendríamos siempre tiempo…

Soy padre, a mucha honra. Y sé que mis hijos me lo reconocen cada día.

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