Despertar sin Jaruselski

Esta es la segunda de las “Notas polacas”.
En diciembre de 1988, el Partido Comunista polaco, muy a pesar suyo, se vio obligado a buscar conversaciones con los líderes de las poderosas huelgas obreras que sacudían a Polonia. El supuesto “gobierno de los trabajadores”, presidido por Wojciech Jaruselski, había intentado impedir sin éxito la creciente ira de los obreros que, desafiando el totalitarismo, crearon un sindicato independiente del Estado y del todopoderoso Partido Comunista, llamado “Solidaridad“. Meses después, en un hecho sin precedentes, los otrora poderosos gobernantes, se reunían con los dirigentes de las huelgas, y se sometían a los designios del verdadero nuevo poder emergente: el del sindicato Solidaridad, con Lech Walesa a la cabeza. Era el comienzo del fin del infame dominio soviético sobre Polonia, herencia del estalinismo. Los gobernantes títeres, quienes habían sometido a su propio pueblo y cometieron crímenes para perpetuar su poder, ya no podían acudir a su amo ruso para que les sacara la pata del barro. La Unión Soviética estaba en apuros económicos, militares y políticos y no se podía dar el lujo de invadir, como antes lo había hecho en Checoslovaquia (1968), o en Hungría (1956).
Jan Grzebski, trabajador de ferrocarriles, cayó en estado de coma en 1988, cuando esta historia apenas y mostraba su primeras cartas. Fue víctima de un accidente con un vagón y los médicos no le dieron a su esposa buenas noticias: su esposo moriría casi con seguridad. Aunque tal pronóstico no se cumplió, Grzebski vivió en coma durante los últimos 19 años, hasta el 12 de abril de éste, cuando “despertó”.

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Notas polacas

En estas dos semanas he visto pasar un conjunto de temas que hubiese deseado abordar en Extemp”F”oraneo, pero los días pasan, como el paisaje visto por la ventanilla de un tren, y algunos episodios quedan atrás y no podemos asirlos de la misma forma, una vez que nuevos sucesos se agolpan en las estaciones que pasan frente a nuestras narices; pero hay dos hechos singulares, ambos relacionados con Polonia, que no quiero ni puedo dejar de mencionar, así que, aunque sé que con mucho es una noticia vieja ya en la red, aquí va la primera nota:

En memoria de Rutka Laskier


Ahora tendría 78 años. Habría, con bastante probabilidad, tenido hijos y nietos. Habría amado y sufrido, como todos amamos y sufrimos, los dos ingredientes que se entremezclan en la suma de momentos de nuestras vidas. ¿Qué habría estudiado? ¿Cuánto mundo habría conocido? Tenía derecho a soñar, todos lo hacemos. Aun a pesar del hambre, la miseria, las calles rotas o los muros de la segregación y la estupidez, podemos soñar. Rutka Laskier era judía, tenía catorce años y desgraciadamente vivía en Polonia, en 1943, ocupada por los Nazis, la cual se habían repartido previamente con Stalin, sólo para luego dar un zarpazo a su “aliado temporal” e invadir la Unión Soviética. Los polacos fueron víctimas dobles, del nazismo y el stalinismo en ese entonces. Los judíos polacos fueron los parias. Los nazis se ensañaron contra ellos y los concentraron en el llamado Gueto de Varsovia, al cual aislaron del mundo con un muro y alambre de púas (algo que los judíos no deberían hacer a nadie, jamás). Allí quedaron a merced del hambre y las enfermedades. El Gueto se levantaría contra los nazis y tras lograr algunos avances, sucumbirían a la ira de Himmler quien ordenaría quemar los edificios y destruir los refugios. La población del Gueto fue sistemáticamente aniquilada, enviada a los campos de exterminio, a trabajos forzados (hasta morir) o a las fábricas a laborar como mano de obra esclava.
Rutka vivía allí, con sus catorce años a cuestas, la edad de mi hijo menor. Testigo de la barbarie que observaron sus ojos, escribió un diario de 60 páginas durante cuatro meses. Algunos de sus párrafos retratan el horror:

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Sombras, disculpas, decadencia

El país se desliza, lenta pero firmemente, por la pendiente de la decadencia. Mientras una sociedad – borracha de consumo e ignorancia – vive de espaldas al mundo, el cuerpo organizado, político, de la nación, protagoniza una debacle moral de calamitosas proporciones. Basta con hacer un pormenorizado listado de las notas de prensa o las crónicas de las actuaciones de los funcionarios del gobierno y el Congreso, para sentir náuseas. No es sólo la guerra, basada en hechos infundados, son las violaciones a los derechos humanos, los ataques a los derechos civiles consagrados en la Constitución, la retaliación contra los funcionarios que no concuerdan con el gobierno, la corrupción en el congreso, el crecimiento de la delincuencia y los asesinatos a lo largo y ancho del país.

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Más de cien. Mujeres de venezuela



El pasado miércoles 8 de marzo se efectuó en Caracas la presentación del libro “Más de cien. Mujeres de Venezuela.”, patrocinado por Bancaribe. Sus autoras, Cristina Guzmán y Silda Cordoliani, han hecho un esfuerzo significativo para recuperar la memoria y el rastro de un selecto grupo de mujeres venezolanas que, en diversos campos y quehaceres, jugaron un rol protagónico en la hechura del país. El libro tiene, en mi opinión, la virtud de mantener a flote o incluso rescatar del olvido, no sólo a personajes fundamentales en la vida de Venezuela, sino especialmente a mujeres, aquellas que por serlo, tienden a ser más fácilmente olvidadas por una nación que tan rápidamente ha lapidado sus propias raíces. Tuve el honor de recibir una invitación para la presentación, aún a sabiendas, por parte de sus autoras, que no me sería posible asistir. Mas, lo importante es que en el libro, mi madre y mi tía, Ana Teresa y Josefina Guinand, fueron seleccionadas para formar parte de ese grupo de “más de cien” venezolanas ilustres. No pocas veces he sentido cómo, el paso inexorable del tiempo emborrona y diluye los recuerdos, los ecos de las voces que forjaron la radio y la televisión en Venezuela. Mi querida madre y mi tía fueron pioneras en un mundo de hombres y lograron marcar su impronta y mostrar su excepcional calidad. Su aparición en este libro es un reconocimiento y una bandera plantada en el suelo: para no olvidar, para recordar que hay un poco de ellas en lo que fuimos y somos.
¡Gracias Silda Cordoliani y Cristina Guzmán!

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Abrazo eterno

La foto es conmovedora. Hace cinco o seis mil años, por alguna razón desconocida, una joven pareja sucumbió y fue enterrada en los alrededores de Mantua, en Italia. Ambos, hombre y mujer, aparecen abrazados de tal manera que, a pesar que puede no haber sido así, evocan el amor eterno. Los esqueletos fueron localizados cuando se efectuaban trabajos de construcción en la zona. Ahora los arqueólogos piensan desenterrarlos preservando la postura de la pareja. Un abrazo eterno. La fotografía es elocuente.

Fuente: Usa Today

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