Mi posición sobre la ingerencia de Trump y la lucha contra la dictadura en Venezuela.

Introducción

En las últimas semanas he presenciado entre los venezolanos el crecimiento de una simpatía velada o abierta a la posibilidad de una intervención norteamericana en Venezuela. Se ha llegado a un punto en el que pareciera que o se está a favor de una intervención, o se está con la dictadura de Maduro. En este mismo sentido he visto como muchos venezolanos consideran superfluo que además la intervención sea auspiciada por la administración de Donald Trump. Curiosamente, a algunos de esos venezolanos les tiene sin cuidado la política xenófoba de Trump hacia los inmigrantes mexicanos y centroamericanos, entre otros, y sin embargo denuncien – con justicia – los actos xenófobos de pueblos latinoamericanos contra los venezolanos en naciones como Ecuador, Brasil o Perú. Yo no acepto el chantaje de que nadie me ubique del lado madurista – chavista. Hay mucho de película norteamericana en la cabeza de esos venezolanos que creen que una eventual invasión sería un plan perfecto, con bombas lanzadas sólo en puntos muy claves y sin ninguna consecuencia para la población civil. Imágenes de soldados norteamericanos heroicos que después de la batalla reparten chocolates a los niños. Imágenes de una nación que es capaz de intervenir en otro país para salvaguardar la libertad y la democracia. Han llegado al punto de insinuar que más muertos hay en Venezuela sin una intervención de los Estados Unidos. ¡Qué vergüenza!

A esto ha llevado al pueblo venezolano la dictadura de Maduro y el socialismo del siglo 21. Este es el resultado de un capitalismo de estado, vicioso, corrupto como ninguno, formado por una caterva de lúmpenes que protegidos por Chávez, se hicieron del poder y han liquidado al país.

El pueblo venezolano tiene el absoluto derecho a derribar la tiranía, arrestar a sus protagonistas de ser posible y hacerles pagar por sus crímenes, pero esa es una obra que sólo los venezolanos deben tomar en sus manos. A continuación mi posición:

 

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Es vergonzoso y criminal apoyar una intervención de los Estados Unidos, bajo el supuesto de la bandera de la libertad y la democracia.

Los Estados Unidos no defienden – y menos aún bajo la administración de Trump – las banderas de la libertad y la democracia en el mundo. Los ejemplos de dictaduras criminales apoyadas y ayudadas por el gobierno norteamericano son abundantes. No le doy el derecho a Estados Unidos a pisar suelo venezolano, provocando muertes de civiles inocentes, en consonancia con sus intereses políticos y económicos en el área.

Estoy absolutamente por la caída de la dictadura de Maduro y su gobierno criminal, pero eso debe ser obra de los propios venezolanos.

Estimular y apoyar la intervención extranjera en Venezuela es avalar la intervención de cualquier potencia en los asuntos de otras naciones. De la misma manera que me opondría a una invasión rusa a Ucrania, o la intervención criminal de Arabia Saudita sobre Yemen, de la misma manera y bajo los mismos principios me opongo absolutamente a una intervención militar de los Estados Unidos.

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Elecciones USA 2016: La vergüenza de América

Las elecciones en los Estados Unidos son una vergüenza y punto. No es una expresión dubitativa o una advertencia a futuro. El candidato del partido republicano, Donal Trump, ha expuesto con abundante ilustración retórica, en declaraciones públicas y en las acciones a lo largo de su vida, un absoluto desprecio por la verdad, el honor, la palabra, la justicia, la democracia, la cultura, la inteligencia, la diversidad cultural o racial. Ha sido capturado in fragante, en un vídeo del 2005, mientras conversaba con el anfitrión de Hollywood Billy Bush sobre sus intentos sexuales con una mujer: “Me lancé hacia ella como a una perra, pero no lo conseguí. Ya estaba casada (…). Entonces, de repente la veo y ya tiene tetas falsas y todo, ha cambiado totalmente su aspecto”.

Más adelante, antes de bajarse del autobús donde le grabaron sin que se diera cuenta, prosigue diciéndole a Bush: “Me atraen las mujeres bonitas automáticamente. Las comienzo a besar, es como un imán, no puedo ni esperar (…). Y cuando eres una celebridad te dejan hacer lo que quieras, puedes hacer lo que quieras (…). Agarrarlas por el coño. Puedes hacer de todo”.

Enfrentado a sus propias palabras, Trump señala que fueron afirmaciones entre hombres en una “conversación de vestuario”. Su conducta es la de un agresor sexual. Punto. Eso no tiene disculpa ni pertenece al espacio de las conversaciones privadas.

Trump se confiesa habilidoso en la utilización de las fallas del sistema para evadir impuestos y como tal lo ha hecho, usando bancarrotas y desastres financieros aparentes para quedarse muchos millones que debían, de otra manera, ser recaudados por el fisco.

Estos últimos acontecimientos no han hecho más que confirmar que Donald Trump es un bribón, patán, un hombre sin principios, misógino, ignorante, racista y fanfarrón. La tragedia de Estados Unidos es que el personaje del que estamos hablando no es el busca pleitos o matoncito del barrio, el adolescente patotero que abusa en la comunidad, el fanático neo-nazi que alardea solitario en un bar de blancos elegidos. No, se trata nada menos que del candidato a la presidencia por el partido republicano.

En un desfile de hipocresía y falta absoluta de principios, muchos de los líderes fundamentales de esta organización, esos que van a la iglesia cada domingo y le piden a Dios que les proteja de tener un hijo gay, esos que atacan a los liberales porque sus ideas disolutas amenazan a la familia, esos que piden “ley y orden”, apoyan y aprueban que un hombre así pueda ser presidente de su país. Ese sólo hecho les descalifica ante mis ojos, desde el candidato a la vicepresidencia Mike Pence hasta los congresistas Marco Rubio o Paul Ryan.

Pero la mayor tragedia es que a una franja importante de norteamericanos blancos no les importe en lo más mínimo lo que ha hecho, hace y dice Trump y le consideren su voz, su líder, su herramienta para conquistar el poder. Lo más bárbaro de la sociedad, los racistas resentidos, los racistas escondidos, los machistas frustrados, los reaccionarios y pro nazis, los anti-demócratas, los pro-violencia, los que tienen más en común con los enemigos de sus padres en la Segunda Guerra Mundial que con sus propios padres, los xenófobos, forman parte del ejército de electores de Donald Trump.

La tragedia es que Hillary Clinton es la peor candidata que podría tener el partido demócrata. No creo en el clan de los Clinton, ni en su trayectoria. Nunca he sido su partidario y aunque no soy de su organización, nada me hubiese gustado más que ver a Bernie Sanders al frente de la candidatura. Pero debo confesar que votaré por Hillary porque es menester evitar la llegada de un monstruo como Trump al poder. Por más que no confío en Hillary, veo muy bien la diferencia y estoy persuadido de  la catástrofe que podría significar Trump para el avance de la sociedad, para la democracia y la libertad y creo que todo aquél que tenga consciencia del significado de esa barbarie, debe votar por Hillary Clinton y derrotar electoralmente y con ello moralmente, a la faz del fascismo que asoma en la política de este país.

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Trump: ¿El fascismo americano?

 

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No, no es Trump. Es Mussolini.


Anoche, mientras escuchaba a Donald Trump “aceptando” la nominación a presidente en la convención republicana, observé con tristeza el entusiasmo apasionado y el fervor patriótico e incondicional de sus seguidores. Trump les dio lo que deseaban, como el guardaparques que tira carne fresca a los leones, o el incendiario que esparce gasolina a la llama ardiente. “Ley y orden”, “Hacer que América sea grande nuevamente”, “Estamos en guerra”, “Debemos ser respetados nuevamente”, “América primero”, “Yo haré”, “Yo acabaré”, “Yo, yo, yo, yo”.

En su discurso reafirmó lo que fue una eterna letanía de la convención: Estados Unidos está viviendo una catástrofe en todos los órdenes, el peligro acecha, en el exterior por el islamismo radical, y al interior por la amenaza de los inmigrantes ilegales y las fronteras abiertas. A nivel mundial, según él, Hillary Clinton ha posibilitado gobiernos y fuerzas enemigas de América, en el interior, el presidente Obama ha estimulado la criminalidad, el caos y debilitado a los militares y las fuerzas de seguridad. Las soluciones pasan por darle el poder a él para restaurar la ley y el orden, expulsar a los inmigrantes ilegales, cerrar las fronteras con pueblos indeseables de donde vienen delincuentes (como México), construyendo un muro que aisle a la nación. Rescatar los valores “americanos” y hacer que el mundo “nos respete de nuevo”.

Anoche escuché el discurso del fascismo. Cada uno de los lemas, el contenido de los discursos, la siembra del temor para acudir a la fuerza, el nacionalismo imperial, son elementos básicos del discurso fascista. Tal como afirma la Constitutional Rights Foundation, algunas de las características clásicas del fascismo serían:

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So long Orlando

Lake Eola - Orlando

En los próximos días vamos a iniciar una aventura. Hace 14 años nos vinimos a Estados Unidos a construir una nueva vida, casi desde cero. Dejamos a nuestros familiares, a los amigos del alma y una buena parte de lo que llaman “afectos”, para descubrir otro mundo y brindarle a nuestros hijos oportunidades que difícilmente obtendrían en el ambiente y perspectivas de la Venezuela de aquel presente y eventual futuro. Algunos imbéciles nos reclamaron que veníamos a “limpiarle el culo a los gringos”. Me gusta recordarlos con cierto desprecio, por su pobre visión, su provincianismo y mediocridad.

Hicimos lo que tantos inmigrantes han llevado a cabo: trabajar duro, en el submundo, caminando no pocas veces en círculos, deseando de pronto la compañía de un amigo, el apoyo de un compañero, para subir los peldaños de una escalera que parecía interminable y angustiosa.

“De nada les va a servir lo que saben”, vociferaban los que desalentaban los altos horizontes porque ellos no podían ver ni querían ver más allá de los límites de su pobre rutina. Pasamos años duros, largos y extenuantes. No teníamos nada, sólo la esperanza y confiar en nuestras propias fuerzas.

La Florida, primero en Melbourne y luego en Orlando, fue el puerto de llegada y despliegue. Nuestros hijos han volado. Cada uno lucha y construye su mundo, rompiendo rutinas prescritas y convenciones esperadas. Para nuestra satisfacción y orgullo, ambos creen en sí mismos lo suficiente para tomar las riendas de su vida con respecto a sus ideales y navegan más allá de lo imaginado.

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El retorno

Time Square 1937

“En recuerdo de mi padre, Emilio Ortiz, ahora que nos vamos a vivir a Nueva York”

El 29 de octubre de 1938 mi padre dejó la ciudad en la que había vivido la mayor parte de su vida para inaugurar una aventura musical que cambiaría su destino. Atrás quedaba pues Nueva York, el Bronx, las borracheras con los otros músicos, durante y después de la “ley seca”. En alguna parte de la metrópolis quedaban dos hijos pequeños y una mujer que le amó. Sus hermanos no le volverían a ver jamás y el duro mundo de aquel osado inmigrante boricua se disiparía en una Venezuela alegre, provinciana e ingenua, que le recibiría y regaría con el elixir del amor y la prosperidad.

El “nuyorrican” Emilio Ortiz se fue, así no más, con su mezcla de caribe y sabor de urbe cosmopolita, con el amargo de la papa-nycdiscriminación de West Side Story y el dulce aroma de las notas sacadas a aquellas cuerdas, de una guitarra con sangre latina.

En un extraño devenir de circunstancias, un rastro de su sangre vuelve a las calles que pateó más de una vez. ¿Por cuántos de esos rincones deambuló? ¿En cuántas noches se asomó un atisbo de futuro en su mente e imaginó un porvenir de descendientes?

Tengo una sensación extraña, de nostalgia, descubrimiento y sorpresa. En cierta forma presiento que el cierre de un círculo viaja de mi mano. Como un magneto que atrae sin piedad a una brizna de hierro, voy a ti, Nueva York. En algún lado de la ciudad corren gotas de la misma sangre que viaja por mis venas.

Creo que siempre quise volver.

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