Trump: ¿El fascismo americano?

 

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No, no es Trump. Es Mussolini.


Anoche, mientras escuchaba a Donald Trump “aceptando” la nominación a presidente en la convención republicana, observé con tristeza el entusiasmo apasionado y el fervor patriótico e incondicional de sus seguidores. Trump les dio lo que deseaban, como el guardaparques que tira carne fresca a los leones, o el incendiario que esparce gasolina a la llama ardiente. “Ley y orden”, “Hacer que América sea grande nuevamente”, “Estamos en guerra”, “Debemos ser respetados nuevamente”, “América primero”, “Yo haré”, “Yo acabaré”, “Yo, yo, yo, yo”.

En su discurso reafirmó lo que fue una eterna letanía de la convención: Estados Unidos está viviendo una catástrofe en todos los órdenes, el peligro acecha, en el exterior por el islamismo radical, y al interior por la amenaza de los inmigrantes ilegales y las fronteras abiertas. A nivel mundial, según él, Hillary Clinton ha posibilitado gobiernos y fuerzas enemigas de América, en el interior, el presidente Obama ha estimulado la criminalidad, el caos y debilitado a los militares y las fuerzas de seguridad. Las soluciones pasan por darle el poder a él para restaurar la ley y el orden, expulsar a los inmigrantes ilegales, cerrar las fronteras con pueblos indeseables de donde vienen delincuentes (como México), construyendo un muro que aisle a la nación. Rescatar los valores “americanos” y hacer que el mundo “nos respete de nuevo”.

Anoche escuché el discurso del fascismo. Cada uno de los lemas, el contenido de los discursos, la siembra del temor para acudir a la fuerza, el nacionalismo imperial, son elementos básicos del discurso fascista. Tal como afirma la Constitutional Rights Foundation, algunas de las características clásicas del fascismo serían:

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La masacre de Orlando y la fanfarronería de Donald Trump

AR-15 rifles

El dolor por lo ocurrido en la ciudad de Orlando, donde hemos vivido los últimos 11 años, abarca la profunda pena por la muerte de tantos seres y el horror que causa el saber que una mente desquiciada por el odio pudo hacerse fácilmente con todo el equipo necesario para la muerte, sin que nadie le impidiera llevar a cabo su siniestro plan.

Si visitamos de nuevo las últimas masacres perpetradas en los Estados Unidos, encontramos la constante de que han sido fomentadas por el odio (sea racial, sea sexual, sea religioso) y también hallaremos el factor común de la enorme facilidad con que sus protagonistas, mayormente personas desequilibradas, se han hecho del armamento sofisticado para cumplir sus crímenes. La sociedad a su vez ha quedado indefensa por los cuatro costados: más de una vez los autores habían estado bajo la mira de los cuerpos de seguridad, o alertados por diversas pistas, pero al final se ha hecho caso omiso, se ha aflojado la vigilancia y la burocracia ha triunfado.

Luego de cada ataque y su secuela de muertes, se reanuda la discusión acerca de la venta de armas en nuestro país. Pero todo parece una letanía que se repite una y otra vez, esperando a la próxima pesadilla que, como los terremotos, volverá a presentarse, sin que sepamos dónde y cuándo. Pero sí sabemos que será facilitada por al menos dos factores: la libertad para adquirir las armas para asesinar en masa y el combustible de odio que incite a los terroristas internos o externos, a planificar la muerte de seres humanos, por su color, por su preferencia sexual, por su condición religiosa o por una retaliación injustificable.

trumpAhora, cuando sentimos la impotencia de que casi nada podemos hacer para detener esta horrenda espiral de barbarie, sale el eventual candidato a la presidencia por el partido Republicano – Donald Trump – a decir que Estados Unidos debe prohibir el ingreso al país de todo inmigrante procedente del medio oriente, a la vez de acusar a toda una confesión religiosa, los musulmanes, del terrorismo. Donald Trump habla como un ignorante y petulante bravucón al que le importan un bledo los hechos, la historia, la sociedad y sólo ve en el horizonte los posible votos de los más atrasados y reaccionarios, dispuestos a seguir a quien les ofrece una aparente seguridad frente a todos sus temores.

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Vídeo de Lepoldo López, antes de su detención por parte del gobierno anti-democrático y asesino de Venezuela. ¡Difúndelo!

Este vídeo fue preparado por Leopoldo López un día antes de entregarse a la “injusticia” del gobierno venezolano. Yo lo difundo, y me solidarizo con él.

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Unas palabras sobre la derecha venezolana en Florida

A propósito de las elecciones en Estados Unidos, tuve la oportunidad de conocer de primera fuente la opinión de algunos venezolanos sobre el asunto; también recibí artículos de Anibal Romero y Alexis Ortiz en referencia a un eventual triunfo demócrata. Me percaté que había una clara separación entre los venezolanos que llegaron a este país relativamente acomodados, a vivir en Weston, compraron autos y se insertaron rápidamente en el mercado de trabajo y los que han tenido que bregar desde el inicio con la lucha día a día por el reconocimiento a sus capacidades, por levantar una familia, por soportar turnos de trabajo demenciales y evitar perder ahora todo lo que han logrado. Pero también pude comprobar que en las opiniones de los venezolanos bien acomodados predominaban profundos prejuicios, desde raciales a políticos, y una patética marginalidad y provincianismo en los análisis.
Un sector de venezolanos se opuso a Obama y si hubiesen tenido oportunidad de votar (algunos la tuvieron) lo habrían hecho por los republicanos. Están en su derecho, pero lo interesante es conocer sus razones y voy a dar mi impresión acerca de ello.

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La mirada del triunfo

Un océano de gente en ChicagoDormí apenas poco más de tres horas. Emoción y expectativas pudieron más que la necesidad del sueño, y a las seis de la mañana, sonámbula, apagué el despertador, me levanté y nuevamente como una drogadicta de felicidad, prendí el televisor para seguir bebiendo de lo que ya sabíamos significaría un cambio histórico nacional y mundial: el triunfo de Barack Obama en las elecciones de Estados Unidos.

“Ha tardado tiempo en llegar…”

Un joven soldado americano en Afganistán – aún antes del amanecer para ellos – declaraba a la corresponsal Bárbara Starr: “nunca en mi vida pude imaginar que al fin llegaríamos a llevar a cabo la igualdad en nuestro país (…) No tengo palabras para describir lo que siento (…) Este es el triunfo de la igualdad y estoy orgulloso de mi nación”.

Rompí a llorar. No lo hice anoche, ni durante estos últimos días en que el triunfo venía acercándose ciertamente. Mi llanto fue al fin el chorro de emociones contenidas, pero por encima de todo, el reconocimiento de que ninguno de nosotros, los que nos hemos quedado sin empleo, los que no podemos dormir porque hemos dudado acerca del mañana de nuestros hijos, los que perdieron sus casas y quedaron en las calles, los que enferman y no tienen con qué pagar la atención médica… ninguno está sufriendo tanto como los soldados y sus familias a causa de la guerra en la que los embarcó Bush bajo una gran mentira.

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