Morir por Wal-Mart

“Murió en el cumplimiento de su deber”, así reza la frase, casi transformada en lugar común, cuando algún abnegado personaje, cae muerto, ejerciendo su trabajo. Tal cosa es, ni más ni menos, lo que ocurrió al humilde empleado de la tienda Wal-Mart en Nueva York que murió arrollado por un estampida de compulsivos y desesperados compradores que esperaban anhelantes la apertura de las puertas del comercio, en vísperas del aquí llamado Black Friday, día de rebajas especiales, posterior al “Dia de Acción de Gracias” y sello inconfundible del inicio de las compras de navidad.
Jdimytai Damour, el infortunado empleado, abrió las puertas, tal vez con temor, sabiendo que afuera, como es habitual, esperaba una turba ansiosa de penetrar a como diera lugar, para “aprovechar” las rebajas, en una carrera contra todos, donde el lema es “debo llegar primero, por encima de los demás”. La multitud, aguijoneada por las tiendas, que estimulan los más bajos apetitos de compra, que exaltan la necesidad de adquirir lo innecesario, que promueven el “ahora o nunca”, prorrumpió doblando rejas de hierro y pisoteando a cuanto ser se les atravesara. Damour cayó y sus compañeros intentaron ayudarlo inútilmente. Las masas, cada vez más ajenas a su condición humana y más parecidas a las ratas de laboratorio, protestaron cuando los encargados de la tienda decidieron cerrar el establecimiento ante la muerte del empleado. La turba es responsable. Todo el que haya estado allí, corrido como un desalmado y empujado a sus semejantes es responsable, aunque sea indirectamente, de un crimen. Pero no es menos cierto que los principales criminales son quienes han echado leña al fuego de las compras, estimulado la locura para promover las ventas, no protegen a sus empleados y luego sonríen agradecidos a los imbéciles que van a comprar lo que sea, aunque el precio sea mucho más caro que el habitual: al costo de la dignidad humana.
¿Será que somos nosotros los que no somos humanos?

Fuentes:

En CNN (Inglés), aquí.
En Español, aquí.

Un comentario

  1. Y así se cierra una jornada de agradecimiento a la vida. Una ceremonia de apreciación a las «bendiciones» de todo orden que celebra cada ciudadano de esta gran nación, quizás para sentirse un poco más merecedor de ellas. Así se honra en el siglo XXI el gesto que alguna vez tuvieron peregrinos y nativos, de reunirse y compatir el fruto de la misma tierra, en búsqueda de la convivencia en armonía y en paz. Ese primer esfuerzo, luego fallido y todavía incompleto, es aún nuestro deber y derecho hoy y ha de ejercerse con una ofrenda hacia nuestros cercanos y nuestros desconocidos, una acción de gracias brindando compañía, alimento, techo, o algún esfuerzo que demuestre nuestra valoración a lo que se tiene, no un desesperado intento egoísta de acumular posesiones materiales, a toda costa y en competencia con los demás.

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