2 de enero: Hace 103 años nació la actriz venezolana, Ana Teresa Guinand

El mundo de 1914 dibujaba un panorama muy diferente a los ensueños de un siglo promisorio para la humanidad. La Primera Guerra Mundial bañaba en sangre los campos de Europa. Era apenas el primer ensayo de una conflagración aún más sangrienta que estallaría poco tiempo después. En otras latitudes, algunas de las jóvenes repúblicas americanas se abrían paso en una selva de luchas internas, caudillismo, montoneras y presagios de guerra civil.

Venezuela aún no conocía la maldición del petróleo, pero ya sufría del embate de los caciques de la política, la lucha de facciones y regiones y las dictaduras de Cipriano Castro hasta 1908 y luego de Juan Vicente Gómez. Bajó el régimen de este último se desarrolló una capa intelectual pro-democrática que sufriría en no pocas ocasiones la represión por sus palabras e irreverencia. Esa capa nutrió el desarrollo del teatro, el surgimiento del cine, el nacimiento de la radio venezolana, al calor del uso del sainete, el costumbrismo, el humorismo en las letras, el teatro y el dibujo. Leoncio Martínez, Job Pim, Rafael Guinand, Edgar Angola, entre otros, fueron los protagonistas del despertar de esa Venezuela de las letras, de la crítica, el ingenio industrial o la poesía.

Ana Teresa Guinand, hija de Rafael Guinand, el escritor de sainetes por excelencia y uno de los humoristas más grandes de la Venezuela que ingresaba al siglo XX, nació un dos de enero de 1914. Creció en la Caracas de los techos rojos y de la eterna primavera. Su madre Carmen Ojeda no llegó a casarse con Rafael, quien contraería nupcias muchos años después con una actriz de teatro de quien estaba profundamente enamorado, cuando ésta se encontraba en trance de muerte.

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Con Rafael, en «La cuerda floja»

Tightrope_Mike_Connors_1960Transcurría el año 1961, tal vez 1962, así que me encontraba transitando un poquitín más de la mitad de una década de vida, por tanto mi hermano Rafael – de 11 ó 12 – tenía que soportar el “pegoste” de un hermanito que le seguía y copiaba. Todo aquel que haya tenido un hermano en condiciones similares comprenderá perfectamente a lo que me refiero. Si Rafael dibujaba, yo iba corriendo a buscar mis colores y papel para sentarme junto a él y hacer lo propio. Si Rafael le lanzaba piedras a los autos que pasaban frente a nuestra casa, yo me surtía de algunas piedrecillas ridículas para imitarle. Si Rafael recibía a un amiguito, ahí estaría yo para recibirle como si fuera mío e intentaría seguirles en sus andanzas como si fuera un contemporáneo, un par. Ni qué decir tiene lo que esto ocasionaba en mi pobre hermano que – lo reconozco – presionado por las circunstancias decidía darme unos cuantos puñetazos en el antebrazo derecho o izquierdo, indistintamente.

Una de las cosas que compartíamos realmente era la televisión. Ambos disfrutábamos viendo Rin Tin Tin, el extraordinario can de la caballería americana que daba al traste con los planes de los malhechores y forajidos en el oeste; o “Camioneros”, donde el gigante de Mike Malone y su compañero iban impartiendo justicia, mientras transportaban cargas en su gandola a lo largo y ancho de Estados Unidos. También veíamos “Patrulla de Caminos” con el capitán Mathews y su eterno llamado “¡Veinte cincuenta a jefatura!”.

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El retorno

Time Square 1937

“En recuerdo de mi padre, Emilio Ortiz, ahora que nos vamos a vivir a Nueva York”

El 29 de octubre de 1938 mi padre dejó la ciudad en la que había vivido la mayor parte de su vida para inaugurar una aventura musical que cambiaría su destino. Atrás quedaba pues Nueva York, el Bronx, las borracheras con los otros músicos, durante y después de la “ley seca”. En alguna parte de la metrópolis quedaban dos hijos pequeños y una mujer que le amó. Sus hermanos no le volverían a ver jamás y el duro mundo de aquel osado inmigrante boricua se disiparía en una Venezuela alegre, provinciana e ingenua, que le recibiría y regaría con el elixir del amor y la prosperidad.

El “nuyorrican” Emilio Ortiz se fue, así no más, con su mezcla de caribe y sabor de urbe cosmopolita, con el amargo de la papa-nycdiscriminación de West Side Story y el dulce aroma de las notas sacadas a aquellas cuerdas, de una guitarra con sangre latina.

En un extraño devenir de circunstancias, un rastro de su sangre vuelve a las calles que pateó más de una vez. ¿Por cuántos de esos rincones deambuló? ¿En cuántas noches se asomó un atisbo de futuro en su mente e imaginó un porvenir de descendientes?

Tengo una sensación extraña, de nostalgia, descubrimiento y sorpresa. En cierta forma presiento que el cierre de un círculo viaja de mi mano. Como un magneto que atrae sin piedad a una brizna de hierro, voy a ti, Nueva York. En algún lado de la ciudad corren gotas de la misma sangre que viaja por mis venas.

Creo que siempre quise volver.

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Morella, en tu cumpleaños.

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Más de la mitad de la vida. Bajo las tormentas oscuras y llenas de fantasmas; sobre la cresta de las pasiones del amor o el emocionado temblor y dolor del parto; durante los días de juego con los niños, de crecer con ellos y escribir cada página del futuro. Más de la mitad de la vida juntos, amándonos y mirándonos a los ojos. Cuántas veces hemos decidido saltar a los abismos abrazados, para luego ver como desafiamos la ley de gravedad. Cuántos sueños compartidos, volando junto a Peter Pan, a la tierra de Nunca Jamás. Nuestros cuerpos, que se conocen palmo a palmo, poro a poro, han construído a lo largo del tiempo, una piel común y diferente, a través de la que presagiamos al mundo, y todas las pieles, los poemas y las canciones del planeta nos traspasan.

Mi amada Morella, que hoy cumple años, es la sorpresa de mi vida, el trofeo al final de la carrera, el sortilegio que susurra el viento en el bosque encantado, la sonrisa que brota de los labios de nuestros hijos, el amor que fluye incansable como un manantial plateado y eterno.

Te amo amor, y por el instante que pasamos por el cosmos, siento la fortuna de tenerte junto a mi.

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El regalo del 65

nueva-enciclopedia-tematica-2-3744-MLM60344364_1254-OAquél cumpleaños fue especial. No es que los otros no lo hubieran sido. Antes que mi padre muriera, mi madre se encargaba de agasajarme a su manera: una torta (pastel) de chocolate de la Pastelería Williams, y diversos obsequios que usualmente eran comprados en el Bazar Yolka.  Mamá combinaba un amor irreductible con una sobreprotección constante. Jugaba con mis primos que vivían al cruzar la calle, pero no me permitían “la calle”, de ahí que aprendí a jugar solo, a estar mucho tiempo conmigo mismo y a reflexionar permanentemente sobre el mundo que me rodeaba.

Los bachacos eran mis amigos y les colocaba uno a uno en mi brazo, en una larga fila, para verlos marchar en procesión y bajar por mis dedos a la tierra del jardín. Visitaba las chicharras que gustaban aferrarse al enorme árbol situado a la derecha del frente. Mis soldaditos, generalmente vaqueros e indios, surcaban esos maravillosos parajes llenos de tierra negra, verde césped, flores silvestres.

Aprendí a representar a los diferentes personajes de mis juegos, les creé historias y les hice dormir en mi cama. Tuve dos íntimos amigos: Tommy y el Cucaracho. El primero era un títere y el segundo un escarabajo de plástico verde con pintas rojas, del tamaño de mi mano. En mi vida estaban presentes, por supuesto, los héroes de la televisión, que en ese entonces habitaban un mundo sin color, en un blanco y negro mate que hasta hoy me sigue cautivando. Supercar sobrevolaba los cielos impartiendo justicia, usando los últimos avances tecnológicos para combatir el mal. Yo adoraba la decisión de Mike Mercury y su arrojo conduciendo el super vehículo que podía volar, sumergirse o transitar por tierra.

También escuchaba música. Mi curiosidad me llevó a indagar en aquellos larga duración de música clásica, música popular italiana, viejos discos de cuentos infantiles (en 78 revoluciones por minuto), la voz de mi propio abuelo y por supuesto, Cri-Crí, el grillito cantor. Pero de todas esa vivencias, juegos, exploraciones y descubrimientos, mi fascinación recaía en los libros.

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Cincos, un poema.

He querido compartir este poema. Lógicamente mi blog es su lugar natural. Me empeñé en publicarlo bajo la forma de un vídeo, con fondo musical o sólo texto y leerlo después, para los que deseen revisarlo con calma. Me encantaría conocer sus comentarios.

 

Poema en texto haciendo clic en “Leer más”.

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