Con Rafael, en “La cuerda floja”

Tightrope_Mike_Connors_1960Transcurría el año 1961, tal vez 1962, así que me encontraba transitando un poquitín más de la mitad de una década de vida, por tanto mi hermano Rafael – de 11 ó 12 – tenía que soportar el “pegoste” de un hermanito que le seguía y copiaba. Todo aquel que haya tenido un hermano en condiciones similares comprenderá perfectamente a lo que me refiero. Si Rafael dibujaba, yo iba corriendo a buscar mis colores y papel para sentarme junto a él y hacer lo propio. Si Rafael le lanzaba piedras a los autos que pasaban frente a nuestra casa, yo me surtía de algunas piedrecillas ridículas para imitarle. Si Rafael recibía a un amiguito, ahí estaría yo para recibirle como si fuera mío e intentaría seguirles en sus andanzas como si fuera un contemporáneo, un par. Ni qué decir tiene lo que esto ocasionaba en mi pobre hermano que – lo reconozco – presionado por las circunstancias decidía darme unos cuantos puñetazos en el antebrazo derecho o izquierdo, indistintamente.

Una de las cosas que compartíamos realmente era la televisión. Ambos disfrutábamos viendo Rin Tin Tin, el extraordinario can de la caballería americana que daba al traste con los planes de los malhechores y forajidos en el oeste; o “Camioneros”, donde el gigante de Mike Malone y su compañero iban impartiendo justicia, mientras transportaban cargas en su gandola a lo largo y ancho de Estados Unidos. También veíamos “Patrulla de Caminos” con el capitán Mathews y su eterno llamado “¡Veinte cincuenta a jefatura!”.

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El regalo del 65

nueva-enciclopedia-tematica-2-3744-MLM60344364_1254-OAquél cumpleaños fue especial. No es que los otros no lo hubieran sido. Antes que mi padre muriera, mi madre se encargaba de agasajarme a su manera: una torta (pastel) de chocolate de la Pastelería Williams, y diversos obsequios que usualmente eran comprados en el Bazar Yolka.  Mamá combinaba un amor irreductible con una sobreprotección constante. Jugaba con mis primos que vivían al cruzar la calle, pero no me permitían “la calle”, de ahí que aprendí a jugar solo, a estar mucho tiempo conmigo mismo y a reflexionar permanentemente sobre el mundo que me rodeaba.

Los bachacos eran mis amigos y les colocaba uno a uno en mi brazo, en una larga fila, para verlos marchar en procesión y bajar por mis dedos a la tierra del jardín. Visitaba las chicharras que gustaban aferrarse al enorme árbol situado a la derecha del frente. Mis soldaditos, generalmente vaqueros e indios, surcaban esos maravillosos parajes llenos de tierra negra, verde césped, flores silvestres.

Aprendí a representar a los diferentes personajes de mis juegos, les creé historias y les hice dormir en mi cama. Tuve dos íntimos amigos: Tommy y el Cucaracho. El primero era un títere y el segundo un escarabajo de plástico verde con pintas rojas, del tamaño de mi mano. En mi vida estaban presentes, por supuesto, los héroes de la televisión, que en ese entonces habitaban un mundo sin color, en un blanco y negro mate que hasta hoy me sigue cautivando. Supercar sobrevolaba los cielos impartiendo justicia, usando los últimos avances tecnológicos para combatir el mal. Yo adoraba la decisión de Mike Mercury y su arrojo conduciendo el super vehículo que podía volar, sumergirse o transitar por tierra.

También escuchaba música. Mi curiosidad me llevó a indagar en aquellos larga duración de música clásica, música popular italiana, viejos discos de cuentos infantiles (en 78 revoluciones por minuto), la voz de mi propio abuelo y por supuesto, Cri-Crí, el grillito cantor. Pero de todas esa vivencias, juegos, exploraciones y descubrimientos, mi fascinación recaía en los libros.

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Una lágrima

Cuatro, cinco, seis, ¿seis? ¿Cuántos van?.
Cada vez que se iniciaba me decía a mí misma que contar alejaría el dolor. No tanto el físico – pienso ahora – sino aquel que generaba la impotencia de saberme completamente desbordada, incapaz de evitar un manotazo o la inclemente correa fustigando mis nalgas, una y otra vez, una y otra vez; y a fuerza de repetirse, de igualarse, de su monotonía, perdía la noción del número único, del “anterior” al siguiente.
Hoy comprendo que me era imposible evadir el dolor.
La habitación, mi eterno e insípido refugio, se transformó en el lugar donde éste podía expresarse libremente, fluyendo en manantiales de lágrimas que, a la verdad, me gustaba sentir correr por mis mejillas. Entonces, transportada, ocurría lo inesperado: alguna lágrima traviesa, ajena al sufrimiento y peor aún, irreverente, escogía el camino equivocado y se deslizaba por un costado de mi nariz, para de pronto tomar el centro, a su manera. Se detenía brevemente y como cavilando su osadía se aprestaba a saltar, desde la punta. Concentrada en esa única gota, esa atrevida, casi sintiendo vértigo frente al abismo, contaba hasta que se lanzara, libre, al suelo, …nueve, diez, once.

Emilio Ortiz Guinand, algún momento de junio-julio de 2002

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