Para José Enrique, en su cumpleaños

Ser padre ha sido para mí, una de las aventuras más formidables y maravillosas. Ha sido un largo y cambiante camino, lleno de ilusiones, temores, amor, retos, alegrías, enseñanzas, y la síntesis de todo es la felicdad, el disfrute de haber vivido intensamente cada occasion, cada pregunta, cada novedad, cada llanto, cada juego.

Hoy cumple años uno de mis dos orgullos, el “pequeño” José Enrique, al que le encantaba el “plátino” y fue creciendo rodeado de legos, muñecos, cuentos, superhéroes, fantasías y sueños. Su cara era una sonrisa eterna y en su mirada siempre avizoraba un futuro fantástico de cimas por conquistar. Cuántas alegrías hay en cada uno de los días vividos junto a él. Cómo me emociona recordar las idas a la cama, leyendo algún cuento, tal vez “Rosa blanca y Rosa bermeja”, o “El sastrecillo valiente”. Cuántas sonrisas delataron mi satisfacción cuando venía con sus dibujos o proyectos de naves espaciales.

Recuerdo, junto a mi amada Morella, las ocasiones en que lo cargaba para bailar “Kiss that frog”. Peter Gabriel retumbaba en las paredes de casa, “Jump in the water, c’mon baby jump in with me” y José, reía encantado, vibrando al ritmo de la música.

Así fue creciendo y nosotros con él, aprendiendo a ser justo, a proteger a los débiles, a amar y ser buena persona, a odiar la opresión y la violencia y a pensar críticamente. Ha luchado por sus sueños y ha enfrentado obstáculos, como todos, pero ha persistido en la búsqueda de aquello que lo apasione. Su amor a la música (como sus dos abuelos) le ha llevado lejos. Hoy es un músico, un muy buen músico. Maravilloso hijo y hermano de su hermano, felicidad de nuestras vidas, junto a Carlos Alberto. Hoy, en este cumpleaños, te reafirmo una vez más que te quiero y estoy orgulloso de ti José Enrique.

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Con Rafael, en “La cuerda floja”

Tightrope_Mike_Connors_1960Transcurría el año 1961, tal vez 1962, así que me encontraba transitando un poquitín más de la mitad de una década de vida, por tanto mi hermano Rafael – de 11 ó 12 – tenía que soportar el “pegoste” de un hermanito que le seguía y copiaba. Todo aquel que haya tenido un hermano en condiciones similares comprenderá perfectamente a lo que me refiero. Si Rafael dibujaba, yo iba corriendo a buscar mis colores y papel para sentarme junto a él y hacer lo propio. Si Rafael le lanzaba piedras a los autos que pasaban frente a nuestra casa, yo me surtía de algunas piedrecillas ridículas para imitarle. Si Rafael recibía a un amiguito, ahí estaría yo para recibirle como si fuera mío e intentaría seguirles en sus andanzas como si fuera un contemporáneo, un par. Ni qué decir tiene lo que esto ocasionaba en mi pobre hermano que – lo reconozco – presionado por las circunstancias decidía darme unos cuantos puñetazos en el antebrazo derecho o izquierdo, indistintamente.

Una de las cosas que compartíamos realmente era la televisión. Ambos disfrutábamos viendo Rin Tin Tin, el extraordinario can de la caballería americana que daba al traste con los planes de los malhechores y forajidos en el oeste; o “Camioneros”, donde el gigante de Mike Malone y su compañero iban impartiendo justicia, mientras transportaban cargas en su gandola a lo largo y ancho de Estados Unidos. También veíamos “Patrulla de Caminos” con el capitán Mathews y su eterno llamado “¡Veinte cincuenta a jefatura!”.

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Mi canción (Still crazy after all these years)

Ya partiendo, quiero compartir esta canción con ustedes. Morella me la dedicó porque – pensó – se parece a mi. Yo también lo creo. Esta composición es del gran Paul Simon y la coloco aquí, interpretada por Willie Nelson, ya que considero que es una de las mejores versiones. He agregado una traducción libre al español que he hecho.


Still crazy after all these years – Paul Simon


Me encontré con mi antigua amante


anoche en la calle


Parecía feliz de verme


Yo solo sonreí


Y hablamos sobre viejos tiempos


Y nos bebimos algunas cervezas


Todavía loco después de todos estos años


Todavía loco después de todos estos años


No soy la clase de hombre


que tiende a socializar


Parece que me refugio


en viejos hábitos


Y no me dejo llevar por canciones de amor


que susurran a mi oído


Todavía loco después de todos estos años


Todavía loco después de todos estos años


Cuatro de la mañana


Hecho añicos


Bostezando


Gastándome la vida en anhelos


Nunca me preocuparé


¿Por qué habría de hacerlo?


Todo va a desvanecerse


Ahora me siento frente a mi ventana


Y veo los autos


Temo que ocasionaré algún daño


Un buen día


Pero no seré culpado


Por un jurado de mis iguales


Todavía loco


Todavía loco


Todavía loco después de todos estos años


 

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So long Orlando

Lake Eola - Orlando

En los próximos días vamos a iniciar una aventura. Hace 14 años nos vinimos a Estados Unidos a construir una nueva vida, casi desde cero. Dejamos a nuestros familiares, a los amigos del alma y una buena parte de lo que llaman “afectos”, para descubrir otro mundo y brindarle a nuestros hijos oportunidades que difícilmente obtendrían en el ambiente y perspectivas de la Venezuela de aquel presente y eventual futuro. Algunos imbéciles nos reclamaron que veníamos a “limpiarle el culo a los gringos”. Me gusta recordarlos con cierto desprecio, por su pobre visión, su provincianismo y mediocridad.

Hicimos lo que tantos inmigrantes han llevado a cabo: trabajar duro, en el submundo, caminando no pocas veces en círculos, deseando de pronto la compañía de un amigo, el apoyo de un compañero, para subir los peldaños de una escalera que parecía interminable y angustiosa.

“De nada les va a servir lo que saben”, vociferaban los que desalentaban los altos horizontes porque ellos no podían ver ni querían ver más allá de los límites de su pobre rutina. Pasamos años duros, largos y extenuantes. No teníamos nada, sólo la esperanza y confiar en nuestras propias fuerzas.

La Florida, primero en Melbourne y luego en Orlando, fue el puerto de llegada y despliegue. Nuestros hijos han volado. Cada uno lucha y construye su mundo, rompiendo rutinas prescritas y convenciones esperadas. Para nuestra satisfacción y orgullo, ambos creen en sí mismos lo suficiente para tomar las riendas de su vida con respecto a sus ideales y navegan más allá de lo imaginado.

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El retorno

Time Square 1937

“En recuerdo de mi padre, Emilio Ortiz, ahora que nos vamos a vivir a Nueva York”

El 29 de octubre de 1938 mi padre dejó la ciudad en la que había vivido la mayor parte de su vida para inaugurar una aventura musical que cambiaría su destino. Atrás quedaba pues Nueva York, el Bronx, las borracheras con los otros músicos, durante y después de la “ley seca”. En alguna parte de la metrópolis quedaban dos hijos pequeños y una mujer que le amó. Sus hermanos no le volverían a ver jamás y el duro mundo de aquel osado inmigrante boricua se disiparía en una Venezuela alegre, provinciana e ingenua, que le recibiría y regaría con el elixir del amor y la prosperidad.

El “nuyorrican” Emilio Ortiz se fue, así no más, con su mezcla de caribe y sabor de urbe cosmopolita, con el amargo de la papa-nycdiscriminación de West Side Story y el dulce aroma de las notas sacadas a aquellas cuerdas, de una guitarra con sangre latina.

En un extraño devenir de circunstancias, un rastro de su sangre vuelve a las calles que pateó más de una vez. ¿Por cuántos de esos rincones deambuló? ¿En cuántas noches se asomó un atisbo de futuro en su mente e imaginó un porvenir de descendientes?

Tengo una sensación extraña, de nostalgia, descubrimiento y sorpresa. En cierta forma presiento que el cierre de un círculo viaja de mi mano. Como un magneto que atrae sin piedad a una brizna de hierro, voy a ti, Nueva York. En algún lado de la ciudad corren gotas de la misma sangre que viaja por mis venas.

Creo que siempre quise volver.

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Mi hermano Rafael – 1950 – 2016

E nuestra casa de Vista Alegre. Una navidad, allá en los primeros años 60.

A la memoria de mi hermano Rafael,

el más cercano, el más lejano.

Hace apenas unas semanas, bromeando en la cocina con mi hijo mayor  – Carlos Alberto – le repetí una frase, escuchada una y otra vez en mi niñez, cuando presa de la emoción me sentaba a ver Supercar en la televisión. “A tlavés de la tolmenta significa maldad”. Un sabio chino le decía estas palabras categóricas al osado Mike Mercury, quien había posado el Supercar en los jardines de su palacio. Yo no entendía la “profundidad” de aquella letanía, pero mi hermano Rafael se apropió de ella, y me la recordaba a menudo, hablando como el sabio mandarín y acercando su cara a la mía. De esta manera, mi infancia se llenó de imitaciones, pequeños sarcasmos, ocurrencias derivadas de alguna “comiquita” o serie de TV. Diálogos y frases literales, burlas, quedaron siempre grabados en mi memoria y he continuado practicando el mismo juego con mis hijos y sobrino. A los nuevos hallazgos en el cine y la televisión se le suman siempre aquellos que mi hermano Rafael canturreaba. No pocas veces bailé con mis hijos cuando eran criaturas las notas de Bombón Primero, el rey de chocolate que Cri-Crí nos hizo conocer a través de su música. La primera vez que lo bailé fue cuando Rafael me invitó a tomarnos de la mano y danzar abriendo y cerrando las piernas, en una coreografía muy especial. Al ir creciendo se fueron afinando nuestros oídos y compartimos juegos de palabras y bromas, a veces un tanto ácidas, de lo que veíamos o escuchábamos. Una de esas frases “Estaríamos como monos saltando entre los árboles, haciendo monerías” me la repitió hace unos meses a propósito de alguna ocasión que lo ameritaba, en la angustiada y absurda cotidianidad de Venezuela.

Aún sabiendo que la enfermedad había minado su cuerpo y que el futuro inmediato se hacía estrecho e incierto, sacó un poco de fuerzas para reír con un hermano que le había dejado casi 14 años atrás, para no volverle a ver.

Muchas historias me atan a Rafael, y otras tantas le atan a él conmigo. Compartimos ideales de justicia social, anhelos, sueños, tragedias. Le vi crecer como músico, reímos y disfrutamos como actores de radio, levantamos proyectos y lloramos juntos. Recuerdo que la noche siguiente a la muerte de nuestro padre, ambos tuvimos miedo y nos fuimos a acompañar a mamá en la cama y allí dormimos juntos y apretados por el dolor, yo con  once, él con dieciséis. Fuimos los más cercanos de todos y al final, los más lejanos. Cuando supe de su enfermedad comencé a llamarle y volví a sentir, en su seriedad y altivez – tan parecido a mi padre – al hermano que había dejado muchos años atrás. Siempre soñando con enaltecer la memoria artística de nuestro abuelo Rafael Guinand, nuestra madre, Ana Teresa o nuestro padre Emilio, el guitarrista y compositor, de quien Rafael heredó el amor a la música y el virtuosismo con la guitarra.

Rafael se ha ido de nuestras vidas para siempre, mucho antes de lo previsible y esperado, pero yo, Emilio, tengo un poco de él en lo que soy. Adiós hermano. Nunca te olvidaré.

Mi abrazo a María Auxiliadora, Mariana, Nadia y Rafael Enrique.

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