La mirada del triunfo

Un océano de gente en ChicagoDormí apenas poco más de tres horas. Emoción y expectativas pudieron más que la necesidad del sueño, y a las seis de la mañana, sonámbula, apagué el despertador, me levanté y nuevamente como una drogadicta de felicidad, prendí el televisor para seguir bebiendo de lo que ya sabíamos significaría un cambio histórico nacional y mundial: el triunfo de Barack Obama en las elecciones de Estados Unidos.

“Ha tardado tiempo en llegar…”

Un joven soldado americano en Afganistán – aún antes del amanecer para ellos – declaraba a la corresponsal Bárbara Starr: “nunca en mi vida pude imaginar que al fin llegaríamos a llevar a cabo la igualdad en nuestro país (…) No tengo palabras para describir lo que siento (…) Este es el triunfo de la igualdad y estoy orgulloso de mi nación”.

Rompí a llorar. No lo hice anoche, ni durante estos últimos días en que el triunfo venía acercándose ciertamente. Mi llanto fue al fin el chorro de emociones contenidas, pero por encima de todo, el reconocimiento de que ninguno de nosotros, los que nos hemos quedado sin empleo, los que no podemos dormir porque hemos dudado acerca del mañana de nuestros hijos, los que perdieron sus casas y quedaron en las calles, los que enferman y no tienen con qué pagar la atención médica… ninguno está sufriendo tanto como los soldados y sus familias a causa de la guerra en la que los embarcó Bush bajo una gran mentira.

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Despedida

Mi querida Mary,

Hoy es uno de los días más desoladores de mi vida. Te fuiste. Tú , la llena de vitalidad, de amor por los demás. La voz más dulce, la amiga fiel, sencilla y profunda.
Miro a mi interior y trato de encontrar, de comprender. No puedo. Todos los escenarios imaginables de pérdidas y muertes, pero no tú, el puño en alto, la seguridad en lo que hacías, el horario ilimitado para proteger y cuidar de los demás, la dignidad incorruptible. La que se sacaba del bolsillo unos billeticos arrugados – y duramente ganados – para aliviar mis cargas y la de tantos otros.
Hace 32 años, flacas y enérgicas, tomamos un camino juntas. Golpes, crisis, separaciones, divorcios, cambios de rumbo, pero nada nos separaba. Pasamos todas las pruebas.
Representabas la transparencia de alma. Contigo no había máscaras, ni vergüenzas. Nos mirábamos a los ojos y no quedaba nada por decir, por duro que pareciera.
Ahora, en estos cinco años lejos de Venezuela y de ti, te convertiste en mi salvaguarda. No hay día de mi vida, Mary, no hay prácticamente una actividad o un momento a solas, en que no esté tu voz diciéndome cosas, preguntando otras, riendo con tu manera inocente de reconocer el mundo.
En la distancia, construí un universo sólo para las dos. Pensaba, que mientras no pudiera volver a Venezuela o al fin lograra invitarte a pasarla con nosotros, tú me dabas la fuerza, el amor, el alivio. Pero sobre todo, sentía que así edificaba una nueva manera de seguir siendo tu amiga, que no dejaras de ser mi alma gemela.
He cantado contigo; he bailado salsa sólo para sentirte presente. Hablo contigo mientras hago el mercado; me admiro al ver pasar una ardilla, voy en el carro, descubro algo nuevo en mi nueva vida, y en todos estás tú.
Hace ocho meses, cuando enfermaste, empecé a soñar que nos veíamos en tu casa y nos hablábamos a través de la mirada. En mis sueños, teníamos conversaciones interminables sin el habla, pero siempre estabas en cama o sentada. Nuestros hijos contemporáneos, Edgar Miguel y José Enrique, jugaban alrededor y mientras los observábamos, charlábamos de ellos.
Oníricamente te veía progresando, pero despierta, en las interminables madrugadas sin conciliar el sueño, me mente no hacía más que preguntar: qué pasará por la cabecita de Mary; cómo puede Mary sobrevivir cada día sin poder usar su mayor arma, el habla; qué sentirá Mary cuando su hijo pasa frente a su habitación y ella no puede llamarlo y abrazarlo; cuánto terror tendrá de que su hijo esté sin su abrigo; qué película hacia atrás estará pasando sobre los cuidados no invertidos en su salud. Cada madrugada nuevas preguntas, llanto y desolación.
Una parte de mí quería aferrarse a la idea de que ibas a superar está crisis, como buena guerrera que has sido. Por eso mi último sueño de hace pocos días fue verte (siempre en la penumbra, ahora que hago conciencia, ¿por qué?) hermosa, con tu cabello negro y corto, rejuvenecida, delgada como cuando éramos pavas, vestida tan feminista y tan como yo quería verte. ¡Y hablabas! ¡Esta vez hablabas! Desde el fondo de tu garganta y con esfuerzo, pero nos entendíamos claramente. Te di la mano, pero no hizo falta, con el lado derecho lento y arrastrado, caminaste. Carlos Alberto estaba a mi lado, mirándote con devoción. Nuestros hijos jugaban en el patio.
No voy a poder acompañarte, despedirme, darte una flor. Nada ha sido tan duro como perderte. Un pedazo de mí se va contigo y otro se va al vacío y la oscuridad.
Me acompañarás a hacer mercado, aunque llore. Irás conmigo en el carro, por la vía y por la vida, aunque me deshaga en tristeza. Te consultaré mis cosas y buscaré las respuestas, aunque un río de lágrimas me sobrevenga.
Pero por sobre todas las cosas, escucharé tu voz, mi Mary querida. Me quedaré con tu voz.

Morella

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¡Sí se puede!

Marcha en Orlando. Primero de mayoEl día fue una fiesta de emociones. Mi padre cumple años y hoy fuimos uno solo junto a los mexicanos, puertorriqueños, centroamericanos, haitianos, colombianos, dominicanos, argentinos, venezolanos, que participaron en la demostración “Un día sin inmigrantes” en Orlando.
A menudo, consideramos algo como “objetivo” cuando la fuerza de nuestra subjetividad diluye la realidad y nuestros deseos arropan. Hoy no parece ser sólo un deseo. “¡Sí se puede!” es la consigna que con mayor fuerza demostró la inmensa importancia de los inmigrantes ilegales en Estados Unidos. Veinte mil personas caminamos 3 millas alrededor del Downtown.

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