Ana Teresa, ¡Tanto tiempo!

Ana Teresa Guinand, mi madre.Con el paso de los años, los recuerdos más viejos, se transforman en fantasmas que deambulan por los rincones oscuros y lejanos de nuestra mente. Las imágenes pierden nitidez y la voz, que alguna vez pude todavía percibir, ahora parece la de un personaje de fábulas, de ensueños que forjamos en la niñez.
Tal vez será porque cuando murió apenas tenía 16 años y estábamos peleados, pues, cual dos adolescentes (y yo era uno), mi madre no aceptaba que yo crecía y el joven que salía del cascarón era chocante, irreverente, retador y terco. Quizás creyó que sus esfuerzos habían sido inútiles y que había perdido al joven aplicado, meritorio, de medallas y diplomas, de lecturas y ambiciones. Tal vez sintió celos de la bella María, que me había embrujado con sus ojos tristes.
Entonces, sin haber terminado nuestras charlas y peleas, sin darme tiempo a arreglar cuentas con mis propios conflictos, enfermó y murió. Diario El Mundo, 31 de enero de 1972.
Quedé solo. Verdaderamente solo. Y aunque ella se fue, así, de sopetón, la pelea prosiguió, Emilio contra Emilio, por muchos años más.
De esta primera batalla, para descubrir el mundo, sólo recuerdo la ternura maltratada de María.
Hace 34 años se acabó la vida de mi madre. No la pude conocer de vieja, ni complacer sus antojos. No me pudo ver caer y levantarme de nuevo. No pude tocar sus arrugas ni ella arrullar a sus nietos. De ella obtuve tanto y tan poco.
Y bien Robustiana, al fin, ya no más peleas.

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