Las cosas de Orlando

Como se puede ver a simple vista, no he escrito nada en los últimos días. No crean que ha sido porque he tomado un merecido descanso. En realidad varios días los dediqué a hacer placentera la estadía de mi querida hermana Nancy y mi sobrina Patricia junto a mis sobrinos-nietos, Leonardo, Alesandro y Oriana. Como he mencionado antes, vinieron a pasar unos días de vacaciones y disfrutar de los parques. Al término de su estadía en el resort donde se encontraban vinieron a nuestro apartamento. Fue maravilloso estar otra vez con ellos y charlar sobre un montón de cosas. Para la vida que llevamos acá fue algo excepcional ya que no tenemos amigos con quienes salir, compartir ideas o disfrutar momentos.
Pero todo terminó ayer por la mañana. Se alistaron a partir para Miami. Salimos a despedirlos hasta el estacionamiento, apenas unos pasos más allá de la puerta. Ésta quedó abierta, como siempre ocurría en Melbourne. Frente a nuestro apartamento hay otro, el #205, que estaba siendo reacondicionado pues hubo mudanza. Dos empleados del complejo residencial se encontraban allí trabajando. Despedimos a mi familia. Regresamos al apartamento. Morella y yo fuimos a descansar y recuperar algo del sueño robado a la noche, pues estuvimos conversando hasta tarde con mi hermana. Al despertar, Morella buscó el teléfono celular que había quedado en la cocina. No fue posible encontrarlo. Llamamos por nuestro teléfono al móvil y nadie respondió. Luego ni siquiera repicaba. Lo habían robado. Sin duda, y lo digo sin duda, el delito fue ejecutado por alguno de los dos empleados, los únicos dos seres humanos que estaban en las cercanías a esa hora del día. Pudieron observar, desde la ventana del apartamento 205, cuando regresábamos, y evitar ser capturados in fraganti. Así es Orlando. Una ciudad caótica, sucia y desordenada, llena de gente de malos hábitos y peor educación. Aventureros de toda índole, sin oficio conocido, que buscan trabajo en las empresas turísticas que se nutren de ellos para burlar el costo de la contratación, vacaciones, horas extras, seguros, etc. Por otro lado están todos los trabajadores, honestos, que luchan por sobrevivir, mal tratados y hábilmente explotados por las compañías turísticas, con el mismo fin, pero sumidos en una ciudad que reproduce en gran parte los males de las ciudades más caóticas de latinoamérica, y donde tienen pocas oportunidades de avanzar.
De haber llegado a Orlando y no haber vivido en Melbourne, dudo que nos hubiésemos quedado en Estados Unidos. No sólo tiene los males propios de las grandes ciudades, sino que tiene su propia impronta: probablemente es una de las ciudades más incultas, con menos vigilancia policial y mayor corrupción. Hemos visto policías violando las leyes de tránsito o haciéndose la vista gorda frente a una infracción, supongo que para no perder tiempo en nimiedades, cuando tienen que dedicar sus esfuerzos a las zonas rojas o a salvaguardar la zona turística, especie de isla de la fantasía, donde todo es bonito y arreglado y ajeno al verdadero Orlando.
Esta claro que esta es sólo una estación de paso. El traspiés de haber venido a esta desagradable ciudad tendrá que ser subsanado para nuestro bienestar. Pero debemos esperar, oh larga espera, a que llegue la ciudadanía que me asiste.

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