Despedida

Mi querida Mary,

Hoy es uno de los días más desoladores de mi vida. Te fuiste. Tú , la llena de vitalidad, de amor por los demás. La voz más dulce, la amiga fiel, sencilla y profunda.
Miro a mi interior y trato de encontrar, de comprender. No puedo. Todos los escenarios imaginables de pérdidas y muertes, pero no tú, el puño en alto, la seguridad en lo que hacías, el horario ilimitado para proteger y cuidar de los demás, la dignidad incorruptible. La que se sacaba del bolsillo unos billeticos arrugados – y duramente ganados – para aliviar mis cargas y la de tantos otros.
Hace 32 años, flacas y enérgicas, tomamos un camino juntas. Golpes, crisis, separaciones, divorcios, cambios de rumbo, pero nada nos separaba. Pasamos todas las pruebas.
Representabas la transparencia de alma. Contigo no había máscaras, ni vergüenzas. Nos mirábamos a los ojos y no quedaba nada por decir, por duro que pareciera.
Ahora, en estos cinco años lejos de Venezuela y de ti, te convertiste en mi salvaguarda. No hay día de mi vida, Mary, no hay prácticamente una actividad o un momento a solas, en que no esté tu voz diciéndome cosas, preguntando otras, riendo con tu manera inocente de reconocer el mundo.
En la distancia, construí un universo sólo para las dos. Pensaba, que mientras no pudiera volver a Venezuela o al fin lograra invitarte a pasarla con nosotros, tú me dabas la fuerza, el amor, el alivio. Pero sobre todo, sentía que así edificaba una nueva manera de seguir siendo tu amiga, que no dejaras de ser mi alma gemela.
He cantado contigo; he bailado salsa sólo para sentirte presente. Hablo contigo mientras hago el mercado; me admiro al ver pasar una ardilla, voy en el carro, descubro algo nuevo en mi nueva vida, y en todos estás tú.
Hace ocho meses, cuando enfermaste, empecé a soñar que nos veíamos en tu casa y nos hablábamos a través de la mirada. En mis sueños, teníamos conversaciones interminables sin el habla, pero siempre estabas en cama o sentada. Nuestros hijos contemporáneos, Edgar Miguel y José Enrique, jugaban alrededor y mientras los observábamos, charlábamos de ellos.
Oníricamente te veía progresando, pero despierta, en las interminables madrugadas sin conciliar el sueño, me mente no hacía más que preguntar: qué pasará por la cabecita de Mary; cómo puede Mary sobrevivir cada día sin poder usar su mayor arma, el habla; qué sentirá Mary cuando su hijo pasa frente a su habitación y ella no puede llamarlo y abrazarlo; cuánto terror tendrá de que su hijo esté sin su abrigo; qué película hacia atrás estará pasando sobre los cuidados no invertidos en su salud. Cada madrugada nuevas preguntas, llanto y desolación.
Una parte de mí quería aferrarse a la idea de que ibas a superar está crisis, como buena guerrera que has sido. Por eso mi último sueño de hace pocos días fue verte (siempre en la penumbra, ahora que hago conciencia, ¿por qué?) hermosa, con tu cabello negro y corto, rejuvenecida, delgada como cuando éramos pavas, vestida tan feminista y tan como yo quería verte. ¡Y hablabas! ¡Esta vez hablabas! Desde el fondo de tu garganta y con esfuerzo, pero nos entendíamos claramente. Te di la mano, pero no hizo falta, con el lado derecho lento y arrastrado, caminaste. Carlos Alberto estaba a mi lado, mirándote con devoción. Nuestros hijos jugaban en el patio.
No voy a poder acompañarte, despedirme, darte una flor. Nada ha sido tan duro como perderte. Un pedazo de mí se va contigo y otro se va al vacío y la oscuridad.
Me acompañarás a hacer mercado, aunque llore. Irás conmigo en el carro, por la vía y por la vida, aunque me deshaga en tristeza. Te consultaré mis cosas y buscaré las respuestas, aunque un río de lágrimas me sobrevenga.
Pero por sobre todas las cosas, escucharé tu voz, mi Mary querida. Me quedaré con tu voz.

Morella

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