Adiós, Mary

Nos dimos un último abrazo unas semanas antes de que mi familia y yo partiéramos a Estados Unidos. No fue un abrazo cualquiera. Llegamos hasta la entrada del edificio donde vive mi hermana, en Caracas, y nos vimos a los ojos. Ella sabía que al regresar a Valencia, me esperaba la ida definitiva, el cambio más radical, la ausencia larga, el adiós. Rompió a llorar. Había aguantado todos esos días. Yo había charlado con su padre, Miguel, mi antiguo suegro, como nunca antes. Se lo comenté. Con sus casi noventa, me asombraba la lucidez de sus recuerdos y la valentía de su despedida: “ya no nos volveremos a ver nunca más, Emilio, se acabó” y nos dimos un último abrazo en el que con profunda sinceridad agradecimos a la vida el habernos conocido.

María Alejandra, mi mejor amiga, mi chispa de alegría, mi caja de secretos, mi corazón palpitante y luchador, mi anterior esposa, mi cómplice, mi alumna y mi maestra, ¡ay! se ha ido para siempre sin que le haya podido ver, abrazar y tomar su mano.

Confieso que fue la primera mujer que deseaba, incondicionalmente, escucharme leer poemas, historias, o narrar las peripecias de mis grupos musicales predilectos. Reía como una niña con las diferentes voces que daba a mis personajes, fuese leyendo a Aquiles Nazoa, a mi abuelo o representando las historietas de Asterix y Obelix que le narré una y otra vez, a petición suya. Pero también lograba emocionarla con los Cantos de Maldoror y aquel “Yo te saludo Viejo Océano”. Podía leer el estremecimiento en sus ojos cuando en otro poema decía “Y el huye, huye, pero la mirada del trapero le persigue, con encarnizamiento, siguiendo su rastro en medio del polvo …”

No estuvimos mucho tiempo casados. Apenas un par de años. No peleamos. No sufrimos. Comprendimos, ambos, que entre nosotros se forjaba una amistad indestructible, por encima de cualquier cosa. No sólo fue así, fue más: Morella y Mary se hicieron entrañables.

María Alejandra Bolívar, el único ángel en quien creí, fue luchadora incansable, entregada a la causa de la salud de los trabajadores, como su padre. Mil vicisitudes hicieron de ella una llanera bravía, entregada a su familia y a todos los que la necesitaran. Así la conocí, en el Líceo Andrés Bello, organizando, hablando, dirigiendo. Entonces era delgadita, apasionada, inteligente y sobre todo, vital. Allí donde estuviera parecía que el mundo se hubiera cargado de electricidad, con su excepcional oratoria, que a todos cautivaba y que le permitía desarrollar charlas y clases que atrapaban a cualquier auditorio. Se graduó de periodista y como tal se especializó en lo que más conocía: la salud ocupacional, la defensa del derecho de los trabajadores a protegerse de los efectos y consecuencias del trabajo, la negligencia de las empresas o la parálisis de la burocracia estatal.

Estuve en casi todos los hechos importantes que forjaron su vida. Participé, subrepticiamente en cada uno de sus logros y estuve ahí para darle una mano si me lo pedía. Pero ella era más generosa y entregada y siempre me daba el doble de lo que yo necesitaba. Recuerdo en los tremendos momentos de penuria económica: Mary siempre me daba un sobrecito, muy escondido e íntimo con dinero para mí. Pero más que eso, era mi felicidad en la tristeza, mi brazo en el infortunio y mi ángel de la guarda personal, a mí, escéptico y ateo.

Mary sufrió un accidente cerebro vascular en diciembre del 2006 y perdió uno de sus dones más preciados: el habla. Había prestado mucha atención a los demás y su cuerpo quedó huérfano. Parapléjica, sin habla. La vida, ingrata, no tomó nota de los haberes y hoy, ocho meses después, mi querida amiga, uno de los grandes amores de mi vida ha muerto y aquí estoy, golpeando el teclado mientras caen las gotas de mis ojos, como una lluvia incesante, de tristeza y dolor.

Cuando nos despedimos, aquella tarde en Caracas, no imaginé que el precio de mi venida a Norteamérica sería tan caro. Siempre pensamos, Morella y yo, que cuando tuviésemos una mejor situación, papeles y buenos trabajos, traeríamos a Mary y a su hijo a nuestra casa, reiríamos juntos, pasearíamos y recargaríamos las baterías eternas de nuestro amor. No fue así. No, no.

Hace apenas un par de horas lo supe. Falleció en la madrugada de Caracas. No pudimos hablar más, no pude tomar su mano y decirle que siempre, siempre, siempre, hasta el último aliento de mi vida, estará en mi alma y mi recuerdo. Doy gracias a la vida por haberla tenido tan cerca y dentro de nuestra vida.

Adiós, Mary del alma.

3 comentarios

  1. Se que aqui sobran las palabras.
    Mi mas sentido pesame para ti y toda la familia amigo mio.
    Lo siento mucho.

  2. Una persona tan increíble, nunca se olvida. Ni siquiera puede describirse el dolor que significa esta prematura pérdida; solo queda recordarla tal como ella fue, tan jovial y agradable.

    Mi más sentido pésame.

  3. Mi más sincero pésame. Desafortunadamente estoy pasando un trance similar con un familiar y al llegar a tu blog no he podido evitar leer tu precioso comentario. Cuando pase el dolor, si algún día llega a pasar o simplemente aprendemos a convivir con él, quedará un bonito y entrañable recuerdo, tus palabras lo garantizan. Espero que al leer esto, meses después del triste suceso, os halléis familiares y amigos más recuperados.
    Un abrazo y ánimos desde Barcelona.

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