¿Quién paga por haberle destrozado la vida?

En nombre de la democracia, en nombre de la libertad, en nombre del Eje del Bien, en nombre de la justicia, se viola la ley, se burla la Convención de Ginebra, se apela a los métodos utilizados por las dictaduras, por el estalinismo o los nazis: se secuestran personas, se les acusa sin fundamentos, se les detiene en prisiones secretas, se les envía a países donde pueden ser torturados sin molestias. Es un mundo bizarro. Muchos, presas del temor, deseosos de que les den seguridad frente al terrorismo, están dispuestos a aprobar y respaldar cualquier cosa para luchar contra el terror, aún a costa de pisotear los principios más elementales de la democracia y los derechos humanos. Tarde o temprano, esta aberración se regresará, como un boomerang, contra la sociedad que pretende defenderse.
Esta introducción es para expresar mi tristeza al conocer la noticia, resaltada hoy por el New York Times y el Washington Post, sobre un ciudadano canadiense que fue falsamente acusado por oficiales de inteligencia de ese país y que pasaron tal información (equivocada) a los agentes norteamericanos. Estos últimos, haciendo uso de las prerrogativas que les brinda la “rendición extraordinaria” y la impunidad para violar los derechos humanos, enviaron secretamente a Maher Arar (ingeniero de computación) a Siria, donde fue recluido en una pequeña celda y torturado (golpeado con cables). Después de cuatro años de pesadilla, ha regresado a Canadá, moral y físicamente golpeado, sin trabajo.

Una comisión, presidida por Dennis R. O’Connor, le ha encontrado inocente de los cargos, muchos de los cuales fueron inventados por los cuerpos de seguridad, deseosos de responder a las presiones para capturar terroristas, posteriores a septiembre 11.
“Estoy en condiciones de afirmar categóricamente que no hay evidencia que indique que Mr. Arar ha cometido alguna ofensa o que sus actividades constituyeron una amenaza a la seguridad de Canadá” […] “Las autoridades estadounidenses que manejaron el caso de Mr. Arar lo amenazaron de la manera más deplorable. Ellos le trasladaron a Siria contra sus deseos y frente a sus declaraciones de que el sería torturado si le enviaban allí.” Tales fueron las palabras de O’Connor.
De acuerdo con los falsos reportes, tanto Arar como su esposa (economista), tenían lazos con la red terrorista Al Qaida.
A pesar de que reconstruya su vida, la pesadilla quedará marcada con fuego y el daño contra un inocente ha sido hecho. Se pueden decir mil discursos por la libertad y la democracia en TV. Hablar no cuesta nada, sobre todo cuando se está bien resguardado en la posición política o económica. Pero son los actos, las realidades, como la de esta abominación, las que hablan, por sí solas, y gritan al mundo su verdad.

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