Deje su huella y privacidad en el mundo de la fantasía

Lector de geometría de huellas en DisneyVengo de una nación a la que, a falta de una mejor palabra, calificaré de “tercermundista” porque aquello de “en vías de desarrollo” me parece, sinceramente, una mamarrachada. Pues bien, en una ocasión, en que escaseaba el papel en las dependencias gubernamentales, una amiga se fue muy temprano (de madrugada) a esperar en fila para que, no bien abrieran las puertas de la DIEX, le suministraran un número, que le daría derecho a optar por ser atendida, eventualmente. A las 5:30 a.m. se abrieron las puertas y en la acera de la calle, los espabilados ciudadanos fueron colocados contra la pared y se les pidió que colocaran la palma de su mano derecha hacia adelante. El funcionario gubernamental, con golpe preciso y directo marcó, con un sello de caucho entintado, las palmas de aquellas manos dispuestas y confusas. “No había papel” – explicó – “así que el número lo estamos marcando en las manos, al que no le guste se puede ir retirando…”.

En Venezuela, como en otras naciones, nos acostumbramos a perder de la manera más sencilla y simple la dignidad, el derecho a la privacidad, el respeto por los preceptos constitucionales. No creo que exista gobierno, sobre la faz de La Tierra que no amenace de una forma u otra los derechos del individuo, pero hay sociedades y sociedades. Mientras que en Venezuela, ahora se aprestan una vez más a tomar las huellas dactilares registradas en máquina, para votar, en Estados Unidos, dar las huellas o permitir la investigación o invasión a la privacidad era un delito mayúsculo y la defensa de la intimidad era un derecho consagrado y ejercido. Pero el mundo, lo sabemos, es una eterna lucha, hacia atrás y adelante. En ocasiones, con saltos verdaderamente mortales. Los terroristas se deben estar frotando las manos al ver las instituciones sacudidas, los derechos violentados, la privacidad invadida,  frente a la mirada impasible de las víctimas, que creen que “seguridad” es sinónimo de “bienestar”. Ese principio es llevado al extremo por los regímenes totalitarios, pero en la democracia las formas pueden ser sutiles y engañosas. Supongamos que usted va a entrar al cine y para venderle la entrada le exigen las huellas dactilares. Si vive en Estados Unidos o Canadá, por poner un ejemplo, es poco probable que se deje tomar la mano por un escaner de huellas. Preferirá no ver la película. Sin embargo, Disney se apresta a capturar las huellas dactilares de los visitantes a sus parques. Aunque ya hace tiempo utilizan un sistema de obtención de datos que requiere de las huellas, ahora piensan mejorarlo con máquinas  que tomarían parámetros tales como las distancias entre surcos. Ellos señalan que no pretenden quedarse permanentemente con los datos, ni usarlos con otros fines que evitar el fraude con los boletos, pero creo que cuando se utilizan recursos que violan la privacidad ( en este caso para entrar en el mundo de la “fantasía”) no se debería permitir tal poder a nadie. Uno tras otro los bastiones de la Constitución se resquebrajan en nombre de la seguridad. Los poderosos ven al resto del mundo como ladrones, tramposos o en el peor de los casos, terroristas. Así pues, Mickey y Donald te recibirán en su mundo feliz, mientras afuera del parque las murallas comienzan a ahogar la frágil libertad que por ahora poseemos.

Vía Boing Boing

Enlaces:

Walt Disney World: The Goverment’s Tomorrowland?

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