Ciudadano

Mi padre. 1910 - 1967Prácticamente una semana sin escribir. Por si fuera poco, en los últimos tiempos me estaba costando lo suyo mantenerme en disposición de redactar algo. No quería que la bitácora reflejara demasiado el abatimiento que sentía.
Como una nota agradable a nuestra vida, el martes llegaba mi querido sobrino Carlos Alberto, procedente de Canadá. Cuatro años sin vernos. No se trata simplemente de “mi sobrino”, es un amigo, ha sido compañero de juergas, de vivencias y de largas veladas de conversaciones profundas, nutritivas. Su ausencia ha sido una de las cosas que golpean y duelen en el camino de la migración a otro país. Todos en nuestra casa estábamos contentos por su próxima llegada, aunque cada uno, a su manera, sin decirlo, sabía que una angustia espesa e invisible rodeaba nuestra cotidianidad.
Nos aprestábamos a buscarle en el Aeropuerto Internacional de Orlando. Cuando cerraba la puerta del apartamento se escuchó el teléfono. Dudamos en responder, íbamos retrasados. Mi hijo mayor se regresó y me dijo: – ¡papá, son los abogados! Me temí lo peor. Me acostumbré a recibir malas noticias, nos habituamos a esperar contratiempos y obstáculos. Respondí.
– ¿Señor Emilio Ortiz?
– Sí, soy yo.
– Tiene usted un caso de reclamación de ciudadanía norteamericana, ¿cierto?
– ¡Efectivamente! – y el corazón comenzó a latir aceleradamente -.
– Hemos recibido una llamada de Inmigración para informarnos e informarle que su caso ha sido aprobado y debe usted pasar a retirar su certificado de ciudadanía, a la brevedad, en la siguiente dirección (…)

¿Pueden ustedes imaginar mi cara? Luego de casi 7 años de haber iniciado mis investigaciones y de haber tomado la decisión de luchar por ser ciudadano de los Estados Unidos, la noticia me estallaba en el corazón como un despertar repentino, después de haber vivido una larga pesadilla, con trazas de buenos momentos.
Salimos a buscar a mi sobrino en un ambiente onírico. Y aunque les parezca descabellado, todavía tenía miedo. El mismo que se instaló en tanto tiempo de vivir en las sombras. ¿Y si cuando busque el certificado algo anda mal?. – No – me dije – no debo cantar victoria hasta tener algo en la mano.
A la siguiente mañana fuimos a Inmigración. El oficial de seguridad que cortó mi paso a la oficina donde supuestamente me entregarían el documento, no podía creer que yo no tuviera greencard, licencia de conducir, identificación de la Florida. Se retiró a consultar. Regresó con otra cara y me invitó a un salón vacío. No pasaron dos minutos y un oficial de Inmigración, amablemente me preguntó: – ¿Emilio?, sí – afirmé, nervioso. Acto seguido me indicó dónde debía firmar y finalmente me entregó un Certificate of Citizenship, donde queda claramente establecido que soy ciudadano de los Estados Unidos. – ¿Eso es todo? – pregunté. Su sonrisa me lo confirmó y salí, levitando. Y aunque afuera esperaban mi esposa, mi hijo mayor y mi sobrino, mis pensamientos estaban en la nublosa imagen de un hombre, gracias al cual ahora yo ganaba la ciudadanía por nacimiento.
Salió de aquél Manhattan, nervioso y pujante, donde judíos, italianos, puertorriqueños, afro-americanos, araban caminos, contradictorios, conflictivos, amorosos, creativos. El joven bohemio, conocía los cafés y había tocado su música en los cabarets. La Gran Depresión debe haberle golpeado, como a todos. En una pensión o tal vez apartamento, a una cuadra de Central Park, compartía la calle, con vecinos judíos. En el otro lado del mundo, el viejo continente se sumergía en la era oscura del nazismo, el franquismo, el fascismo y el estalinismo… todos los “ismos” del terror y la persecución. José Emiliano, marchó a Suramérica en una aventura más de su azarosa vida. Ya regresaría – pensó – a la ciudad de los rascacielos y las parrandas nocturnas, a Xavier Cugat y el jazz o los boleros. Ya regresaría a las sucias callejuelas de la Nueva York de los pobres, a los que esperaba el Bronx y la lucha férrea por vivir. ¿Qué pensó, cuando el avión levantaba vuelo? Salí de la oficina de Inmigración. Allí quedaban mis angustias y bajo mi pies, el suelo de mi esperanza. Una nueva lucha se avecina – pensé – pero ahora desde otra perspectiva. Con la herencia de mis raíces latinas, el recuerdo del cielo azul y las cotorras verdes cruzando a gritos su paisaje. Mi madre y su Venezuela, altiva y a la vez humilde, bohemia y triste, alegre e irresponsable. Con mi maleta, cargada de recuerdos y vibraciones caribeñas y una historia, interrumpida en 1938, que me propongo proseguir en mi nuevo país, al que quiero sincera y profundamente, con sus dramas y errores, con sus grandezas y miserias, Estados Unidos.
Padre, estoy de vuelta.

PD: En la foto, mi padre, José Emiliano Ortiz Guzmán, pocos meses antes de morir en 1967.

3 comentarios

  1. Una vez más, gracias a mi abuelo. Gracias por heredarnos esta aventura de orígenes desconocidos que se perdieron en la memoria de alguno, y de destinos, imposibles de divisar, que serán escenarios de otros personajes. Gracias por legarnos la oportunidad de jugar un papel y de dejar también un aire de nuestra existencia aquí. Y de firmar con sal Caribe, con la elegancia orgullosa del Ávila, con las sangrantes cicatrices que dejó una mujer hermosa pero dura de querer, Venezuela; con nuestro complicado, único e íntimo tejido humano:
    Sincerely, ORTIZ
    Ortiz-Montilla esta vez, abuelo.

    PS: gracias a mi viejo por más de 6 (son seis?) años de estudio y de volcada e incansable dedicación por ofrecernos un futuro mejor. gracias papá!

  2. Tengo mucho tiempo imaginando cual fue la historia Emilio de tu papá.(Es primera vez que entro en tu pagina… me parece muy interesante, siento que tiene un gran sentido sistematizar nuestra vida, nuestros pensamientos e ideas para comunicarlas, al fin y al cabo es una de las razones que nos mantiene aquí…) Me quedé con las ganas de leer con más detalle la historia de tu papá… cada hombre representa un símbolo de las verdades más terribles de la vida…y ésta es una de ellas… Creo que por eso me costó tanto aceptar que no tendría hijos…. descubri en la tragedia que es una necesidad antropológica reproducirse, dejar huellas… encontrarnos en los recuerdos, en la herencia… con nuetras raices…y con la construcción de nuestra propia historia… estas reflexiones ahora alimentan mis vacios y me permiten descubrirme y descubrir esquinas de la humanidad que nos asisten y que no todos pueden ver… me quede tratando de encontrar el disfrute de lo efimero…. mientras me invento formas de permanecer por si la consciencia no aguanta la soledad que significa irse sin un hijo… Me da mucha nota la vida con esas cosas arrechas que muestra, tu papá te dejo, con su historia marcada en ti y ahora tu vuelves, estas allí. Que bueno que pises ese suelo de esperanzas y que te sientas bien en ese tu nuevo país.
    También el comentario de Carlos me llegó muy dentro en él sentí la tercera generación y en ella su abuelo, su padre y la nostalgia por su pais de origen…Venezuela, eso también me dio nota porque sentí como una especie de celos de que ahora quieras tan profundamente a EEUU. jajaja Lo que si es cierto es que les deseo una vida bonita, con la calidad de vida que merecen, con más oportunidades…

  3. Elizabel, tú perduras en aquellos que te conocen y reciben tu sonrisa, tu cariño y el orgulloso temple conque vives, apasionadamente, la vida.

    Emilio

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