Crónicas desde São Paulo – Cosas para hacer en un mundial de fútbol

spauloCaro Emilio-san

En estos días São Paulo está verde y amarillo: el natural gris de la urbe abrió paso a los colores de la selección nacional, que está compitiendo en brava batalla por el sexto título. Brasil todo se transformó en una hinchada (que por aquí llaman de torcida, y por extensión, torcedores)

Así, todo en São Paulo es hoy una referencia al fútbol: las plazas están pintadas de verde-y-amarillo; los afiches de los héroes cubren las paredes, las personas se pintan y visten algunas cosas que sería imposible vestirlas en otra ocasión.

No hay un boteco (bar) que no tenga un flamante televisor, no hay una rueda de amigos que no discutan el peso de Ronaldinho, la edad de Cafú, la testarudez del técnico, las desventuras de todo tipo (físicas mentales y morales) de los adversarios, adversarios que tienen una doble desgracia: la de no haber nacido brasileños y la de enfrentarse a unos verdaderos héroes que ni en la Ilíada.

Solo se habla de fútbol, se piensa en fútbol, se come, se bebe, se anda, se vive fútbol.

No es nada malo, hasta es interesante. Solo hay un problema: detesto el fútbol.

Bien, no exactamente el fútbol: es más la fiebre, la multitud gritando, queriendo matar a los torcedores adversarios.

Tengo que contarte el porque de mi rechazo a algo que desde la televisión se ve tan bonito LaFútbol torcida. En una ocasión, estaba conversando con un pana en São Paulo, y en medio de la conversación surgió el tema de fútbol. Le expliqué que en Venezuela preferimos el béisbol. El tipo me vio, con aquella cara que decía algo así como “pobrecito, eso explica porque ese país no echa pa’ lante, considerando la pobreza de juego que tienen”. Claro está que mi amigo decidió tomar una “actitud”. Al día siguiente, me llamó y exigió mi presencia en su oficina, de donde iríamos al estadio para ver un juego, y así tentar eliminar esa tremenda laguna en mi formación.

Yo esperaba algo así como lo que teníamos en Valencia: en el estadio, viendo un Caracas Vs. Magallanes, comentando con el vecino las jugadas, tomando una cerveza bien fría para amenizar o compartir la alegría de una bella estrategia del manager… en fin: esperaba algo medianamente civilizado.

Al llegar, la primera sospecha que mis expectativas no serían cumplidas: tentábamos llegar a la puerta, para entrar al juego, pero era imposible: habían como dos mil torcedores sin entrada que querían entrar a juro, y unos doscientos policías que no estaban de acuerdo con dejarlos entrar.

La cosa empeora cuando entramos al estadio.

FútbolEran dos equipos: uno de São Paulo, Palmeiras, y otro de Rio de Janeiro: Flamenco. El estadio era lindo, lleno de color y con capacidad para 60.000 personas, la torcida animada, cantando los himnos de guerra. Pero cuando me doy cuenta, veo el estadio dividido por cercas de metal de este alto. Doy un vistazo y calculo (a ojo de buen cubero) que había algo así como 56.000 palmeirenses, 2000 flamengistas y 2000 policías custodiando a los flamengistas. Estaban allí para impedir que los de acá saltaran las cercas y comenzaran a matar al torcedor enemigo, situación que, claro está, era un mandato de todo palmeirense que se precie, para hacer del mundo un lugar mejor.

Comienza el juego, y, para hacértelo breve, Romario (de Flamenco) estaba en una noche inspirada: el juego terminó dos goles a cero.

¿Comentar las jugadas? ¿Cerveza? ¿Una bella estrategia del manager? No conseguí nada de eso, solo conseguí contagiarme con el odio (en este orden) al árbitro (con sus defectos hereditarios y las cualidades morales de su progenitora); al técnico de flamenco y al técnico de Palmeiras (describiendo la moralidad de su progenitora, en términos tan fuertes y descriptivos como los aplicados al árbitro); a Romario, con todos sus defectos morales descritos, con especial énfasis a sus desvíos sexuales; y a la torcida flamengista, con un proyecto especial que incluía bombas y visitas nocturnas a sus casas, con la peor de las intenciones.

Lo que terminó de convencerme que ese no es mi tipo de actividad, fue que cuando le Mundial de fútbol Alemania 2006comenté mis “impresiones” a mi pana, el afirmó, categóricamente, que el juego fue tranquilo, que si quería verdadera violencia, debía asistir a un Corinthians-Palmeiras, que allí si es verdad que la sangre llega al río, que la policía no cuenta, que es necesario el ejército, que en esos casos lo mejor es entregar el alma a Dios, porque sólo un fin de semana en Bagdad puede ser más peligroso.

Jesús de los pobres.

Ahora una desviación: para que tengas una idea de lo importante que es el fútbol en este país, te trascribo una crónica de nada más y nada menos que Carlos Drummond de Andrade, el poeta nacional:

Juego Brasil-México:

Cuando Bauer, el de los pies ligeros, se apoderó de la codiciada esfera, inmediatamente el sospechoso Naranjo partió al encalzo, pero ya Brandãozinho, semejante a la llama, le cortó la avanzada. La tarde de ojos radiantes se hizo más clara para contemplar aquel combate, en cuanto los agudos gritos y las imprecaciones alrededor animaban a los contendores. A una investida de Cárdenas, el de fiera catadura, el cuero inquieto casi que fue a depositarse en el arco de Castilho, que con torva cara, lo repelió. He aquí que Djalma, de aladas plantas, rompe entre los adversarios atónitos, y conduce su presa hasta el solitario Julinho, que la transfiere al valeroso Didí, y este por su vez la comunica al belicoso Dinga. A esta altura, ya el cansancio y el sudor llegan a las rodillas de los combatientes, pero el atrida enfurecido, como un león que, confiado en su fuerza, escoge en el rebaño a la mejor oveja, rompiéndole la cerviz y despedazándola con fuertes dientes, para en seguida sorberle la sangre y las entrañas- enviste contra el desprevenido Naranjo y lo lanza contra la reluciente hierba, calcada por tantos pies celestes. Los veloces Torres, Madrid y Avellano quedan paralizados, tanto es el pálido temor que los domina; y es cuando el divino Baltasar, a quien Zeus infundió su energía y destreza, arremete con la sumisa pelota, y va a plantarla entre las redes del siderado Carvajal….

Tengo dos “mundiales” en Brasil. El primero, cuando perdió contra Francia, no se me ocurrió nada mejor que ir a un bar que estaba cerca de casa, y al entrar, comenzar a cantar “La Marsellesa”. De vaina la cuento.

El de Japón-Corea fue peor: detesto levantarme antes de las diez de la mañana: que no funciono antes de esa hora. Y los juegos eran a la inhumana hora de las 7 de la mañana. Estaba en la casa de campo de un amigo, y me levanté, para dormir durante casi todo el juego, despertándome sólo con los gritos de gol, los himnos de los asistentes y los cohetes celebrando la magna victoria. Y todo ese suplicio sin tomar café.

Así las cosas, volvemos al inicio: ¿qué se puede hacer en São Paulo en época de mundial y no te gusta el fútbol?

Nada.

Beber y escuchar música son mis actividades favoritas, si puedo hacerlas en el mismo local, perfecto. Sólo que él fútbol está presente en todos los ambientes: desde mi bar favorito (lleno de cuadros y con espejos por todos lados: la propia imagen de la decadencia, pero el barman me conoce, el whisky no es tan adulterado así y colocan un buen jazz) hasta la panadería: todo el mundo instaló su televisor, de este tamañote, y transmiten todos los juegos.

Voy al cine, y pronto: el estreno de la temporada es Goleiros, que es como llaman por aquí a los jugadores profesionales. O la historia de Garrincha la Estrella Solitaria.

¿TV? En todos los canales, además de los juegos, transmiten una cosa llamada Mesa Redonda, donde varios tipos, de las más distintas profesiones, se dedican a analizar cuadro-a-cuadro las jugadas de la semana, con una seriedad que tal vez los teólogos de la iglesia en la Edad Media tendrían al discutir los hechos y milagros de San Ictícola de los Peces.

Voy al video-club: FIFA Fever: el DVD de los no-se-cuantos años de los mafiosos esos.

Pero que hasta en el museo: voy al museo de Arte de São Paulo, y me encuentro con una exposición sobre la vida y obra de Pelé.

¿Plazas públicas? ¿Parques? ¿Cafés? Todo verde-amarillo.

Y el mundial va apenas por la mitad.

Bien, me despido por aquí: que tengo que verificar algunas cosas para el juego contra Ghana: que la cerveza está bien fría, la franela de Ronaldo planchada, la corneta está en su sitio, la bandera en el balcón y el crucifijo (que tanta suerte nos dio en el mundial pasado) está encima del televisor.

Que viva Brasil

Y que pierda Argentina.

C.

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