Sin ciudad, sin feria, sin libros

Mi querida Morella se ha despertado mirando por la ventana. Se queda con la mirada fija, hacia el brillante sol que quema el césped e ilumina una ciudad que nos es extraña y vulgar. Cuando le he preguntado qué mira, me responde sin estar muy segura: “¡Quiero salir a algún lado!, estoy harta de estar en estas cuatro paredes”. Pero ese “algún lado” es vaporoso, inasible. Queda, tal vez, dar una vuelta a las librerías cercanas, Borders o un poco más lejos, Barnes and Noble. Esa es, en los tiempos que corren, su expedición favorita.

Se sienta, rodeada de libros, aunque estos pronuncien palabras en inglés, y hojea, manosea, anhela. Últimamente hemos hablado de nuestros viejos sueños, que quedaron en el camino, cuando abrazamos otros. Demasiado tarde intentamos rehacer la andadura. Nos habíamos extraviado y debíamos aprender a sobrevivir al lugar que habíamos arribado.
¿Recuerdas nuestra vida en Valencia? – me preguntó ayer – ¿Fue muy diferente a la que llevamos aquí? ¿Qué logramos, qué de nuestros proyectos? – continuó. “Fue muy parecida”, respondí. Llevamos la insatisfacción adentro. Presumo que somos terriblemente exigentes y no nos queda, porque tiramos por la borda lo mejor de nuestras vidas y, como no creemos en la asistencia celestial, no vamos por ahí justificando todas las derrotas como “claves” que nos deja la divinidad para encontrar más adelante nuestra ciudad, nuestra vida, nuestros amigos.
No dudo de la enorme valentía que hemos tenido. Comenzar desde cero, una y otra vez, es una prueba de valor y optimismo, pero también de desesperación. Tuvimos la mirada y los sueños puestos en las cumbres, nos entregamos por 20 años y al término, la caída fue brutal.
¿Deprimidos? ¡Pues claro! ¿Y acaso no tenemos derecho?
En algún lugar están mis condenados papeles. Un burócrata los manosea, revisa, investiga, vuelve a revisar, toma café, revisa, manosea, investiga, duerme, duerme, duerme, no revisa, duerme, manosea. Y los años pasan… ¿De qué seremos capaces ahora? Tal vez nos volvimos a equivocar y nuestros cuerpos apátridas, sin raíces en ninguna parte, se desvanezcan en susurros de anhelos.
Por ahora, mi ventana, mi mundo, se proyecta en las vidas, paseos, y pasiones, que comparten los corazones latentes del cibermundo. Hoy, por ejemplo, fui a Madrid y a pesar de ser un inmigrante y tal vez un ilegal, caminé con Otis B. Driftwood por la Feria de Libros. Aquí pongo el enlace a Morella, para que presienta el ambiente, que estoy segurísimo la arrebataría. Y dejo las palabras tristes por hoy, no hay nada que hacer. Nuestras 28 cajas de libros en Valencia (Venezuela); nuestros amigos, perdidos, algunos convertidos en e-mail; nuestro perro, abandonado sin más remedio, en los brazos de otros; nuestra ciudad, hace tanto tiempo que nos despedimos de ella o tal vez habría que decir que ella nos despidió a nosotros. Nuestra vida… pues creo que tenemos que encontrarla.

El enlace lo obtuve vía Libro de Notas

3 comentarios

  1. Querido Emilio, si el paseo por la Feria (pues eso y no otra cosa es lo que quise hacer) ha servido para llevarte a ti y a Morella un ratito por el ambiente que se respira en Madrid, créeme que me siento muy satisfecho de ello.
    Suerte, inmigrante. No existen personas ilegales, digan lo que digan otros.

  2. Pues sí Otis. Tu escrito es fresco y personal. Mi esposa y yo nos identificamos con el mismo porque nos vemos retratados hace algunos años. Conozco Madrid, a la que fui hace mucho tiempo (diciembre 1979).
    Tu paseo nos permitió pasear también y al hacerlo, brotó la nostalgia por esos pequeños-grandes gustos que son inalcanzables para nosotros en este momento.
    Gracias por compartir tu excursión y por tu buenos deseos.

    Saludos

  3. Leí el otro día este escrito y hoy volví a él, aprovechando a enlazarme esta vez con el de Otis Driftwood. Una gozada ambos. Somos muchos los que daríamos cualquier cosa por haber podido asistir a esa espectacular feria del libro madrileña, metida en ese Retiro maravilloso que volví a visitar en 2001, después de haberme ausentado de ese país durante veinte años. No dejo, sin embargo, de sentir cierta tristeza al comparar la riqueza de esa Feria con la que en estos momentos se está llevando a cabo en Mérida (Venezuela), supuestamente una de las más importantes del país. La empresa editora con la que trabajo tiene un «stand» allí y las noticias de ventas y de visitas de personas son demoledoras: prácticamente no ha habido ventas; prácticamente no va nadie. La causa, en esta oportunidad: el mundial de fútbol. ¿Será posible? ¡Qué desgracia!

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