A 30 años de la dictadura genocida en Argentina. ¡Nunca más!

La semana pasada se efectuó una multitudinaria concentración en la Plaza de Mayo, en Buenos Aires, Argentina, para conmemorar el inicio de una pesadilla que significó la desaparición de 30 mil personas, la tortura, el robó de los bebés de aquellas que estuviesen embarazadas, para luego martirizarlas y liquidarlas. El genocidio, perpetrado por una junta de militares dignos herederos de Hitler, ha sido una de los más siniestros acontecimientos que marcaron para siempre la historia de Argentina y su devenir.
Hay quienes pretenden y han pretendido imponer la idea de que es mejor olvidar. Incluso, los asesinos, por increíble que parezca, han sido indultados o por gobiernos corruptos o comprometidos de alguna forma con los responsables de la barbarie. Ahora hay esperanzas de que tal vez se anulen los indultos y se abra paso, al menos en algo, a la justicia. Ya veremos. Nunca confío en los políticos, es una sana medida de precaución. Aún, a pesar de ellos, un amplio sector de la sociedad, en particular Las Madres de Plaza de Mayo, se encargarán de que jamás, jamás, se olvide la atrocidad ni la memoria de los que no pudieron ser.
Quiero ofrecerles un artículo, escrito por el intelectual argentino, Osvaldo Bayer, aparecido en Página12. Hay que leerlo, en calma y con el corazón.
El artículo, a continuación:

Los treinta años

Por Osvaldo Bayer

Todo empezó en Cipolletti. Hablar de los Treinta Años, es decir, de
la muerte y de la vida, ante alumnos primarios y secundarios. Un tema
difícil para los niños. A la inocencia, a la alegría, es casi un pecado
hablarles de lo macabro. De aquello de la “desaparición”. Pero los
docentes ya habían llevado a cabo talleres para que los alumnos
elaboraran preguntas. Estaba frente a ellos. Y un pibito me hizo la
primera pregunta: “Cuando usted se fue al exilio, ¿qué pasó con su
perro?”. Me enterneció. Sí, una pregunta que conllevaba preocupación
por los que no podían defenderse, por los que quedaban solos, y para
siempre en la soledad.
Y después de cuatro clases, el acto en la plaza, con la figura en
madera con los nombres de los trece desaparecidos de Cipolletti. Sí,
también allí. Trece vidas jóvenes. Uno por uno sus nombres. Y allí sus
madres presentes. Las lágrimas, el recuerdo. Aparece en todas las
mentes el rostro cruel del dictador uniformado que repite por
televisión: “No están muertos, ni vivos, están desaparecidos”. El
principio ético de nuestros militares. No de todos, hay cinco, seis,
siete, que pusieron el cuerpo contra la deshonra del crimen cobarde. El
jueves, en el Salón Blanco de la Casa Rosada. El coronel Cesio. El que
acompañó a las Madres en pleno tiempo de la ignominia. Verlo allí,
reivindicado. Lo habíamos escrito en esta contratapa el 3 de diciembre
del 2005. Resumen: el dictador Bignone, aquel que cometió la traición
más cobarde de la historia, entregar a sus propios soldados para que
desaparezcan, había firmado su último decreto dando de baja al valiente
Cesio por acompañar a las Madres de Plaza de Mayo y calificar de
asesinato al proceder militar. Y después nuestras democracias
posteriores se callaron la boca: Alfonsín, Menem, De la Rúa, Duhalde y
consortes. No vieron, no miraron. No les consta. Mientras los asesinos
Bussi, Patti y otros podían presentarse como candidatos a la
democracia. Bochorno. Una democracia del bochorno. Pero ahora sí, la
reivindicación. Veintitrés años después. Tendremos pronto a Cesio como
general. El sí que jugó su vida por la vida y la ética. En el acto se
nombró a otro héroe: al capitán D’Andrea Mohr, el consecuente, el que
defendió con uniforme la palabra y la honestidad. Habría que
reivindicarlo con todos los honores y todas las palabras del buen
recuerdo. Y ahí, en ese Salón Blanco de la Rosada, lugar donde pisaron
tanto dictadores uniformados y lamentables civiles, también se pidió el
ascenso del coronel Rico, asesinado en 1975 por investigar las Tres A
de López Rega, el personaje de la infamia, de ese gobierno del cual ha
llegado ya el momento en que el Partido Justicialista convoque a un
congreso para la autocrítica y la denuncia de todas esas infamias.
López Rega, Isabel, Lastiri, Ruckauf, Ottalagano, Ivanisevich, Cafiero,
Luder, y la lista es interminable. En ese tiempo no leyeron los
diarios, miraron para otro lado, no sé, no me acuerdo. No me consta. Y
comenzó la desaparición de sindicalistas, intelectuales, estudiantes.
El oprobio. Pero quien pregunta sobre eso es sospechado de “gorila”.


Después de Cipolletti, Rosario. En la Legislatura, ante los
representantes de todos los bloques políticos, en forma generosa y
abierta, pude hablar de los años de la infamia uniformada y su prólogo
lopezreguista. Un cuerpo elegido por el pueblo escuchando atentamente y
un documento final del presidente del cuerpo que habla del repudio a
todos esos años del uniforme, picana, robo de niños, la muerte infame y
el Martínez de Hoz.
Y de Rosario a Córdoba, en el aula magna de Arquitectura, con los
estudiantes. Siempre con la curiosidad de los dignos. Qué pasó, cómo
fue posible. Empezar por Roca, el que mató a los habitantes seculares
para quedarse con la tierra (dos millones y medio de hectáreas para el
bisabuelo Martínez de Hoz). Qué casualidad histórica, a veces Marx
tenía razón. Los que ejercen el verdadero poder. Seguir luego la
disertación con Franco, el fusilador de poetas, con Pinochet, el más
cerdo de los dictadores aprovechados, y Videla, el Papa del crimen. El
fervor estudiantil, como en 1974, ’75, ’76. ¡Qué juventud! Sus nombres
están hoy en todos los patios de las fucultades, de los colegios
secundarios. Después, la figura de Camps. El asesino de adolescentes.
La vilezas cobardes del poder.
De Córdoba de regreso a Rosario. Las organizaciones de derechos
humanos. Un capítulo de la Dignidad. De la Lealtad a todo lo humano.
Recuerdo a Don Naranjo, a toda su infinita trayectoria en defensa de
los presos políticos. Ojalá se remplace el nombre de la calle Roca, el
genocida, por el de él, el digno. Rememoro cuando denuncié el caso de
la “Casita de los Ciegos”. Galtieri ordenó requisar esa vivienda y
detener al matrimonio de ciegos que tenían un hijito. Los dos cieguitos
–como los llamaba el barrio– desaparecieron. La casa fue requisada y
dada en dominio a la Gendarmería Nacional, que estableció allí un
“club” para que los suboficiales bailaran tango y festejaran sus
cumpleaños. Realidades de la indignidad más absoluta. Durante los años
de Alfonsín y de Menem continuaron las fiestas cínicas del gendarmerío
que llevaba siempre a sus niños. Hasta que debido a la denuncia
tuvieron que actuar los que se hicieron los no videntes. Y se devolvió
finalmente la casa a ese joven que, en aquellos tiempos de Galtieri,
había sido el bebé de los cieguitos. Así, el general borracho perdió la
única batalla que había creído ganar.
De allí, al aula magna de la Facultad de Derecho de Buenos Aires. El
tema: “Recuperación de los centros clandestinos de represión como
factores de la memoria”. Aprender, en esto, de la Alemania que
convirtió a todos los campos de concentración, a todos, repetimos, en
museos de la verdad, con los retratos de los verdugos y de las víctimas
y las cámaras de gases y las cuchas de los prisioneros. Y no
convertirlos en supermercados como ha ocurrido en Córdoba.
De allí a la biblioteca de la calle Talcahuano: “La quema y censura de
libros”. El recuerdo de la quema infame de los que no podían
defenderse: los libros. El teniente coronel Gorleri, que quemó libros
por “Dios, Patria y Hogar”, fue ascendido a general por Alfonsín. Los
argentinos tenemos el privilegio de tener un general quemador de
libros. Zonceras argentinas, diría Jauretche. El espanto. Cuando supe
que habían quemado mis libros me puse a llorar como un adolescente.
Después, siempre en la semana, ir a la radio de las Madres. ¿Cómo dice?
¿Las Madres tienen radio? Sí, respondo, y Universidad. Y librería y
café literario. Construidos por ellas para continuar o, mejor, realizar
lo que no pudieron hacer sus hijos.
Y después los actos del jueves con jóvenes pobres que gritan sonrientes
y pletóricos: “Madres de la Plaza, el pueblo las abraza”. Y tienen
razón, esos hijos del color de la tierra, ellos son el pueblo. Y los
cantores hijos del pueblo en el escenario. La fiesta verdadera. El
recuerdo de sus hijos. Y a sus hijas, ellas a quienes les quitaron sus
semillas que acababan de dar a luz. El sufrimiento infinito. Jamás
habrá una flor para los Camps, los Astiz, ni para el muñeco maldito, el
monje uniformado de la nueva Inquisición.
Han sido vencidos para siempre. Siempre que nos preparemos para
defender a la democracia pero al mismo tiempo que democraticemos
verdaderamente a esta democracia argentina que terminó siempre en
golpes militares.
La ética había triunfado en esta semana. De los Treinta Años. Las
Madres habían triunfado, sin armas, con su ejemplo. Se cierra este
capítulo de mi vida con tantas derrotas pero con este triunfo
inigualable en la historia. Las Madres, y su nobleza.

Un comentario

  1. Una de las cosas que más odio de Brasil es la impunidad de los militares: no solo no fueron tocados, no solo no fueron atacados o pasaron por un juzgado para, por lo menos, sacar a la luz pública la verguenza de ser un torturador, o de ser complice en la guerra sucia que pasó por el país, o el tristemente célebre “Plan Cóndor” de ingrata memoria. Existe autopistas con los nombres de los milicos que fueron presidentes: ¿Tu puedes imaginar una autopista con el nombre de Perez Jimenez, o un puente con el nombre de Videla? Pues bien, aqui existen.

    Lo peor del asunto es que los tipos escriben, pero no como personas individuales: que hasta los animales tienen derecho. Escriben desde institutos militares, son editados por la biblioteca del ejercito. El porque se lanzaron por la via “institucional” para poner “orden” en la sociedad; tienen el “tupé” de reivindicar la guerra sucia que declararon contra el pueblo!!!.

    Como dicen en mi pueblo: hay que joderse.

    Da un vistazo en el link, y practica tu portugués!!, pero primero, toma un prozac, porque esto es muy fuerte.

    http://txt.estado.com.br/editorias/2006/03/26/pol72883.xml

    C.

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