Los fantasmas de Buenos Aires

Buenos Aires

En tributo a los miles de desaparecidos por la barbarie de la dictadura


Cuando bordeaba el umbral entre la adolescencia y la adultez, abordé un avión con destino a Caracas, mi ciudad natal, desde Buenos Aires. Durante los meses que viví en aquella enorme mancha de vida, no llegué a saborear un sólo beso o caricia de mujer. Me había separado de mi joven esposa. Conocí bellas chicas, llenas de entusiasmo y pasión. Los nombres, muy porteños, digo yo, de Patricia, Graciela, Marcela, Nélida, significaban veladas extrañas, conversaciones profundas, viajes desconocidos.

Viví, en una ocasión, en un departamento, tipo estudio. Nélida tenía un pequeño tocadiscos y colocó un sencillo con una pieza de un tal Astor Piazolla, interpretada por Amelita Baltar, Balada para un Loco. Quedé enamorado. De hecho, vivía en Callao, por donde podía ver “la luna rodando”.
Desde el ventanal de aquel agujero se divisaba la avenida, con sus tonos grises y una nostalgia que aún no percibía, pero presente, como si siempre la hubiese extrañado.
Un día acompañé a mi amiga a la facultad de Filosofía y Letras –  ¿me acompañás a filo?, como ella le decía -. Nos acercamos a un puesto de libros, habían peronistas, trostkistas, izquierdistas, con sus puestos colocados por doquier. Me interesó un título: El arte de amar. Lo compré. De pronto comenzó un revuelo, los mesones cayeron y se transformaron en barricadas improvisadas para soportar la embestida de un grupo, que si mal no recuerdo se llamaba Comando de Organización o algo así. Armados de palos destruyeron libros y rompieron cabezas. También nosotros recibimos golpes.
Esa noche, caminando por aquellas calles húmedas, Buenos Aires se me antojó tétrica, pasmosa, siniestra. Tal vez sea por la distancia en el tiempo, por la barbarie que le siguió, pero entonces creo haber tenido la vaga sensación de un espeso vaho llenando las avenidas, las casas, las pieles. Aquella era una enorme trampa, o tal vez no.
Poco antes de venirme, mis amigos, esos por los que ahora lloro, me hicieron una despedida en “El Toboso”.  Paella a la valenciana, vino blanco, flan con crema. Brovsky, un maravilloso personaje, más hebreo que argentino, más blanco que la leche, con el pelo casi del color del sol en el atardecer del verano, encabezó la mesa y me leyó un poema que compuso para la ocasión. Era puro humor. Cómo hacían burlas de mi muy venezolana “vaina, coño, no joda”. No podía faltar el recordatorio al día en que pedí un cuchillo para “cortar la concha de la naranja”. Luego vino lo serio, el brindis por el futuro, las promesas de no olvidarnos.
En algún momento de esos días vi a Perón en la Plaza de Mayo. Nunca he vuelto a presenciar una multitud semejante. Nunca he vuelto a ver unos ojos tan abiertos, tan anhelantes. No me gustó. Nunca me gustó la idolatría, ni aún en mi temprana historia. Tal vez porque yo no era argentino, tal vez porque, después de todo, mi madre o mi padre no sucumbieron a Evita, pero mis sentimientos por Argentina se confundían. No los comprendía.
El día que partía, Patricia y Nélida me despidieron. Ambas me dieron obsequios: una boquilla para el mate, yerba, vino tinto San Valentín, lacrado y numerado. Y dos pequeños paquetes para abrir sólo en el avión
Nos abrazamos y lloramos, nos prometimos cartas y recordarnos siempre. Desde la ventanilla, mirando a Buenos Aires, me despedí y pensé si volvería. Observé el manchón abajo, la urbe pulsando sus melodías de tristeza, de amor, un tango interminable. Abrí los regalos. En una pequeña nota Patricia declaraba con una franqueza tardía su gusto por mí y su deseo, frustrado ahora, de intentar “algo”. El escrito acompañaba a una cadena de plata. El otro paquete reveló sólo un disco. Un Balada para un locosencillo de Astor Piazolla y Amelita Baltar, con la Balada para un loco. Desde entonces, Piazolla ha sido mío para siempre.
¿Y mis amigos? No puedo responder por todos. Pero algunos y algunas, hoy son parte de los fantasmas que recorren la ciudad, espectros de una vida que afloraba, truncados por la barbarie de una siniestra dictadura que mostró lo peor de la especie humana. Cuánta vida arrancada, cuánta sombra y caverna. Cuánta tortura e impunidad. Ay, amigos míos. Hoy, a 30 años del inicio de la pesadilla les recuerdo, mientras una letanía de Piazolla, triste, inunda mi habitación.


Balada para un loco
Tango – Voz Femenina
Música: Astor Piazzolla
Letra: Horacio Ferrer

Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste? Salís de tu casa, por Arenales. Lo de siempre: en la calle y en mi… Cuando, de repente, de atrás de ese árbol, se aparece él. Mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus: medio melón en la cabeza, las rayas de la camisa pintadas en la piel, dos medias suelas clavadas en los pies, y una banderita de taxi libre levantada en cada mano. ¡Ja, ja! Parece que sólo yo lo veo. Porque él pasa entre la gente, y los maniquíes le guiñan; los semáforos le dan tres luces celestes, y las naranjas del frutero de la esquina le tiran azahares. Y así, medio bailando y medio volando, se saca el melón, me saluda, me regala una banderita, y me dice…

(Canto)

Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao…
No ves que va la luna rodando por Callao;
que un corso de astronautas y niños, con un vals,
me baila alrededor… ¡Bailá! ¡Vení! ¡Volá!

Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao…
Yo miro a Buenos Aires del nido de un gorrión;
y a vos te vi tan triste… ¡Vení! ¡Volá! ¡Sentí!…
el loco berretín que tengo para vos:

¡Loco! ¡Loco! ¡Loco!
Cuando anochezca en tu porteña soledad,
por la ribera de tu sábana vendré
con un poema y un trombón
a desvelarte el corazón.

¡Loco! ¡Loco! ¡Loco!
Como un acróbata demente saltaré,
sobre el abismo de tu escote hasta sentir
que enloquecí tu corazón de libertad…
¡Ya vas a ver!

(Recitado)

Y, así diciendo, El loco me convida
A andar en su ilusión super-sport,
y vamos a correr por las cornisas
¡con una golondrina en el motor!

De Vieytes nos aplauden: “¡Viva! ¡Viva!”,
los locos que inventaron el Amor;
y un ángel y un soldado y una niña
nos dan un valsecito bailador.

Nos sale a saludar la gente linda…
Y El loco, loco mío, ¡qué sé yo!,
provoca campanarios con su risa,
y al fin, me mira, y canta a media voz:

(Canto)

Quereme así, piantao, piantao, piantao…
Trepáte a esta ternura de locos que hay en mí,
ponete esta peluca de alondras, ¡y volá!
¡Volá conmigo ya! ¡Vení, volá, vení!

Quereme así, piantao, piantao, piantao…
Abrite los amores que vamos a intentar
la mágica locura total de revivir…
¡Vení, volá, vení! ¡Trai-lai-la-larará!

(Gritado)

¡Viva! ¡Viva! ¡Viva!
¡Loco él y loca yo!
¡Locos! ¡Locos! ¡Locos!
¡Loco él y loca yo!

3 comentarios

  1. Qué franco y hermoso tributo a tus compañeros y amigos bonairenses ¡y cuánta emotividad y sentimiento! Qué bien escribes, amigo mío.

  2. Bueno, acabo de leer esta excelente nota y encontré la respuesta de lo que anteriormente te preguntaba,gracias

  3. Que maravilla leer estas notas, me transportaron a “mi tiempo real” que para nada es el actual. “Mi tiempo real” es aquello que fuí y sigo sintiendo, aquello que jamás abandonaré y ahí, amigos, están todos ustedes, personas inquietas, liberales, románticas, comprometidas, gracias por existir.
    voy a LEER todo!!!!.

    Y beso.

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