Navidad en Orlando.


Una y otra vez me pregunto ¿qué hace que tanta gente, de diversas partes del mundo, venga a Orlando y regrese feliz a su vida? ¿qué extraños sortilegios enamoran a los japoneses, chinos, latinoamericanos, británicos, alemanes, y les inducen a pasear por “la ciudad” como si se tratara de la octava maravilla del mundo? Creo que la respuesta puede herir la susceptibilidad de más de un lector. Me refiero, claro está, a “mi respuesta” que no necesariamente está en sintonía con la visión subjetiva de quien se tome la molestia de seguir leyendo.
En primer lugar, todo aquél que viene a Orlando a pasear, nunca llega a Orlando. Esta última entidad, como ciudad, no existe. Es una enorme farsa. Yo, por ejemplo, vivo en Orlando, pero no vivo en ella. ¿Cómo es eso posible? Pues, como en una interminable película de ciencia ficción, las calles y las avenidas se tocan; las largas carreteras unen residencias, hoteles, moteles y parques, pero entre ellos pululan orillas de talleres mecánicos, comercios de camino, ventas inacabables de autos, depósitos de cualquier cosa. Los que alguna vez fueron pequeños poblados, distantes unos de otros, se han convertido ahora en los “dormideros” de una población que vive alrededor de la industria turística, que está lejos de toda la inmundicia, las calles rotas, la falta de policía, la ineficiencia y a la vez lo suficientemente cerca para que los haitianos, dominicanos, mexicanos, venezolanos, colombianos, peruanos, vayan a sus trabajos de mucamas, ayudantes, limpiadores, pintores, jardineros, en los resorts y hoteles de una industria que se llena los bolsillos con los turistas y con el ahorro de costos de una mano de obra carente de protección, que no cobra más por trabajar en navidad, que no tiene seguro, vacaciones, que no recibe bonificación de tipo alguno y a la que se puede exigir cualquier trabajo, de cualquier índole.
Casi, como un fantasma que se niega a aparecer, que evade siempre la constatación y gusta divertir jugando a no existir, la ciudad de Orlando tiene el don de la ubicuidad: está y no está, es y no es. Orlando es la calle rota y la autopista 408, donde cobran peaje varias veces dentro de la misma “ciudad”, pero su asfalto está desnivelado, destrozado por años de abandono y falta de mantenimiento. Orlando es la tienda Wal-Mart de la mala atención, el ineficiente surtido, los pasillos llenos, siempre, siempre, de inmundicia y las caras amargas de sus cajeros. Orlando son las avenidas repletas de talleres mecánicos, grasa y llantas. Uno tras otro, alternando con ventas de autos y Mac Donalds. Orlando es la limpia y feliz entrada a los parques Disney y los mundos de diversiones, prestadas de los estudios de Hollywood. Orlando son los hoteles y resorts para alojar a los que asisten al circo. Pluto, Mickey y Donald abrazan y se fotografían con los niños en las calles de la fantasía.
Quienes llegan a Orlando a pasear, encuentran lo que buscan: diversión, aventuras, la anti-rutina, en un lugar limpio y en general eficiente. Quienes lo hacen para “comprar” también consiguen lo que buscan: tienda tras tienda tras tienda. Los llamados “Outlets” donde se surten de mercancía, tal vez para revender en sus países. Los más acomodados tienen gigantescos “mall” para caminar horas y gastar a patadas.
Pero eso es todo. No se puede pedir más. Si uno escapa del ámbito de Orlando-parques, se adentra en el territorio de una amalgama de ciudadelas caóticas, mal administradas, en crisis económica, donde se ponen a prueba y fracasan todas las imágenes de norteamérica que figuran en el cine o la televisión. No es difícil ver a un conductor tragándose una luz roja en el semáforo. Los limites de velocidad son, como en nuestros países latinos, sólo carteles a un lado de la carretera. Tampoco es raro encontrar malas caras.
No me cabe duda de que la fascinación que Orlando ejerce sobre las personas no cala en mí porque en ella no encuentro nada que yo pueda considerar supremo, digno de exaltar, valioso al punto de emocionarme. La pequeña ciudad-pueblo de Melbourne tiene a su gente, amable, sencilla, tranquila, que la hace difícil de olvidar. En ella vi a los delfines en la orilla de Indian River Lagoon. Desde mi balcón podía ver al transbordador despegar. Buenos Aires, a la que viví en mi sangre, es pasión, belleza, intimidad, intelecto. Caracas, una montaña de vida. Pero Orlando no logra que la quiera. Primero porque no existe. Hay tantas Orlandos como pequeñas ciudades pegadas alrededor de Disney y demás parques. Segundo porque me ha tratado mal. Tercero porque su inhumanidad es descarada e inculta. No puede exhibir otra cosa que no sea sus aparatos para elevar adrenalina y sus hoteles y resorts de mal gusto. Pobres Mickey y Donald, encerrados aquí para siempre. Yo, por mi parte, espero, más temprano que tarde, irme a otra ciudad y tal vez otro estado, para nunca más volver.

4 comentarios

  1. El anterior comentario me ha dejado desilusionado, creía que USA era todo orden y civilidad. Qué decepción! Sigue mi decepción: como no tengo página web, no puedo opinar.. qué tristeza, y se están quejando de Orlando, si ustedes son Orlando. Si así es Orlando, no quiero conocerlo.-

  2. No sé desde qué visión renegada estaras viendo el sitio donde”supuestamente” vives.Quizas sea cierto,pero estuve en Orlando y no es para que lo pintes así.
    Creo que estas un poco deprimido…has visto caracas? montañas….será de ranchos y malandros y basura y muertos los fines de semana. No te quejes tanto.Vente para Venezuela pués,para que despues tengas que escribir una página completa de realidades y ni siquiera hay un pobre Mickey Y un pobre Donald como dices atrapados aqui al que ir a ver de vez en cuando y ver a nuestros hijos vivir esa fantasía.RENEGADO.VENTE PARA VENEZUELA A VER CALLES ROTAS Y CARAS AMARGADAS….

  3. Cada quien tiene derecho a que le guste o no una ciudad. Eso es elemental. No me gusta Orlando, en la que vivo y no “supuestamente”. Tal vez Nino vive en Caracas y presumo que no le gusta. Yo viví muchos años de mi vida allí y la Caracas que amé ya no existe.
    ¿A qué viene lo de renegado? Parece que a algunos venezolanos les está gustando la opinión única, la visión “única”, y todo lo que huela a disensión, diferencia y diversidad debe ser adjetivado de alguna manera.

  4. TOOOODO LO CONTRARIO,ESTOY VIVIENDO LA EXPERIENCIA DE SER RECHAZADA POR NO PENSAR IGUAL A LOS DEMAS COMO SE LE ESTA OBLIGANDO A LA MAYORIA DE NUESTROS HERMANOS EN NUESTRO HERMOSO PAIS.
    LA CARACAS DE HOY Y EL RESTO DEL PAIS DISTA MUCHO DE PARECERSE SIQUIERA A LO QUE VISTE CUANDO VIVISTE AQUI.
    TE INVITO…ES UN RETO.
    NO VIVO EN CARACAS PERO VIVI TAMBIEN EN OTRA EPOCA Y YA NO ES ASI.
    NO SE COMO LOGRAR RESPETAR ESOS COMENTARIOS (SOBRE TODO DE LA PARTE FISICA) DE ORLANDO,PORQUE LO QUE VI NO ERA NI REMOTAMENTE LO QUE DESCRIBES.
    BESITOS

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