Los malos tiempos.

Reconozco que soy sumamente vulnerable a los estados de ánimo. También debo asumir que, de un tiempo a esta parte, tengo depresiones recurrentes. Conozco las causas, que son muchas. Pero la principal de ellas, la más importante, es la no realización personal y las dificultades inherentes a mi personalidad para remontar la cuesta.
La gente que me conoce de los últimos 10 ó 12 años, ha visto a una persona apasionada en lo que le gusta (astronomía, computación, ciencia) pero triste y sin rumbo. Al llegar a los 40 años había dedicado todos mis esfuerzos, energías, vitalidad, optimismo y recursos, a un proyecto ambicioso y bello que terminó en un fracaso total y absoluto. Cuando me di cuenta del camino errado habían transcurrido casi veinte años. Abandoné estudios, confort, recursos materiales y raíces, incluso, aquellas cosas que me apasionaban entonces y ahora (básicamente la astronomía). Cuando llegué a los 40 me vi a mí mismo sin nada.

Fue “devastador”, como afirma en su discurso para graduandos de la Universidad de Stanford, Steve Jobs. No sólo perdí mis sueños, también a los amigos forjados durante esas dos décadas y entre ellos, al mejor y más profundo hermano que jamás haya tenido: A.F. A pesar de haber sido brillantes en nuestros campos y quehaceres (porque sin modestia alguna reconozco que fuimos brillantes) mi esposa y yo nos encontramos de pronto en la nada. Una nada similar a la que invade cada rincón de Fantasía en la Historia sin fin de Michael Ende. Desde ese punto, sin posibilidades de retorno, reiniciamos el camino, con la adarga al brazo, como Don Quijote, para toparnos con un sin fin de molinos de viento. Pasamos unos años buenos, desde el punto de vista humano, dando clases y estudiando como locos, de manera autodidacta, pues no había tiempo ni recursos para abordar la universidad. El oficio docente es un apostolado, porque (creo es así en casi todo el mundo) la entrega debe ser total, y el salario el básico para vivir sin mayores ambiciones y proyectos.
Pero en Venezuela, gente como nosotros, son rezagos, trapos usados y sin utilidad. Todo venezolano que me lea sabe que si llega a los 45 años y no está “establecido” es simplemente un viejo en una sociedad de jóvenes. Un país donde la experiencia no tiene valía pues no se requiere. El ahorro de costos vale más que el grado de eficiencia, porque en Venezuela, la eficiencia no es necesaria. Toda la sociedad acepta, culturalmente, que se puede vivir con atrasos, funcionamientos a medias, labores de segunda o tercera. La disciplina y el método son ajenos a la vida cotidiana y a los ambientes de trabajo. La Ley del mínimo esfuerzo pulula en cada institución, empresa, grupo, club, escuela. Como en todo, hay honorables excepciones, pero que no hacen a la esencia del modo en que el país procesa el trabajo y su devenir.
No creo, ni un ápice, en la “Revolución bonita” que cambiará a Venezuela de raíz. No tengo siquiera dudas. Más allá de los discursos nacionalistas e iracundos de Hugo Chávez, de las boinas rojas y las medidas de impacto popular, el actual Presidente es la fiel expresión, acabada y refinada, de lo que Venezuela es y ha sido. Pasará. Tarde o temprano pasará. Si logra entronizarse defitivamente en el poder – sólo los ilusos o los muy jóvenes, creerán que a Venezuela le deparará la gloria de inaugurar el nuevo camino para la redención, en el siglo XXI – será a cambio de ahogar la democracia formal y la que hubiese en la realidad; entonces para los ingenuos será demasiado tarde. Mientras, – no me cabe duda alguna – los militares de su entorno y una legión de “activistas” pasan a engrosar las filas de los Nuevos Ricos de turno, tal vez más groseramente y más abiertamente que antes, pues no existe ningún contrapeso que los frene o al menos, les obligue a la discresión. Los honestos de hoy, serán los mártires o presos de mañana o bien los nuevos burócratas, funcionarios de un Estado omnipotente. No dediqué buena parte de mi vida a estimular la libertad, para acabar adorando a un nuevo ídolo. No creo en ídolos, autoridades, reyes o sabios y mucho menos en “comandantes” que se la saben toda. Creo en la ciencia y su método y éste, es en esencia democrático o no es. Sin libertad de cuestionar, analizar o proponer, no hay avance científico y lo mismo aplico para las sociedades hoy. En el propio mundo de Linux, aun cuando reconozco y admiro la entereza, capacidad intelectual y aportes fundamentales de Richard Stallman, como creador de la Free Software Foundation me repugna la idolatría y la pleitesía que un cierto número de linuxeros, y muchos en el mundo académico, le rinden. Eso es ajeno a los sanos métodos de la ciencia y se acercan más a los desagradables estilos de las sectas o grupos religiosos fundamentalistas.
Dicho esto, puedo haberles ilustrado las bases del por qué estamos aquí. Llegamos arruinados de Venezuela, a luchar por un porvenir para nuestros hijos y para nosotros. Pero no nos engañemos. Tengo 50 años y More no está lejos. Sin seguro, sin prestaciones, sin fondos, sin propiedades, sin patria. Estoy esperando la ciudadanía, pues mi padre era ciudadano norteamericano. Pero en el camino, a veces, perdemos las esperanzas.

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