Los disturbios en Paris y el racismo.

Hace cuatro o cinco años, cuando tomamos la firme decisión de vivir en los Estados Unidos, algunos amigos nos preguntaban por qué, si estábamos resueltos a dejarlo todo, no nos lanzábamos a rehacer nuestra vida en algún país de Europa, tal vez España, Francia o Italia. Nuestra respuesta fue inmediata: por el racismo. ¡Cómo! ¿Y acaso no es Estados Unidos el peor camino en ese sentido? alegaban algunos. No, les decíamos, eso no es cierto.
En el año 1980, si no me falla la memoria, estuve en París. Un grupo de amigos y yo nos acercamos a una pequeña “fuente de soda” como la llamamos en Venezuela. Pedimos unos refrescos y tal vez algún sandwich, no lo recuerdo bien. Nuestro grupo era variado, pero todos, exceptuándome, eran blancos caucásicos, la mayoría nacidos en Argentina, Israel y de Venezuela, con ancestros corsos. Yo soy trigueño; blanco en la amplia clasificación venezolana, “de raza hispánica”, de acuerdo al exabrupto inventado por algún funcionario ignorante en USA y “argelino” para el dependiente de aquel lugar en París. No pasaron ni 10 minutos cuando éste último se presentó, escoba en mano, a sacarme del local de mala manera. “Ustedes – dijo, refiriéndose a los blancos lechosos – pueden quedarse, pero él – y me señaló con su vil escoba – que se vaya. No quiero argelinos aquí.” Ni siquiera intenté decirle que no tenía ni una pizca de argelino en mis venas, porque no concebía ni concibo la posibilidad de que un argelino sí pueda ser segregado. Mis amigos, luego de insultarle como bien se merecía, salieron junto conmigo del infame lugar.

No pocos incidentes me ocurrieron, incluso con gente del entorno en el que me encontraba, supuestos a ser liberales y amplios. Sólo pude hacer migas con un colega francés, de mi misma edad, con el que fui a conocer la Torre Eiffel (y él también pues nunca había subido a ella).
Siempre me ha parecido curioso el tenor del orgullo francés contra los Estados Unidos. Cada vez que pueden, hasta los más liberales ciudadanos arremeten contra los norteamericanos, por su ignorancia, su racismo, su jactancia, o su expansionismo. No ignoro que la intelectualidad francesa hace fiestas con las estupideces que en cantidad abrumadora, expone Hollywood en el cine. Pero debo decir que siempre he creído que se trata del que mira la paja en el ojo ajeno incapaz de ver las propias vergüenzas, en ocasiones, monstruosas, que han prosperado en su sociedad. El sólo hecho de contener en su república un partido de filosofía fascista, racista declarado, segregacionista, como el Frente Nacional, con amplia base social, es una demostración de que ser racista en Francia, no avergüenza a una buena parte de la sociedad. A diferencia de Estados Unidos, que posee una gigantesca franja de la población, de origen africano,casi desde sus inicios, los franceses, al igual que los europeos en general, descienden de muy antiguas tribus (galos, celtas) y los no-blancos, son “recién llegados” aunque sean europeos, o en este caso franceses, de segunda o tercera generación.
En Estados Unidos, una de las peores acusaciones que se le puede hacer a una persona es la de “racista”. El racismo existe. Los afroamericanos son los más pobres y con menos oportunidades, pero están muy lejos de ser tratados y marginados como la población de origen árabe o africana en Francia. Nada es gratuito. Sin las luchas de los afroamericanos por los derechos civiles, sin las desgarradoras batallas encabezadas por Luther King y tantos otros, tal cosa sería un sueño.
El fenómeno de las revueltas que actualmente inundan a París y que se han extendido a toda Francia, son la expresión de una profunda división de la sociedad entre los blancos franceses que gozan de la prosperidad y la abundancia y los “otros” que aunque hayan nacido en Francia, y sólo la reconozcan a ella, ésta no les acepta como tales , por el color de su piel, sus orígenes o creencias.
Lamentablemente, soy de los que piensan que la estupidez y la vileza humanas producen monstruos. El oprobio, la segregación y la miseria, aplicadas a los franceses de origen árabe lleva hoy a estos a la ira incontrolable. Los jóvenes iracundos queman vehículos, destrozan comercios, revientan vidrieras. Pero tal vez, espero profundamente que no, pasada la primera fase del odio, sigan el camino de quienes sí les reconocerán y darán sentido a sus luchas: el fundamentalismo islámico. Entonces será demasiado tarde para la República Francesa.

Un comentario

  1. jorge bobadilla

    la vida en paris es difisil creo que deben sacar la palabra fraternida liberta igualda ….

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