Siete vueltas y dos niños.

Intento manejar bicicleta todos los días –bueno al menos 4 ó 5 de la semana– como forma no sólo de diversión sino por mi salud. Pero el verano, que siempre comienza antes en la Florida, me lo hace un oficio más pesado.  Hace unos días salí a dar mis vueltas alrededor del lugar donde vivo. Me toma 5 minutos aproximadamente dar un giro completo. Por ahora doy 7 vueltas. A las 6:45 de la tarde el sol floridiano todavía castiga duramente. Las calles están absolutamente iluminadas y muchos niños salen a jugar con sus bicicletas, patinetas, triciclos. En los años que hemos vivido en este lugar hemos visto aumentar y disminuir la cantidad de pequeños en los jardines y calles. Como las mareas que suben y bajan, tales oscilaciones obedecen a la rápida rotación de gente que pasa por aquí. Somos de los pocos que hemos permanecido viviendo en el mismo sitio por tanto tiempo (seis años ya). Con la crisis económica y la recesión la “movilidad” ha aumentado. Es triste ver grupos de chiquillos que se hacen tan amigos y de pronto se separan … se van para no regresar. Generalmente para ir a un lugar más difícil, con menos posibilidades y más riesgo.

A mi esposa y a mí nos encanta ver la multitud de pequeños, gritando, saltando, corriendo. Aunque no es menos cierto que cada vez más tememos por ellos. Es sólo una molesta sensación de estar asistiendo a una nueva evasión, a un nuevo mundo con nuevas maneras de abandonar.

Era la quinta vuelta. Yo marchaba por el medio de la calle. Acababa de finalizar la parte ligeramente empinada que para un personaje como yo, poco dado al ejercicio desde toda la vida, me cuesta bastante. Pasé frente al portón y proseguí por la avenida repleta de autos estacionados. De pronto, justo frente a mí en el medio de la calle, caminaba una criatura de tres o casi tres años de edad. Busqué afanosamente a sus padres, a la mano que le debía cuidar. Poco más allá, en la entrada de uno de los edificios de tres pisos, una mujer de espaldas a la pared y la pierna derecha doblada, fumaba su cigarrillo, casi mirando únicamente el humo que salía de su boca. Un par de jóvenes de cerca de 16 caminaban abstraídos y una enorme camioneta (yo las llamo así) Toyota daba marcha atrás para salir de su lugar e irse. Supe que no vería al niño; abandoné la bicicleta y me lancé tras el pequeño que creyó que era un juego y aceleraba el paso. La Toyota se detuvo, el humo siguió saliendo de aquella boca pegada a la pared y los muchachos hablaban… Tomé al niño, me abrazó. Pregunté con la mirada y un gesto a la mujer. Sin inmutarse movió el dedo índice hacía el edificio de al lado. Los jóvenes me vieron por vez primera y me advirtieron: “es de por allá” señalando la misma ruta que la fumadora. Caminé pensando qué sortilegio había pasado por este mundo, que mala hada sobrevoló la tarde, que ángel pérfido había cortado las fibras de humanidad a aquellos seres. Por la acera apareció corriendo y hablando por teléfono celular una niña, tal vez de catorce, que riendo tomó al niño y dijo gracias, sin escuchar que yo le decía: “He was in the middle of the street, alone!”

Me fui, confuso y tembloroso a intentar dar una sexta vuelta. Dos tercios de giro después me detuve para dar paso a una mujer que se bajó del auto, hablando por el celular y caminando con paso firme hacia su residencia. Cruzó la calle, concentrada en su conversación. Tras ella, como a dos metros de distancia el que supongo yo que era su hijo, un niño de cuatro o cinco, cruzaba tras ella solo la avenida. No había preguntas sobre la guardería o advertencias acerca de los peligros de la calle. Regresé a casa sin lograr las siete vueltas.

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