El fin de Bin Laden y el renacer de la esperanza.

La muerte de Osama Bin Laden, ejecutada a manos de un cuerpo élite del ejército de Estados Unidos, los Navy SEALs, fue saludada con el regocijo de las multitudes –de todas las etnias y razas de la Nueva York cosmopolita– quienes festejaron en las calles, entre risas, llantos y remembranzas de sus hijos, hermanos, padres, madres, esposos o esposas, asesinados vilmente en el acto terrorista que cambió la faz del mundo para siempre, el 11 de septiembre del año 2001. Con todo derecho, el pueblo norteamericano ha celebrado la muerte del asesino Bin Laden, que supo aprovechar el resentimiento contra Estados Unidos en el mundo árabe para fomentar, bajo las banderas del fundamentalismo, el terrorismo sangriento e irracional. Con el fin de lograr su cometido, se otorgó a sí mismo el derecho de disponer de las vidas de civiles e inocentes a lo largo del planeta y buscó exacerbar el odio y la intolerancia entre sus seguidores. Como todo fanático, estimuló la obediencia y la fe ciega en sus preceptos y disposiciones y se sirvió de la religión para sus fines. Las religiones, que preconizan la aceptación ciega de las doctrinas, son siempre un vehículo ideal para enfrentar a los seres humanos.

La revolución egipcia: vientos de libertad.

La muerte de Osama Bin Laden ocurre en un momento singular y a mi parecer no deja de ser simbólica. A pesar de que Al qaeda no ha muerto, ni mucho menos, no es menos cierto que por vez primera en decenios, el mundo árabe está estremecido por una ola de revoluciones en contra de quienes, sea bajo la figura de bonapartes apoyados en el ejército como Mubarak, o como reyes, dictadores islámicos, o jefes de una supuesta revolución verde (Gadafi) que arrulló con dólares la mente de tantos estúpidos izquierdistas en los años 80, sea –en fin– bajo distintas figuras, han oprimido y llevado al ostracismo al mundo árabe. La revolución egipcia, los alzamientos en Túnez, Siria, Libya, Jordania, Yemen, no han contado con Al qaeda, quienes no pueden tolerar la lucha por libertad, democracia, por el cese de los jeques, reyes, comandantes, especialistas en la corrupción, la intolerancia y la imposición de la desigualdad económica y social en sus países. Osama Bin Laden no tenía nada que decirles a esos pueblos enardecidos. La feliz coincidencia de un alzamiento multitudinario árabe, con un gobierno de Obama (que no es Bush) y un descreimiento creciente en Al qaeda, dan un aliento de esperanza al mundo, siempre y cuando Europa y Norteamérica sepan comprender. Apenas unos años atrás, la administración Bush probablemente hubiese difundido fotos a granel del cadáver de Bin Laden, magullado y perforado por las balas. Ojalá que tenga razón en mis humildes pretensiones de analista de este episodio. Sólo digo lo que pienso en este instante, en este momento singular de la historia. Prefiero tener un poco de optimismo frente al futuro del medio oriente y pensar que la muerte de Bin Laden es un espaldarazo para un mundo mejor.

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