Taylor, libros y faroles.

Hay nombres, figuras, objetos, que tal vez por haberlos tenido desde siempre, nos parecen eternos y forman parte de nuestro pequeño mundo, individual, único. Lo mismo un olor, que una calle o una estrella de cine, en especial del cine que nunca más volverá a ser. Cuando de pronto, como cuando cae un plato repentinamente y se hace añicos, aquello que formaba parte de nuestro universo interior desaparece físicamente, sentimos que algo ha muerto en nosotros también. Al pasar el tiempo, errando por las calles de nuestra memoria –que se me antojan siempre solitarias e iluminadas con una amarillenta luz de farol– percibimos que aquello que se fue dejó sin embargo un halo, una  imagen fantasmagórica y a veces preciosa, de sí misma. Les llamo recuerdos.

Tenía días pensando en escribir algo sobre libros perdidos, reencuentros y bancarrotas. Aunque suene confuso, algo iba a salir de esa informe combinación. Entonces supe que había muerto Elizabeth Taylor. Pensé en nuestra efímera presencia en el mundo y sentí resquebrajarse un poco el ya agujereado universo que he construído en mi interior. A diferencia de la verdadera, mi Elizabeth Taylor nunca envejeció y siempre la vi y la sigo viendo, así, como en la foto, hermosa figura de la era que me tocó vivir.

Durante poco más de 30 años me acostumbre a leer y atesorar libros. Objetos rectangulares, únicos cada uno, nunca iguales a otro, con su propio olor y color. Al venir a Estados Unidos mi esposa y yo, que teníamos la misma pasión por ellos, les guardamos esperando un tiempo promisorio para recuperarlos y disfrutarlos. Carl Sagan, Sartre, Trotsky, Vallejo, García Lorca, Miguel Hernández, García Márquez, Borges, Vargas LLosa, Defoe, Stevenson, Chandler, Asimov,  Hammet, Mckoy, libros de cuentos, libros de juegos, filosofía, psicología, amores y odios, aventuras… no hicimos una lista, no, no la hicimos. Una inundación los transformó en fantasmas vagando por las calles, iluminadas con una amarillenta luz de faroles tristes y elegantes, que como guardianes de nuestras fronteras interiores se apostan en cada esquina de los lugares de infancia, adolescencia, adultez. Eran alrededor de 1300.

Mis queridos suegros, con un esfuerzo titánico y dedicación nos rescataron unos cuantos. Traerlos era otro problema. No se pudo completamente y dimos algunos en adopción a buenos lectores que sabrán amarlos. Una pequeña parte llegó hasta quién sabe cuándo.

Taylor y libros. Estamos hechos de recuerdos. Algunos más que otros. Soy nostálgico, para qué negarlo. Me gusta cerrar los ojos y con una música muy mía, viajo por mundos en los que ya estuve una vez. Revivo los pasajes, las sonrisas, los olores, las emociones. Me gusta cerrar los ojos, y danzar con la música, en esa calle, solitaria y bohemia, con una luz de farol en la esquina, un libro en la mano, tal vez de Isdore Ducasse o Bradbury y en la otra acera … una imagen, una estampa que se va definiendo mientras avanza…Elizabeth, ¡claro! No faltaba más.

Un comentario

  1. Tengo la intuición de que de alguna manera, quizás con la lluvia apasionada de los relatos y las anécdotas, algo queda navegando también por las calles de aquellos para quienes la experiencia y sus imágenes son incluso ajenas, y deja así la nostalgia y el deseo de rescatar algo que queremos hacer propio. Tus hijos llevamos esa sensación extempforánea…

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