Por José Ignacio Cabrujas
De
este hombre heredamos un vacío y si alguna vez nos dedicáramos
a la simple justicia de nuestro oficio comenzaríamos por entender
que en el principio era Guinand ...
Lo conocí de mi padre como tantas cosas en el agora de las cenas familiares. Eran las seis de la tarde y había un radio Westinghouse con pedante forma de pórtico helénico. De alguna manera aquellas voces que complacían peticiones, ridiculizaban las aspiraciones bucheypluma de la incipiente clase media, invitaban a una alegría oficial o simplemente resonaban en las mazmorras de las tres torres, fueron nuestra épica. Las aventuras de Ricardo Mirabal huyendo de las terribles crueldades gomecistas son mi Ilíada y mi Odisea, porque a través de ellas conocí padeceres y altiveces. La radio protestaba en esos tiempos de murciélagos nudistas, iluminadas y apagones. Fueron mis juglares, mis profetas, mis raíces.
A Rafael Guinand lo conocí cualquier tarde de esas. Fue, en cierto sentido, mi profesor de Geografía, porque invocaba un teléfono precario y tenía la extraña virtud de comunicarse con cualquier leyenda ... Pacairigua, Santa María de Ipire, San Fernado de Atabapo, Punta de Mata, Caripito, Anaco, Pueblo Libre, El Tejero, eran en genial síntesis un hombre que tomaba un teléfono y protestaba por cosas como acueductos, electricidad, comida, abusos, humanidades de todo tipo que en el país de Guinand tenían un sonido de catástrofe. La intuición le llevó a concebir un teléfono dificultoso donde la comunicación bordeaba el milagro. Pero esos hombres, en su gracia, nunca me resultaron tan ciertos, tan urgentes...
¿Cómo es Guinand?, le pregunté un día a mi padre.
Su respuesta no fue un rostro o una estatura. "Cuando Guinand hacía teatro y entraba al escenario tu comenzabas a reírte, y al mismo tiempo te preguntabas por esa risa. ¿De quién me estoy riendo? Y había una sola respuesta: me estoy riendo de mí...
Tal vez por eso hice teatro.
José Ignacio Cabrujas