Flotar en las notas. Carmela Ramirez y Gabriel Chakarji.

El sábado en la noche, después de marchar todo el día en la multitudinaria manifestación de la Marcha de Mujeres en la ciudad de Nueva York, Carlos y yo fuimos a disfrutar de un concierto, invitados por mi amigo Kléber  Agelvis. Carmela Ramirez y Gabriel Chakarji, dos músicos venezolanos residentes en Nueva York, exponían en un rincón del Rockwood Music Hall, piezas de su disco “Vida” junto a otras acampañados por el percusionista Keita Ozawa.

Al traspasar la puerta, escalerillas abajo, ingresamos en otro mundo. Las notas, suaves, como destiladas a través una nube, flotaban alegres y cadenciosas en el tenue y trémulo brillo amarillento y rojizo de la sala. Fue como caer embriagado de inmediato, no podía pensar en el paso del día, sólo las notas, el piano, golpes de jazz, son, remembranzas del caribe o del Brasil, que fluían para enamorar a aquella voz, dulcísima, alegre, proyectada desde Carmela, con cierta timidez al aire que todos respirábamos.

La experimentación de estos músicos les ha llevado a crear un sonido profundo, que aún en sus momentos más tradicionales, es audaz y sincero. Podríamos, de pronto, evocar a Chick Corea o Michal Urbaniak, pero sólo un instante. Carmela introduce variaciones a las variaciones del piano y parecen correr juntos por el aire, en una carrera sin fin de colores, de golpes de tambor, de arpa o el cuatro.

El album Vida fue la continuidad lógica de aquel episodio nocturno. Brillante, hermoso, digno de ser escuchado para festejar el día, o la noche. Luego de la batalla, aquella noche, floté en las notas. Gracias Carmela y Gabriel.

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38 años, el amor en el tiempo.

Una tarde, una noche, un día cualquiera, casi al unísono, como protagonizando un guión de un romance evidente y diferente, decidimos que probaríamos. Le daríamos un chance al amor, a ver qué pasaba. Sabíamos que sería difícil y en muchos aspectos los dados estaban cargados en contra nuestra. Pero nuestras caminatas agarrados de manos en Chacao, nuestras risas juntos en el cine, las miradas profundas en la sobremesa, los sueños con la humanidad libre, el respeto por nuestros amores, tropiezos y caídas, las noches interminables haciendo el amor apasionadamente, en una cama encendida, conociéndonos la piel, palmo a palmo, beso a beso, nos brindaron la confianza del intento.

Aquel 18 de enero de 1979 Morella y yo decidimos casarnos no por el civil, no por la iglesia, sino por el amor. Vamos a ver – nos dijimos – y emprendimos la aventura. Nos fuimos a vivir juntos a una buhardilla en Colinas de Bello Monte, aquel fantástico agujero con el Ávila como testigo, con mis plantas y mi gata, con ocasos rosa-azules y noches de Piazzola o Weather Report.

Allí estás Morella, en la foto, en aquella mini casita, con tu sonrisa – de siempre  - y tu belleza. Heme aquí, sentado en una habitación en Brooklyn, enfrentando nuestro nuevo proyecto, por el cual tienes más energías que yo, más sabiduría y más anhelos.

Miro nuestro camino y veo un abismo, porque hemos escalado el Everest. Cima tras cima, con caídas y peligros, tormentas y sublimes amaneceres. Vamos a ver – dijimos – y en eso pasaron 38 años.
Somos el amor en el tiempo. Somos la prueba viviente de que es posible. Tenemos el privilegio de habernos encontrado y de haber probado “a ver qué pasaba”, de arriesgar y amar, amar y arriesgar. Tenemos a Carlos y José.

No sé cuántas oportunidades nos dará el futuro, pero en lo que sea que quede, por esa pasión y complicidad que nos une, por cada palmo de tu hermosa piel, por cada hijo, por cada beso y cada risa, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo…

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2 de enero: Hace 103 años nació la actriz venezolana, Ana Teresa Guinand

El mundo de 1914 dibujaba un panorama muy diferente a los ensueños de un siglo promisorio para la humanidad. La Primera Guerra Mundial bañaba en sangre los campos de Europa. Era apenas el primer ensayo de una conflagración aún más sangrienta que estallaría poco tiempo después. En otras latitudes, algunas de las jóvenes repúblicas americanas se abrían paso en una selva de luchas internas, caudillismo, montoneras y presagios de guerra civil.

Venezuela aún no conocía la maldición del petróleo, pero ya sufría del embate de los caciques de la política, la lucha de facciones y regiones y las dictaduras de Cipriano Castro hasta 1908 y luego de Juan Vicente Gómez. Bajó el régimen de este último se desarrolló una capa intelectual pro-democrática que sufriría en no pocas ocasiones la represión por sus palabras e irreverencia. Esa capa nutrió el desarrollo del teatro, el surgimiento del cine, el nacimiento de la radio venezolana, al calor del uso del sainete, el costumbrismo, el humorismo en las letras, el teatro y el dibujo. Leoncio Martínez, Job Pim, Rafael Guinand, Edgar Angola, entre otros, fueron los protagonistas del despertar de esa Venezuela de las letras, de la crítica, el ingenio industrial o la poesía.

Ana Teresa Guinand, hija de Rafael Guinand, el escritor de sainetes por excelencia y uno de los humoristas más grandes de la Venezuela que ingresaba al siglo XX, nació un dos de enero de 1914. Creció en la Caracas de los techos rojos y de la eterna primavera. Su madre Carmen Ojeda no llegó a casarse con Rafael, quien contraería nupcias muchos años después con una actriz de teatro de quien estaba profundamente enamorado, cuando ésta se encontraba en trance de muerte.

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Para José, de mamá.

En tu día, hijo, tu mami quiere verte ya, adelantar las horas para abrazarte y decir de nuevo “Feliz cumpleaños”.  Llenas mi ser de orgullo. Siempre amoroso y humilde. Siempre soñador, forjador de ilusiones. Pasaron tus primeros años, entre sonrisa y saltos de Spiderman, construcciones de naves y mundos futuros en papel. Tocabas los instrumentos musicales aunque fueran de juguete y bailabas para todos, espontáneo y diestro, siempre sin pena. Tu mudanza a otro país te hizo fuerte.  No has temido saltar ningún obstáculo, ni subir montañas en la persecución de tus metas.

Una podría decir que eres el fruto de tus padres y el ejemplo de tu hermano, pero también eres en gran medida tú mismo, hechura de tu determinación. Las preguntas que me he hecho  y me he seguido haciendo acerca de tu hermano: “¿Cuándo aprendió eso y quién se lo enseñó? ¿Leía otras fuentes de noche mientras nosotros dormíamos?”…  van a la par de otras preguntas que la vida me pone en la cara así de sopetón respecto a ti: “Cómo hace para lograr lo que parece inalcanzable? De dónde sacó tanta fortaleza y talento para persistir? ¿Cómo pudo lograr todo eso solo?” Y una de tantas buenas preguntas me deja en el abismo de mi propia naturaleza y la de tu padre: la profundidad, oceánica, a la que tú y Carlos pueden llegar y nadar en ella, sin miedo a sentir y a ponerse en la piel de los otros.

Estoy muy orgullosa de ti, hijo. Y en éste, tu día, celebro diciéndotelo.

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